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The Beatles: la banda que pintó al mundo de todos los colores

Cualquiera podría decir que acerca de los fabulosos cuatro de Liverpool estaba todo escrito, pero sacamos de la galera un especial imperdible escrito con la pluma de la pasión. Su etapa iniciática, en la primera de las tres entregas.

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Cualquiera podría decir que acerca de los fabulosos cuatro de Liverpool estaba todo escrito, pero sacamos de la galera un especial imperdible escrito con la pluma de la pasión. Su etapa iniciática, en la primera de las tres entregas.

Se dice que la historia de John, Paul, George y Ringo es una de las más conocidas de nuestro tiempo. Así y todo, pocos saben que por la banda que cambiaría para siempre al mundo, desde su creación como The Blackjacks en Junio de 1956, pasaron alrededor de treinta miembros que tuvieron la chance de quedar para siempre en nuestras vidas. Pero el destino, que tanto influyó en este cuento casi de hadas, quiso que quedaran ellos cuatro. The Beatles es una marca registrada que le pertenece al mundo: son propiedad de la Humanidad. Sus principales compositores, John Lennon y Paul McCartney, son considerados los mayores songwriters de la música moderna y la sola mención de sus nombres nos da sensación de mitología. Iniciamos una recorrida que trata de no caer en tantos lugares comunes… Porque escribir sobre The Beatles puede ser extremadamente fácil, o todo lo contrario.

6 de Julio de 1957

The Beatles fueron concebidos cuando Ivan Vaughan presentó a John Lennon (de 16 años) y Paul McCartney (de 15) en el “Great Dance” de la iglesia de St. Peter en Liverpool. Ese 6 de Julio de 1957, The Quarrymen – el grupo creado por John un año antes – dieron un mini concierto en los campos lindantes con el cementerio de la iglesia, y al atardecer se cruzaron al Great Dance Hall, para dar un segundo show durante una Garden Fête, una especie de enorme festival. Allí, Ivan presentó a sus amigos y Paul – ya bastante impresionado por la actuación relajada de Lennon, quien improvisaba las letras de las canciones sobre la marcha- le enseñó a un John entonado por varias cervezas a afinar una guitarra. Además, les hizo a él y a sus compañeros de banda, un pequeño show, que incluyó una interpretación del clásico de Eddie Cochran Twenty Flight Rock, el Be-Bop-A-Lula de Gene Vincent y su caracterización de Little Richard. Tras eso, el que quedó impresionado fue John.

Y por eso, a éste se le presentó una disyuntiva enorme. El zurdo McCartney era desfachatadamente fantástico ya entonces, por lo que John debía optar entre incorporar a alguien que era tan jodidamente bueno como él mismo y que quizá opacase su liderazgo, o dejarlo pasar aún sabiendo que su bandita necesitaba un update urgente, una mejora sustancial si quería dedicarse a ella como parecía. El final de este cuento corto, por fortuna, lo conocemos: John Lennon a esa altura parecería loco y egocéntrico, pero era muy inteligente. Y por eso – lo digo de nuevo- estás leyendo estas líneas. Porque si John no hubiese dejado su ego de lado, Paul hubiese seguido su camino.

Pero The Beatles tenían que ser, nomás. Pocos días después, McCartney pasaba a integrar The Quarrymen. La banda que había sido fundada meses antes como Blackjacks, y que cinco años y cuatro meses después lanzaría su primer single ya como The Beatles, había “comprado el pase” del jugador y socio que necesitaba John. Pero el recorrido por esos cinco años y cuatro meses no fue fácil. Y hubo momentos donde la banda pareció no sobrevivir a las vueltas que da la vida.

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Aquí llega el sol

Los Quarrymen modificaban su formación, pero entre diciembre de 1957 y febrero de 1958, se halla la fecha en la que se les uniría George Harrison. Este, amigo de McCartney, y quién no había cumplido aún los 15 años, era a los ojos de un John Lennon ya de 17, “un maldito crío” que no dejaba de seguirlos. Pero aparte de ser un maldito crío, George era perseverante, además de un guitarrista competente. Paul gestó una reunión en el piso superior de un ómnibus en pleno recorrido a través de Liverpool, donde George audicionó para Lennon. Y así, Harrison se hizo Quarrymen. Reemplazó a un “antiguo” miembro llamado Eric Griffiths, quién –junto a Pete Shotton- estuvo bien desde el inicio como The Blackjacks. Eric sería desenchufado en una movida que recordaría años más adelante al momento en el que Pete Best sería obligado a dejar la banda por boca de otro que no sería ni John ni Paul ni George: a Eric le informaría Colin Hanton de que ya no sería parte de The Quarrymen.

