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Play | MUTEK: cuando el arte es un juego

Pasó la tercera edición del Festival alternativo en Argentina.

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En su tercera edición en Argentina, el festival internacional de creatividad digital MUTEK contó entre sus secciones con el programa Play, desarrollado a lo largo de dos días, viernes 13 y sábado 14 de septiembre, en el emblemático edificio porteño Palacio Alsina. Permitió al público descubrir nuevos proyectos de artistas emergentes y otros de larga trayectoria, tanto locales como internacionales, en un contexto íntimo que tuvo como hilo conductor expresiones lúdicas de sonidos electrónicos y obras audiovisuales.

Play 1 (viernes)

La jornada comenzó antes de que caiga el sol, con la cantautora y DJ argentina Morita Vargas, quien desplegó un show basado en delays y reverbs aplicados a su voz y a los distintos sonidos de instrumentos autóctonos que fue programando. El set, que sirvió de recibimiento para los primeros que ingresaron a la sala, empezó como un ambient de cuerdas y capas de ecos. Luego transitó por pasajes más percusivos y tribales, en un camino entre la meditación oriental y los ruidos selváticos, siempre intercalados con la voz de Morita estirada artificialmente hasta agudos celestiales. Vestida con un atuendo que Björk envidiaría, su rostro apareció intervenido digitalmente en la pantalla, como si llevara una máscara de colores saturados. Paz, surrealismo y elevación fue la búsqueda de la artista.

Si la idea del programa Play es poner en juego, justamente, el carácter lúdico del arte digital, el dúo con base en Londres conformado por las españolas Estela Oliva (CLON) y Ana Quiroga (NWRMNTC) lleva esa premisa casi a la literalidad, dado que la presentación de su proyecto META se trató de una performance que integró la simulación de un videojuego en vivo con un soundtrack en directo. Mientras Quiroga generaba paisajes sonoros cinemáticos que mantenían en tensión al público, Oliva mediante un joystick dirigía la acción de las visuales. A través de cinco escenas animadas y musicalizadas digitalmente, CLON y NWRMNTC sumergieron a los presentes en pantallas de videojuegos de ciencia ficción. Escenarios que albergaban containers y grúas portuarias; habitaciones en donde humanoides se realizaban tomografías; y paisajes de montañas verdes y cielo fucsia fueron algunas de las imágenes de la presentación. Más que un concierto, una experiencia inmersiva.

El dúo chileno integrado por la música y artista lumínica Andrea Gana y el artista visual Marco Martínez fue el primero de la jornada en utilizar la famosa pantalla LED vertical y gigante ubicada en el techo del Palacio Alsina, mostrando una suerte de halo de luz en forma de óvalo estirado que dio comienzo a la presentación de su proyecto titulado NAVAS. A medida que los sonidos deformes dieron paso a otros de naturaleza análogo-digital, las imágenes fueron cambiando. Esferas se movieron por la pantalla al unísono de los golpes de campanas y los sonidos de gotas de agua disparados por Andrea Gana; una especie de “field recordings” ejecutados al compás de las figuradas proyectadas. Cuando los ruidos se volvían agresivos y duros, las imágenes se tornaban de un rojo profundo; cuando se ponían abrasivos, lo que se veía era de color gris ceniza; si la música era más calma, el azul era su mejor acompañante; y si el beat se asomaba de manera irregular, como si se tratase de una máquina averiada, las imágenes se glitcheaban. Todo esto, que se proyectó en el techo, la gente lo apreció mejor recostada en el piso de la sala, una de las tantas formas para disfrutar lo ofrecido en el MUTEK.

La artista audiovisual canadiense Nelly-Eve Rajotte presentó Rückenfigur, un show inspirado en los acantilados de Rügen, una isla alemana en el Mar Báltico. Usando un sintetizador modular y capas de reverberación para generar ondas de sonido llenas de movimiento, Rajotte creó un espectáculo envolvente. Las imágenes aéreas de bosques de pinos nórdicos, a veces en blanco y negro, fueron de la mano con los sonidos graves, rugosos y calcinantes provocados por vibraciones drónicas que impactaron en los cuerpos de los presentes. Membrane, la instalación presentada por Push 1 stop & Wiklow, dúo canadiense integrado por Cadie Desbiens-Desmeules y Michael Dean, seguramente sea muy recordada en esta edición del MUTEK. Se trató de una pantalla de tres metros de tela transparente colocada delante de los dos artistas en la que se proyectaron halos de luces que formaron imágenes abstractas y geométricas, todo en un ambiente oscuro y brumoso gracias al perfecto uso de las máquinas de humo en el escenario. Beats duros y poderosos acompañaron en sincronía los movimientos de las figuras lumínicas tridimensionales que flotaron entre los dos autores, una puesta en escena simple pero impactante que llevó las vibraciones generadas por las ondas sonoras a un extremo.

El DJ y compositor alemán-bulgaro Stefan Goldmann brindó un set minimalista en el que combinó sonidos ambientales y experimentales con pasajes de música techno. El show, que contó con visuales proyectadas en las tres pantallas de la sala a cargo del artista argentino Javier Benjamín, también conocido como Gativideo, se dividió en dos partes. Comenzó introspectivo, a vuelo rasante y con un volumen bajo, para luego transitar por pasajes rítmicos más intensos con golpes de batería agresivos. La velocidad de las imágenes también se aceleró, ya que se pasó de una animación de color rojo intenso similar al de un cardiograma, a figuras abstractas, dinámicas y de colores más vívidos, todo para crear un clima más cercano al de una pista de baile.

El final le correspondió a NONOTAK, el dúo conformado por la ilustradora francesa Noemi Schipfer y el arquitecto-músico japonés Takami Nakamoto. Prescindiendo de la pantalla ubicada en el techo, la presentación se caracterizó por los golpes sonoros penetrantes que fueron acompañados por figuras geométricas monocromáticas proyectadas detrás de ambos artistas. Mientras Schipfer se concentraba en las visuales, Nakamoto, en un gesto que hasta entonces no se había hecho presente en la jornada, arengaba a la gente con sus brazos luego de disparar beats violentos. Cada colisión sonora era acompañada por el headbanging del músico japonés (sus movimientos exaltados provocaron que un momento se le cayera su gorra, que luego pateó con displicencia hacia un costado), quien pareció tener algunos problemas técnicos con el retorno. Luces estroboscópicas y una suerte de IDM intenso fue el plan de cierre para esta primera jornada en el Palacio Alsina.

Play 2 (sábado)

Si en la primera jornada del programa Play el elemento visual fue protagonista, en este segundo día la música fue lo central. Whisky, el dúo integrado por Macarena Fuentes y María Mar Pérez, fue el encargado de abrir la fecha. Fuentes se acercó al micrófono ubicado al frente del escenario, lo tocó con sus dedos para probar si funcionaba y dio comienzo al show. Mientras María Mar Pérez generaba un sonido darkwave de teclados fríos y oscuros, Macarena Fuentes planteaba una pregunta susurrada pero clara: ¿Cuántas mujeres fueron violadas hoy? (How many girls were raped today?). La cantante llevó el mic hacia atrás y luego volvió a acercarse al borde del escenario para seguir recitando, esta vez arrodillada y con dos micrófonos en sus manos, un lamento que luego se convirtió en una afirmación definitiva plasmada también en las visuales producidas por Flor de Fuega (Florencia Alonso): You should be burning… BURNING IN HELL!! Para finalizar, María Mar Pérez dejó las consolas, se dirigió al frente y comenzó un ejercicio de flexión de brazos, con el infierno ya consumado a su alrededor. Un beso entre las dos artistas dio fin a una presentación incendiaria.

El líder de Banda de Turistas, Tomás Putruele, junto a la artista visual Cecilia Checa, brindaron un show climático y bailable, a través de composiciones breves y experimentales. Los suaves golpes a la batería electrónica ejecutados por Putruele se contrapusieron a los ensambles ruidísticos y sintetizados, y junto a las visuales disparadas por Checa de bustos y esculturas griegas (de colores saturados de estética vapowave) que recorrieron las pantallas de la sala, generaron una presentación dinámica, en la que cada pasaje se diferenciaba marcadamente del anterior. Por su parte, el DJ y productor Gustavo Lamas otorgó un show minimal, con una utilización limitada de visuales por parte de VJ Nais (sólo se proyectaron imágenes sobrecargadas en la pantalla más pequeña ubicada detrás del artista) y un sonido prístino y sintético. Los primeros quince minutos fueron ambient y luego comenzaron a entrar los beats. Mientras las imágenes se tornaban repetitivas (a veces aparecía un globo terráqueo girando o un “smiley” símbolo del yin y yang), la música programada iba encontrando variantes. Por un momento se tornó selvática y hacia el final, Lamas disparó con un pad voces femeninas en clave trip hop. Un mensaje en la pantalla indicó el título del set: “Hola humano. Esto es Botwork”. Una formalidad al estilo Kraftwerk.