George entraba, Eric salía. Y entonces, ya eran “tres”…

El renacimiento

The Quarrymen estuvieron meses inactivos, hasta que la maquinaria celestial empezó a moverse otra vez. El 29 de Agosto de 1959, George Harrison iba a ser parte de la apertura de un nuevo club musical, fundado por Mona Best. El lugar se llamaba The Casbah Coffee Club, y la primer banda en tocar allí debía haber sido The Les Stewart Quartet, del cual George era miembro tras el desbande de los Quarrymen. Stewart y el otro guitarrista del cuarteto, Ken Brown, tuvieron una discusión por dinero y por faltazos a ensayos de parte de este último. Stewart se fue enojado y dejaba a George y Ken sin banda, y a Mona Best -mamá de un aspirante a baterista llamado Pete- sin estreno. Pero Harrison decidió comunicarse con John y Paul, quiénes salieron de su letargo y aceptaron refundar a The Quarrymen. Ese 29 de agosto, la banda renacía de la mano de John, Paul, George y Ken Brown…y sin baterista.

Los chicos se hicieron sinónimo del Casbah, ayudaron a decorarlo, esas pinturas y dibujos aún hoy se preservan, haciendo del lugar otra meca de la ciudad de Liverpool. Y pronto, el mismo club les suministraría un baterista. Adivinaste, se llamaba Pete Best.

Y ya no habría marcha atrás

Pero eso no ocurriría de inmediato. The Quarrymen continuaron 1959 con una andanada de shows en el Casbah, casi nunca con baterista. Escalada que luego se empezó a extender paulatinamente por toda la zona del Merseyside y que se expandió en 1960, incluso con una gira en Mayo siguiendo a Johnny Gentle por Escocia, donde viajaron como The Silver Beetles. Durante esa gira decidieron tomar pseudónimos para sus personajes en escena, quedando en la historia el elegido por McCartney, quién se re-bautizó Paul Ramon. De ese apellido inventado se inspirarían muchos años después, los miembros de una banda punk de la ciudad de Nueva York para su propia denominación. También eligieron a Allan Williams –un empresario de la ciudad de Liverpool- como una especie de manager. Él les consiguió la fundamental primera excursión a Hamburgo (Alemania) para tocar en la zona roja de la ciudad, a la cual partirían el 16 de Agosto de 1960.

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Los primeros punks se vieron en Hamburgo

En Hamburgo, Los Beatles parieron a los Fab 4 aunque no tenían la más mínima certeza de que se habían transformado en algo tan serio. Allí, gracias a su carisma y desfachatez, los chicos empezaron a gestar el embrión de la Beatlemania, porque de a poco, los habitués del Kaiserkeller, y sobre todo, del Top Ten, empezarían a ver sus mentes partidas en decenas de pedacitos al ver a estos pibes descontrolados en total modo fiesta, haciendo una música dura, cada día más certera y excitante. Comían en el escenario y sobre todo bebían, se hacían chistes y e insultaban a los alemanes. Todo valía. Junto a otra banda de Liverpool, Rory Storm and the Hurricanes, grupo cuyo baterista era un tal Richard Starkey, alias Ringo Starr, los Beatles hacían competencias para ver cuál de ellos derrumbaba el escenario del Kaiserkeller, construído de una madera que ya estaba desgastada. Ganaron los Hurricanes.

La vida en Hamburgo, podría decirse que fue genial y maravillosa, hasta que Koschmider descubrió que la banda se iba al rival Top Ten a tocar, les rescindió contrato…y denunció a Harrison para que fuera deportado de Alemania, por ser menor de edad.

Una nueva banda. Hamburgo segunda parte: My Bonnie vuela sobre el océano

Una vez en Inglaterra, The Beatles ya estaban de nuevo activos en el Casbah Coffee Club y no pararían de hacer shows. El 5 de enero de 1961 se presentaban en el Litherland Town Hall de Liverpool, con Paul al bajo por primera vez. Mucha gente pensaba que eran un grupo alemán y hoy diríamos que flasheó con lo que estaba viendo y escuchando. De repente, la pequeña Beatlemanía se hacía presente: el público se abalanzó contra el escenario, atraídos por la energía disparada a poco de comenzado el concierto.

Meses después surgiría un segundo viaje a Hamburgo: sin riesgo de ser deportados (al menos por la edad, ya que George ya era mayor), los muchachos volverían a fin de marzo a la ciudad que los endureció pero ya como cuarteto, debido a la renuncia definitiva de Stuart Sutcliffe a su precaria tarea en bajo dentro de la banda, cosa que de todas maneras ya era reclamada por Paul.

Los chicos se quedarían en Alemania tocando todos los días de Abril, Mayo y Junio, hasta el 1 de Julio inclusive, pero en el sexto mes del año harían algo que, otra vez, sería providencial. Fundamental. El 22 de Junio fueron invitados por el productor Bert Kaempfert para ir a la escuela. Sí, el colegio Friedrich-Ebert-Halle de Hamburgo fue testigo de una de las grabaciones más importantes de la historia, no tanto por su calidad, sino por lo que destaparía poco más adelante. Ese día, los Beatles fueron invitados a ser la banda soporte del británico Tony Sheridan, que en esos momentos era algo parecido a una estrella de la música en el mercado alemán. Una de las canciones registradas en esa oportunidad fue My Bonnie (Lies Over The Ocean), con Tony en primera voz y The Beatles como banda acompañamiento. Esa vez, además, John, Paul, George y Pete grabaron por su cuenta, otros dos temas: Ain’t She Sweet, en la voz de John, compuesta por Ager y Yellen en la década del ‘20, y un instrumental a cargo de Lennon/Harrison llamada Cry For A Shadow también conocida como Beatle Bop.

Y otro aparente golpe de suerte, sin el cual…

Brian Epstein era un pulcro, educado y delicado hombre de negocios de Liverpool, cuya tienda en el centro de la ciudad NEMS, entre otras cosas, era conocida por tener el surtido de música más completo del norte de Inglaterra. La tienda se hallaba a menos de cinco cuadras del Cavern Club, pero a pesar de la cercanía, Brian jamás lo había visitado: a sus 27 años se encontraba lejos de ser un escucha habitual de los nuevos grupos, sino que más bien, la música clásica era su fuerte.

El 28 de Octubre de 1961, el mismo Brian estaba atendiendo al público en su local, en momentos en que ingresó un habitual cliente, llamado Raymond Jones. Éste solía acercarse a comprar discos de Carl Perkins, pero en esa oportunidad, pidió un disco llamado My Bonnie, cuyo intérprete, dijo, era una banda local llamada The Beatles. El disco lo había escuchado gracias a un disc-jockey de la ciudad llamado Bob Wooler (también DJ en The Cavern) y había sido grabado en Alemania. La historia contada por Brian dice que, desconcertado no solo por no poseer el disco, sino también por desconocer al conjunto, más allá de que el nombre le sonaba vagamente, anotó en una libreta: ‘”My Bonnie”. The Beatles. Chequear el lunes.’ (Fuente: A Cellarful Of Noise – Brian Epstein, 1964). Y la sorpresa de Brian aumentó, cuando muy poco tiempo después, un par de chicas entraron a NEMS, buscando el mismo vinilo.

Menos de dos semanas más tarde del pedido inicial de My Bonnie, exactamente el 9 de noviembre de 1961, Brian Epstein entraba a su nueva vida y a The Cavern Club por primera vez, para conocer a The Beatles.

Y ahora sí, ya no habría vuelta atrás. Ni para la banda, ni para Epstein. Ni para nadie más.

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#ArchivosULTRABRIT THE STONE ROSES: LA NOCHE DE LA RESURRECCIÓN

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Rescatamos de nuestra bitácora editorial este contenido de excepción. Hace cuatro años, nuestro buen amigo Gustavo Bove presenció la vuelta a los escenarios de una de sus bandas preferidas, y describió la experiencia religiosa en exclusiva para Ultrabrit. A disfrutar! 

The Stone Roses en el Etihad Stadium de Manchester (15 de junio del 2016)

Cuando un artista adquiere estatus de fenómeno, no alcanza con centrar el análisis en la parte musical, hay que ir más allá, poner la lupa sobre cuestiones que tienen que ver con la coyuntura social y hasta la geografía donde se gestó dicho suceso. Y si hablamos de contexto, todo el mundo sabe que Manchester se potencia en su dualidad. La ciudad que fuera cuna de los inventos más importantes de la era moderna (el ferrocarril y la computadora, por citar algunos) y madre de la Revolución industrial, presenta su contracara en una población que late en las arenas del fútbol, sobre la sangre derramada en las riñas callejeras, y en los pubs irlandeses bañados de cerveza. De hecho, parte de la composición de su nombre significa “pueblo” en el inglés antiguo. Hasta etimológicamente, Manchester muestra los dientes.

Habiendo repasado todo esto, quizá uno encuentre la explicación del porqué The Stone Roses se convirtió en el prodigio más representativo de esa zona del norte de Inglaterra. Así, el grupo conjuga rasgos de música exquisita y detalles sonoros delicados con letras brutalmente honestas, altaneras y arengadoras, además de una actitud norteña o “Monkey” que roza los bordes de la caricatura. De esta manera, su prosa tiene códigos tan localistas que les impidió proyectar la real dimensión de su éxito más allá de las fronteras de su país natal. Si bien son popularmente conocidos en todo el planeta, para palpar realmente lo que generan los Roses hay que verlos en su tierra, entre los suyos, de local. Sólo un dato alcanza para avalar lo expresado: 250.000 personas los disfrutaron entre los cuatro conciertos que ofrecieron en el Etihad Stadium. Cifra imposible de trasladar a otro rincón del mundo, ni siquiera en el marco de un festival europeo, por lo menos para ellos.

La previa de los mencionados shows se había coloreado de afiches blancos con la rodaja de un limón como único elemento referencial. Minimalismo extremo. No hacía falta más. Todo el mundo sabía que los Stone Roses volvían a las andadas pero, a diferencia de su reunión del 2012, esta vez llegaban armados con nuevo material. A 22 años de la edición de su injustamente ninguneado álbum, Second Coming, Ian, Mani, John y Reni se encerraban en un estudio y escupían dos sencillos: el sucio y desprolijo “All For One”, que fuera sucedido por el característico sonido baggy del excelente “Beautiful Thing”.