La presentación de La ruta del opio, el proyecto en el que Melero y Tuñon están trabajando desde hace cinco años, se demoró en comenzar debido a que la puesta en escena requirió no sólo de los teclados y consolas que ejecutaron los músicos, sino también de cámaras que los filmaron de cerca y sirvieron para el trabajo de visuales elaborado por Gabriel Rud. El artista audiovisual, en una suerte de gesto bretchiano, se ubicó al borde del escenario, de espaldas al público, controlando con dos computadoras las imágenes reproducidas en las pantallas. El show se diferenció de los demás porque tuvo como concepto principal la canción y la sensibilidad de las melodías de piano, pero también hubo lugar para el baile con percusiones en clave techno. Dos especies de auras brillantes en las visuales parecieron rodear a los músicos, mientras imágenes de estrellas fugaces se transformaron en copos de nieve que recorrieron las dos pantallas verticales de la sala. La delicadeza de la presentación hizo valer la espera, pese a los murmullos de muchos que no supieron hacer silencio. Un sacrilegio.

Uji, el proyecto del multi-instrumentista Luis Maurette, también supo destacarse en la jornada del sábado por su utilización de sonidos autóctonos e instrumentos de percusión (bombo legüero y congas). A través de las visuales producidas por Ignacio Ayerza, la presentación se basó en una línea rítmica constante que por momentos cayó en pasajes de monotonía y repetición, sólo interrumpidos por las voces sampleadas que el músico disparaba al mismo tiempo que arengaba enérgicamente al público, también en reiteradas ocasiones. Cerró su show tocando una quena entre sonidos experimentales programados, lo que le sirvió para bajar las aguas y crear una suerte de ritual místico para pantallas de celulares. Luego la canadiense Phoebé Guillemot, también conocida como RAMZi, hizo gala de sonidos extraños y una música difícil de calificar que navegó entre el deep house, los ritmos africanos y el dub, entre otros estilos disímiles. Fue una presentación algo accidentada, y es que las creaciones improvisadas de RAMZi parecen estar todo el tiempo a punto de resquebrajarse y caer (cosa que sucedió literalmente con el mouse de su computadora y la zapatilla eléctrica que mantenía todos los cables conectados a su consola). Por momentos parecía perder el control de las secuencias que programaba (las caras de asombro de la canadiense mientras manipulaba las perillas eran elocuentes) pero siempre terminaba encontrando el rumbo y generando nuevos patrones rítmicos. Las visuales de Federico Lamas también jugaron con la idea de la pérdida de control a través de pinturas clásicas intervenidas para que cobren movimientos espásticos (los personajes de La lección de anatomía del Dr. Nicolaes Tulp, de Rembrandt, sacando la lengua y temblando fueron memorables). Un show extraño y cautivante.