Con todos estos elementos, la antesala al debut en la cancha del Man City se vivió con la efervescencia de un partido de futbol. Desde temprano, Manchester observó cómo sus veredas eran copadas por miles de transeúntes que tenían algún detalle que delataba su fanatismo por The Stone Roses, ya sea una remera, un pin, una campera, un sombrero (el gorro a la Piluso – Mad Cap como le llaman ellos – fue la estrella de los outfits), una bufanda o bandera. Multicolores e informales, todos eran parte del mismo ejercito rockero. Fred Perry y Pretty Green (la línea de ropa de Liam Gallagher) terminaban de delinear el escudo. Y para completar la escenografía, la estación principal de trenes, Manchester Piccadilly, se transformaba en la puerta de entrada para otros miles de fanáticos que llegaban de los confines del Reino Unido, ya sea Gales, Escocia o Irlanda. Mientras se acercaba la hora del comienzo de una “nueva resurrección” (este era el latiguillo que ganó la calle en los días anteriores), los alrededores del Etihad se ilustraban con vendedores ambulantes de cervezas o remeras, más algún músico callejero que salvaba la semana cantando canciones de los Roses con una guitarra y a la gorra. Ya dentro del monumental predio, un Public Enemy con su elenco completo arengaba a puño levantado… Si en New York el hip hop es la CNN de los negros, en Manchester fue la BBC. En definitiva, Chuck D y su crew hicieron saltar a una multitud de ingleses blancos con consignas raciales de americanos negros. La razón y la diversión no van precisamente de la mano.

Pasado el aluvión de black power, a las 21hs y con una puntualidad inglesa irrevocable, The Stone Roses cumplió la profecía y pisó el inmenso escenario del Etihad Stadium. Entre litros de cerveza que volaban por los aires y el calor de algunas bengalas, los héroes del sonido Madchester abrieron la velada con “I Wanna Be Adored”, una declaración de principios y un golpe al corazón de los más de 60.000 espectadores. “No necesito vender mi alma / Él ya está dentro de mí / Quiero ser adorado / Quiero ser adorado”, cantaba un poseído Ian Brown, y la masa respondía al pedido. Tras cartel, como si no tuviera tiempo para entremeses, el cuarteto se despachaba con “Elephant Stone”, y los presentes ya nos dimos cuenta de que no sería una noche más. Enseguida, “Sally Cinnamon” tenía su revancha por haber quedado fuera del laureado primer álbum de la banda, y delataba la influencia que había tenido SR sobre la pluma de Noel Gallagher, entre otros compositores de las generaciones siguientes. En la misma línea reivindicativa sonó “Mersey Paradise” (cara B del single “She Bangs the Drums”) a toda potencia melódica, con la guitarra de John Squire tirando del hilo rítmico, y la banda terminando de ajustar tuercas. Para la quinta canción, la hermosa “(Song for My) Sugar Spun Sister”, la escenografía lumínica se desplegaba en toda su magnitud. Flanqueada por murallas de leds por doquier, la gran novedad de la puesta fueron las cuatro pantallas que colgaban del techo del escenario, cada una destinada a un miembro de la banda. O sea: más allá de las vistas gigantes laterales, si tu Stone Roses favorito era Mani, podías seguir sus movimientos constantemente, sin que un director te obligue a ver ampliado lo que su ojo dicta. A pesar de ello y como siempre sucede en estos casos, la imagen de Ian Brown era magnetismo puro. Luciendo una remera blanca con un anagrama (Own Brain) de su nombre, el cantante fue el maestro de ceremonias perfecto y, para refutar su historia, cantó mucho más afinado que de costumbre. En el camino, la dulzura de “Bye Bye Badman”, “Where Angels Plays” y “Shoot You Down” sedaron el baile pero dejaron gargantas al rojo vivo. “No puedes dar marcha atrás / Es demasiado tarde / No puedo esperar / Ahora ha llegado el momento”, entonaba la multitud a coro con Brown. El recibimiento a la marcha frenética de “Begging You” (destreza animal de Reni sacudiendo su batería) tuvo idéntica reacción, y con la magnífica “Waterfall” el Etihad se erigía en un karaoke tan gigante que puso la “piel de gallina”.

Habiendo transcurrido la mitad del concierto, no hacía falta tener un amplio conocimiento del historial de la banda para darse cuenta de que los Stone Roses estaban en su mejor momento. Al igual que sucedió con Soda Stereo en el plano local durante la gira “Me Veras Volver” del 2007, el combo mancuniano expresaba su mejor forma. Ello se traducía al humor que reinaba desde arriba de las tablas para abajo. El playlist seguía su recorrido con “Don’t Stop” y, clavado frente a su equipo de bajo, Mani bromeaba con Brown acerca de algo que había visto entre la muchedumbre delantera. Donde antes había riñas, celos y egos, hoy hay paz, camaradería y sonrisas. Así, el pastoral “Elizabeth My Dear” y el sarcástico “Fools Gold” le dieron paso al tema emblema de esta segunda etapa de Stone Roses: “All For One”. A la usanza de D’Artagnan y los Tres Mosqueteros, Brown canturreaba “Todos para uno, y uno para todos”, desde la introducción de una oda que los acerca a la crudeza desbocada de los primeros Oasis. De allí en adelante, el show no tuvo respiro. “Love Spreads”, “Made Of Stone” y “She Bangs the Drums” conformaron un bloque explosivo, de pura cepa Madchester. Poco complacientes y caprichosos, antes del final, los Roses invitaron a la psicodélia con una versión extendida de “Breaking Into Heaven”, donde se lucieron todos los efectos de la guitarra de John Squire, quien con su nuevo look californiano de los sesenta (barba tupida incluida) acaparó aplausos y regaló un lapso musical de alto vuelo. Ahora sí, Brown volvió a calzarse su campera Monkey negra y empezó a señalar a cada rincón del estadio, repitiendo “Vos sos el número uno”. Una leve llovizna humedeció la interpretación de, obviamente, “This Is The One”, y el cierre épico llegó con la tormenta perfecta que acompañó a “I Am The Resurrection”. Empapados y extasiados, con sus puños en alto y celulares encendidos, la multitud entonaba eso de “Soy la resurrección y soy la luz / Nunca podría odiarte tanto como me gustaría”. Final. “Fucking Manchester” fue el grito de agradecimiento de Brown para sus fanáticos. Entonces, The Stone Roses abandonó el escenario, dejándonos sin bises pero con el sonido grabado de su flamante “Beautiful Thing”, que fue acompañado por un despliegue de fuegos artificiales y un temporal de lluvia y viento de dimensiones bíblicas. En síntesis, una resurrección con todos sus ingredientes.

Inolvidable.

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#ArchivosUltrabrit: GUSTAVO SANTAOLALLA, producto argentino de exportación

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Rescatamos de nuestra bitácora editorial este contenido de excepción. Formó parte de la edición #3 de Ultrabrit MAG, publicada en Julio de 2013. A disfrutar! 

Por Gus Giorgi, Marcelo Lamela y Sebastián Chaves

Músico indispensable de los inicios del rock rioplatense en los años ’60, productor artístico estrella, creador de extraordinarias bandas de sonido para cine, ganador de dos Oscars en Hollywood, mentor de una exquisita y novedosa alquimia musical. ¿Cuántas facetas artísticas puede tener un mismo hombre? De todas estas paradas en la vida y de cómo las pasó en cada una de ellas, en una entrevista exclusiva.

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En 1968 con los iniciáticos Arco Iris, tomando la posta de Litto Nebbia y delineando con visión de alquimista al nuevo rock argentino cantado en español, con aires autóctonos; en plan solista a principios de los ‘80, con un primer disco fundamental y trasgresor; trabajando como productor artístico y logrando resultados fabulosos con gente tan disímil como León Gieco, Divididos, Café Tacuba, Bersuit Vergarabat, El Peyote Asesino, Jorge Drexler, GIT, Molotov, La Vela Puerca, Juanes, Árbol, y Julieta Venegas; elaborando con paciencia de orfebre sonidos excepcionales para películas, tales como 21 Gramos, Amores Perros, Diarios De Motocicleta, Brokeback Mountain (2006) y Babel (2007) (éstas últimas dos, premiadas con el Oscar a la Mejor Banda Sonora); dándole forma al genial combo de música rioplatense Bajofondo, uniendo las veredas de Buenos Aires y Montevideo con la mezcla justa entre milonga, loops y una pizca de pulso rockero. En sus múltiples y sobresalientes facetas, Gustavo Santaolalla siempre se salió del molde y estuvo un paso adelante. De visita por nuestro país para la presentación del nuevo trabajo de la multitudinaria banda que comparte con el uruguayo Juan Campodónico, nos cruzamos con los dos en un hotel del centro y desandamos el largo camino de uno de los personajes fundamentales del rock latinoamericano.

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GG: Gustavo, tenés toda una vida dedicada a la música. ¿Cuándo comienza ese nexo y de qué manera?

GS: Mi conexión viene desde muy chico, ya que mis padres eran ávidos compradores de discos. A los tres o cuatro años era normal para mi estar escuchando música casi todo el día, y ya a los cinco mi abuela me regaló mi primera guitarra. Por lo cual, mi contacto con el mundo musical vino casi desde la cuna. En casa se escuchaba de todo, muchos sonidos nacionales, tango y folklore, pero también había una fuerte presencia norteamericana: big bands, cantantes de foxtrot como Frankie Laine, sonaba Nat King Cole, y algo de clásica también. Con todo ello se me fue formando el oído.

BRITISH INVASION Y LA PRODUCCIÓN

GG: ¿Cuándo te acercás al rock?