La productora y DJ con base en Montreal, Gene Tellem, dio un show compacto de media hora que dejó a varios con ganas de más. Deep house introspectivo, frío pero no distante que hizo bailar a todos. La simpleza de su música también se trasladó a la puesta en escena: fue el concierto más oscuro de todos, con un uso mínimo de luces e imágenes abstractas reproducidas en la pantalla más chica del escenario a cargo del artista argentino Mati Bianchi. Si los ritmos repetitivos en la música de otros artistas pueden generar aburrimiento y tedio, la canadiense lo transforma en éxtasis y climax, pero de manera paulatina, sin apuros. Sin dudas uno de los puntos más altos del programa Play. Para el cierre de la noche la elegida fue Cora Novoa, productora, DJ y fundadora del sello discográfico Seeking the Velvet. Lo que parecía ser un show íntimo para el disfrute de pocos, se convirtió en un concierto que tranquilamente puede estar en un festival de estadios. Techno, house y melodías de sintetizadores noventosas subieron la energía como en ningún otro show. La española se mostró muy contenta interactuando con el público, al que no paró de arengar en todo momento. Una hora y media de música que no tuvo respiro ni espacio para el relax. Si algunos estaban con sueño, Cora los despertó con una patada de beats a volumen insano. Se despidió formando un corazón con sus manos en el pecho y agradeciendo a todos. Cuando estaba por bajarse del escenario se cayó del mismo y desapareció de la vista de los presentes que se asustaron. De inmediato la asistieron y comprobaron, por suerte, que estaba a salvo y sin lesiones. Un pequeño susto que no opacó una nueva jornada exitosa del MUTEK, un festival que vino para quedarse y seguir creciendo año tras año.

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Cultura

Cómo Ennio Morriconne compuso la canción del Mundial 78

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La historia detrás de la canción creada por el músico fallecido hoy a sus 91 años.

Aunque muchos dijeran que las primeras estrofas de la canción oficial de la Copa Mundial de la FIFA de 1978 empiezan con la frase estridente “25 millones de argentinos, jugaremos el Mundial, la copa deportiva sin igual“, la realidad es otra.

Estamos en presencia de un auténtico efecto Mandela: si bien el simple que mayor difusión tuvo en los meses cercanos al Mundial 78 es la del verso citado antes (interpretada por la Banda Sinfónica de la Ciudad de Buenos Aires), la versión oficial es la que compuso Ennio Morricone.

En los meses previos al mundial, la organización le encargó al director de orquesta italiano que preparara la canción de lo que sería el Mundial celebrado en Argentina. Se trata de un hecho novedoso por dos motivos: el primero es que siempre la música de cada Copa de la FIFA solían componerla artistas locales. Lo otro es que éstos artistas generalmente eran músicos de poco renombre. También podemos agregar que la elección de un italiano nada tiene que ver con el carácter nacionalista de la organización de un Mundial en manos de la Junta Militar.

Morricone había sido el cerebro detrás de bandas sonoras como La trilogía del dólar de Sergio Leone y Saló (Pier Paolo Pasolini, 1975). Dos obras fundamentales del cine italiano que lo ubicaron como el compositor más versátil del séptimo arte. Si bien todavía no había sido reconocido unánimemente por la industria en materia de premios (cuestión que se demoró hasta sus últimos días), el pedido de la FIFA significaba un escalón más.

Aún así, con los años circuló que Morricone no tomó a la composición como un gran desafío y en realidad la hizo sin demasiada dedicación.

En un acto que se puede comparar con las especulaciones políticas sobre la ausencia del holandés Johan Cruyff en ese mismo mundial, se llegó a decir que el músico italiano lo hizo como acto de repudio al gobierno militar local. Son versiones que circularon años más tarde y que nunca se pudieron comprobar de manera fehaciente.

Lo que sí es cierto es que pocas veces Ennio Morricone se volvió a referir a la canción. Incluso hasta se mostró molesto porque la TV italiana transmitió una versión interpretada por una banda militar, muy distinta a la versión original cargada de color.

Con el correr de los años y la revisión de un momento histórico en la cultura popular argentina como fue el Mundial, hoy se recuerda a la versión oficial de Morricone de igual manera que a la Marcha compuesta por la Banda Sinfónica porteña y los músicos del Colón.

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Especiales

La improbable historia de amor entre Joe Strummer y García Lorca

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Se conoce mucho de la vida de John Graham Mellor: nació en Ankara, Turquía en el año ’52; su madre era escocesa y su padre un diplomático indio durante la época de la colonia. Viajaban constantemente por los compromisos laborales a los que estaba atado su padre Ronald y han llegado a vivir en México DF, El Cairo y la ciudad alemana Bonn. Antes de cumplir nueve años, él y su hermano entraron a un internado y veían a sus padres una vez al año.