GS: A los siete u ocho comienzo con Chuck Berry y Little Richards. El primer disco que compré en mi vida fue el de la banda de sonido de G.I. Blues de Elvis Presley (1960), y a los doce, mis padres me regalaron una guitarra eléctrica. Para esa época, me compré un LP de los mexicanos Teen Tops, que hacían rock pero cantado en castellano. La plataforma ya estaba desplegada: al llegar The Beatles yo estaba totalmente preparado. Y cuando eso pasó, todo se acabó: en ese momento definí que eso era lo que yo quería hacer en mi vida. A los Beatles le siguieron The Rolling Stones, The Animals, The Kinks, los Hollies, todo lo que fue la British Invasion en USA. Francamente, lo británico me abrió mucho los sentidos ya que si bien estaba muy empapado de sonidos estadounidenses, como Bob Dylan y The Byrds, de UK descubrí nuevas cosas que me volvieron loco. Una de ellas fue el trabajo de los productores, conocer lo que hacía George Martin con los Beatles fue algo muy impactante. Lo mismo con Shel Talmy y The Kinks, o Kit Lambert y The Who; empecé a preguntarme cual era la función del productor y eso también fue para mí un viaje de ida.

SC: Una de las preguntas que teníamos para hacerte tenía que ver con ello, de qué manera iniciaste tu interés desde tan chico por la producción artística.

GS: Desde pequeño tuve un interés muy grande por ambas cosas, por la de interpretar la música y por darle la forma correcta. Recomiendo que escuchen el álbum rosa de Arco Iris (Arco Iris, 1968), allí está todo. Ese fue mi debut con la banda y como productor también, tenía dieciocho años. Fue el laboratorio para mis primeros trucos de producción, experimentando con la reducción de velocidades de cintas para lograr nuevos sonidos y texturas.

ML: ¿Cómo fue el proceso de pasar de la observación a la acción musical?

GS: Antes de que tuviese una crisis existencial con la Iglesia Católica y me transformase en agnóstico, gracias a Dios (risas), entre muchos amigos con los que nos conocíamos de la parroquia armamos una banda, que terminó siendo el germen de Arco Iris.

“Hay ciertos cantantes a nivel mundial a los que les vemos cierto enganche tanguero, por su propio estilo personal. Eso vemos en Morrissey como también lo vemos en Tom Waits, en Nick Cave, o en Marianne Faithfull”.

GG: Llegamos al nuevo disco. Presente (Sony Masterworks, 2013) los muestra cohesionados y sonando como un grupo hecho y derecho.

GS: Presente marca un crecimiento y una madurez notables respecto a los dos anteriores. Hoy en Bajofondo somos una banda, como tal. En este disco tenemos baterías, tenemos tracción a sangre, ya no hay bases electrónicas llevando adelante las canciones. Y tanto Juan como yo, tocamos guitarras en todo el disco.

JC: Y también, nuevamente marcando diferencias con los dos anteriores, con Gustavo nos hicimos cargo de las partes vocales, cantamos los dos. En el disco debut armábamos las bases para luego ver qué cantante invitado nos aportaba su voz. Lo mismo pasó en Mar Dulce, pero en Presente lo que suena, en todo sentido, es una banda. Luego, la orquesta que dirigió Alejandro Terán adorna como acompañamiento, pero el disco como concepto es el de un grupo. Para nosotros fue una experiencia fuerte porque exploramos nuevos lugares, cosas nuevas como Bajofondo.

GS: Lo sentimos como un paso realmente trascendente. Queríamos ver que éramos capaces de hacer como banda y los resultados son sorprendentes. Es un álbum conceptual, como un viaje, a diferencia de los dos anteriores que eran básicamente colecciones de tracks. Estamos felices.

GG: ¿Tienen planeado tocar en UK presentando el disco?

GS: Con Bajofondo ya hicimos una gran gira por el Reino Unido: tocamos cinco veces en Londres, incluyendo shows en venues espectaculares como el Koko y Roundhouse de Camden; dos veces en Brighton, además de Bristol, Liverpool, Cardiff y Glasgow. Ahora que firmamos contrato mundial con el sello y editamos el nuevo disco en Londres, con muy buenas críticas por parte de la prensa especializada, el desarrollo de Bajofondo en UK está como un objetivo claro. También estamos tendiendo contactos para tocar en el programa de Jools Holland en BBC, en un futuro cercano. Esperemos que se dé, para nosotros sería una buena carta de presentación masiva.

gustavo-santaolallaULTRABRIT Mag N° 4

GG: Hablando un poco de tu fantástica experiencia con las bandas de sonido para películas ¿Cómo viviste la experiencia de meterte en el mundo de Hollywood, luego de tantos años de contracultura?

GS: Es que en realidad nunca me metí en eso. Vivo en Los Angeles y es donde se entregan los premios Oscar, pero allí se terminan las coincidencias. Y no es que tenga algo en contra de Hollywood en sí, pero las películas en las que he trabajado no representan en absoluto el status quo de la industria. Y de hecho, hasta ahora no hice nunca nada con un director estadounidense.

GG: La última: de la gente a la cual le produjiste discos, si tuvieses que elegir a uno por la razón que fuere, ¿con quién te quedarías?

GS: Esa es una pregunta difícil porque a esas obras las considero como “pequeños hijos”. Pero existe una banda que se destaca por sobre el resto, y son los Café Tacuba. Escuchas veinte años de sus discos y te das cuenta por qué son fuera de serie.

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The Beatles: la banda que pintó al mundo de todos los colores. Parte II

En esta entrega abordamos la etapa en la que The Beatles se transformaron en una explosión mundial sin precedentes.

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En el artículo anterior dimos inicio a la tríada del especial acerca de la banda más importante de la Historia: sus inicios en Liverpool y su despegue hacia el cenit artístico. En esta entrega abordamos la etapa en la que se transformaron en una explosión mundial sin precedentes.

La nueva vida de Brian

Brian Epstein, acompañado de su asistente Alistair Taylor, ingresó en un mundo al que no estaba acostumbrado. The Cavern Club aquel mediodía del 9 de noviembre de 1961, no era tan pulcro y amigable como lo es hoy en día, un sitio preparado para el turismo mundial. Al contrario, el lugar no se llamaba La Caverna por casualidad: era un sótano abovedado, con arcos que chorreaban sudor y donde la gente se aglutinaba en un espacio que parecía no alcanzar para todos. Los Beatles, enfundados en sus camperas de cuero, eran un torbellino musical carismático que hizo que el elegante Brian Epstein quedara impactado al instante. Brian siguió visitando The Cavern para ver y escuchar a esos cuatro muchachos que tan atractivos le parecían, y le llevó menos de un mes decidirse a ofrecerse como manager del grupo, algo que sería oficializado el siguiente 24 de enero.

Abbey Road Calling

El futuro había llegado y The Beatles tenían una cita en el número 3 de la calle Abbey, sede de los Estudios EMI, en el mismo edificio que iba a cambiar de nombre no demasiados años después, gracias a un disco de este mismo grupo musical cuya portada los mostraba cruzando justamente esa calle. Y en ese sitio, los esperaba un tal George Martin.

El 6 de junio de 1962, los Beatles ingresaron por primera vez en la que iba a ser su casa durante el resto de la década, y que iba a ser otra de las cosas que dejarían patas para arriba, en el buen sentido. Ese día, de 7 a 10 pm, tuvieron efectivamente una sesión de grabación en la que John, Paul, George y Pete registraron cuatro canciones, tras haber “calentado motores” un rato largo en el mismo Estudio Dos que pronto sería algo así como la “sala de estar” de la casa del grupo.

Bajo la mirada supervisora de Ron Richards –ayudante de George Martin- los Beatles grabaron Bésame Mucho, y tres originales Lennon-McCartney: P.S. I Love You, Love Me Do y Ask Me Why. En esas grabaciones (en el álbum Anthology 1 se rescatan -de pura suerte- las únicas dos que sobrevivieron, Love Me Do y Besame Mucho, ya que por una política de EMI de descartar lo que consideraban que no se iba a usar debía ser destruído) se notan algunas falencias en el sonido de la banda –como el monótono machacar de Pete o la voz temblorosa por los nervios de Paul–. De todas formas, Martin decidió que no tenía nada para perder y que les daría el ansiado contrato, aunque en ese momento quizá esa confianza estuviera más basada en la personalidad y actitud de los muchachos que en su música.

Hola soy Ringo, toco la batería

Con un contrato de grabación asegurado, los Fab 3 tenían que decidir, y eso hicieron. Sabiendo que, como a ellos mismos, a Martin no le agradaba en absoluto el aburrido beat de Best, comenzaron a “acechar” a Ringo Starr una y otra vez, ofreciéndole el puesto. El pobre Pete, tras centenares de conciertos con la banda, se lo iba a perder todo y el encargado de echarlo fue Brian Epstein.

Ringo renunció a su puesto en los Hurricanes de Rory Storm, y el 18 de agosto de 1962 en el Hulme Hall de Port Sunlight, cerca de la ciudad de Birkenhead, nacieron los Fab 4. Menos de dos meses después de entrar Ringo, el mundo conocía el primer single de The Beatles.

El primer Long Play Beatle

El 7 de febrero, urgidos por la necesidad de potenciar este logro impactante, Los Beatles se parapetaron en el inmortal Estudio Dos de EMI a grabar su primer long play. El mismo se llamaría Please Please Me, como el hit vigente, e incluiría seis covers de otros artistas que solían ejecutar en vivo, más ocho composiciones Lennon & McCartney, entre las que se encontraban los cuatro tracks ya lanzados en sus dos singles.

El álbum debut de la banda más influyente de todos los tiempos fue grabado en apenas dos sesiones, en un día que duró 585 minutos de trabajo. Desde el inmortal conteo del clasicazo de Paul I Saw Her Standing There, pasando por baladas y temas de music hall, y hasta la increíble, apabullante, descomunal única toma de Twist And Shout, con un Lennon destrozando su garganta por el esfuerzo hacia el final del día, Please Please Me (el LP) es una delicia de canciones pegadizas y contundentes. Grabar el disco, costó 400 (cuatrocientas) libras esterlinas, y cada uno de los Beatles cobró lo estipulado por el sindicato, algo más de siete libras cada uno.

El álbum no solo llegaría al ansiado #1: estaría allí por 30 semanas, hasta ser desplazado por el segundo disco de los Fab 4, With The Beatles, también lanzado durante el increíble 1963, y que estaría allí rankeado durante 21 semanas más. O sea que el cuarteto estuvo en el tope de los rankings de álbumes más vendidos de toda Gran Bretaña, todo un año, menos dos semanas. Y logros más apabullantes estaban a la vuelta de la esquina.

Ella Te Ama, Sí, Sí

She Loves You es un típico trabajo en colaboración de John y Paul, con el pícaro “gancho” de hablar en tercera persona en una canción de amor, ideado por Macca.  Fue lanzada en agosto de 1963 con I’ll Get You como Lado B. Al mes, ya había vendido más de un millón de copias en Gran Bretaña, y al día de hoy, es el simple de The Beatles más vendido en su país natal. Como si todo eso fuera poco, también fue el de mayor venta de la historia de Gran Bretaña, hasta que en 1978, el propio McCartney, con su banda Wings, lo iba a superar con su simple Mull Of Kintyre. Y sentó las bases, para lo que hoy conocemos como Pop Británico.

El mundo está loco, loco, loco

Antes del final de año, todavía quedaban un par de lanzamientos inmortales por aparecer: el 22 de noviembre lanzan su segundo LP: With The Beatles, con una tapa absolutamente llamativa desde la simpleza, todo gracias a una foto de Robert Freeman, con la cara de los cuatro iluminadas desde un costado y sobre un fondo negro sacada en un corredor del Palace Court Hotel en Bournemouth. El disco había sido grabado en julio y los records comenzaban antes de su salida, con pedidos de reserva por adelantado de 270.000 copias, y pasaría el medio millón de discos vendidos apenas una semana después de lanzado.

With The Beatles continuaría con la estrategia de canciones compuestas por los chicos (siete de John & Paul, más la primera composición de George Harrison, Don’t Bother Me) y seis covers, y mostraría avances compositivos sobresalientes: Paul brilló con la imbatible All My Loving, y John con la excitante It Won’t Be Long. Y en diciembre, finalmente She Loves You salió del tope de singles más vendidos, gracias a la aparición de la fabulosa I Want To Hold Your Hand, que tuvo ventas por más de medio millón de copias… casi un mes antes de ser editada, gracias a los pedidos por anticipado. Este single contaba con otro Lado B soberbio: la bellísima This Boy, una balada con un intermedio a tres voces entre John, Paul y George de esos que fueron marca registrada y que todavía hoy te hacen un nudo en la garganta.

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Made in USA, 1964

La primera visita de Los Beatles al país del norte de América sería de dos semanas. Batirían varios récords, y dejarían algunos que nadie vencerá jamás: la cola del cometa que estremeció al país ese febrero era tal y el marketing de ventas se había aceitado de semejante manera, que todo lo que se ponía a la venta… simplemente se vendía: el ranking de la revista Billboard, en su listado Hot 100 de singles de abril de este año, tenía a los Fab 4 presentes con distintas canciones en catorce puestos (¡incluyendo los lugares 1, 2, 3, 4 y 5!) de los 100 más vendidos. Y también, dominarían el ranking de LP´s al obtener los puestos 1 y 2. 

Beatle Planet

La actividad de los chicos ya era de un vértigo jamás visto: la visita a USA los transformó en héroes allí y el logro en Gran Bretaña fue festejado como un Mundial de Futbol. Ahora los esperaba el resto del mundo. Mientras a John y Paul las canciones les caían como hojas en el otoño (Can´t Buy Me Love, A Hard Day’s Night, I Feel Fine fueron los tres singles que lanzaron en UK ese 1964 y que obviamente alcanzaron el puesto #1), cada composición tenía algo de entrañable y excitante. Paul se consolidaba como un gran baladista con temas como And I Love Her, pero John también tenía su costado sensible, con bellezas como If I Fell, temas que incluirían en su siguiente disco, su tercer LP. Mientras tanto, Epstein cerró shows en Europa, pero también en lugares lejanos como Hong Kong, Australia y Nueva Zelanda. Y además, los Beatles debutarían en el cine: el film A Hard Day’s Night comenzaría a ser rodado en blanco y negro en marzo de 1964 y se estrenaría mundialmente en julio. 

A partir de 1965, los Beatles se asegurarían que el Mañana siempre se acordara de ellos. Y de alguna manera, ese Mañana de The Beatles comenzaría con el Ayer de Paul McCartney.

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