Su adolescencia no es menos inquieta: nunca consiguió asentarse en ninguna ciudad donde estudiar Arte y Arquitectura. Pasó por varias universidades del Reino Unido para terminar siempre en aquella Londres progresiva y glam. Con jóvenes 25 años, se cambió el nombre a Woody (era un admirador de su ahora tocayo Woody Guthrie) y comenzó a escribir canciones originales para su banda, los 101ers.

Vivió con amigos y con su novia española Paloma, mejor conocida como Palmolive, mejor conocida por ser la batería de The Slits. Ella era oriunda de Melilla y habitó Granada, ciudad de histórica resistencia a la dictadura de Francisco Franco.
Pocos años después el amor se acabó pero él quedó fascinado con la historia de la ciudad natal de su ex-pareja: la Alhambra, la resistencia y Federico García Lorca. El amor después del amor.

Al poco tiempo Woody Mellor se cambió el nombre a Joe Strummer y se unió a la banda The Clash tras una breve charla con Mick Jones y Paul Simonon. Se convirtieron en uno de los fundadores del punk y crearon un sonido inédito dentro del género más popular de los años setenta. El resto es historia, o al menos lo es hasta el año ’86.

Siempre supimos, y si no lo hacíamos lo debíamos suponer, que los pasajes en español de Spanish Bombs ó Should I Stay or Should I Go tenían una gran historia de reivindicación detrás. Todo lo que pasaba por la voz de Strummer traía consigo una inexorable carga política.

En 1986, Joe Strummer visitó Granada para escapar de los conflictos que llevaron a The Clash a separarse meses antes. Buscaba nuevos horizontes luego de ver la obra de teatro Yerma de García Lorca en Londres. Contactó a su ex-cuñado Fernando, hermano de Palmolive, y creó un vínculo de amistad muy cercano con gente local. Nadie pone en duda el valor de esa amistad ya que algunos ni siquiera imaginaban que Strummer era un mito viviente en Inglaterra.

La curiosidad que tenía por la comunidad llevó a preguntarle al bartender del bar del que era habitué de quién era la canción que sonaba al momento. Ante su respuesta se propuso conocer a los jóvenes 091, con quienes forjó una especial amistad. También cumplió el rol de productor, amigo y padrino artístico.

Fue con Jesús Arias, guitarrista de la banda, que se propusieron desenterrar al cuerpo de Federico García Lorca. Strummer y Arias visitaron el lugar donde yacía el poeta hace 50 años para luego volver con picos y palas.

El plan se convirtió en quimera: en el paraje Peñón Colorado, donde se creía que yacía el poeta no era más que una fosa común Ante la imposibilidad de rendir el homenaje, Joe y Jesús, hermanados en desilusión prendieron un porro y prometieron volver en un futuro al lugar para componer una canción llamada ‘Lorca’.

Es al día de hoy que se desconoce el lugar exacto donde descansan los restos del dramaturgo español.

La historia hoy puede parecer kitsch, o “cutre” para usar el propio lenguaje granadino, pero pocos hubiesen llevado su compromiso tan lejos en el mapa. Strummer generó un fuerte vínculo en la comunidad: muchos destacan su espíritu curioso y activo, su facilidad para relacionarse con los trabajadores, su generosidad y su desinterés. Solía recorrer la ciudad y escuchar a las familias charlar, aún cuando su comprensión del español no era buena.

Strummer era un fanático de los autos. Era común verlo en su Dodge, recorriendo la ciudad. Su ausencia de licencia de conducir la compensaba con un casette del cantante de boleros Manolo Escobar. Según él, el hecho de estar oyendo al español podía suavizar considerablemente un altercado con la Guardia Urbana.

El documental “I need a Dodge! Joe Strummer on the run” (2015) cuenta la misteriosa desaparición de su auto en Madrid. En la prisa camino al aeropuerto para agarrar el avión que lo llevaría a Londres para asistir al nacimiento de su hija, Strummer olvidó dónde dejó su coche. De regreso en el páis ibérico, hizo un llamado en un pobre castellano pidiendo ayuda para encontrarlo pero la búsqueda fracasó. 

Jesús Arias, quien falleció en 2015, contó en su momento varias historias que hoy ilustran el paso de Strummer por la ciudad granadina. Entre las más memorables, está el encuentro de la leyenda punk y Fabrizzi, un músico callejero fan de The Clash. Fabrizzi llegó a conocer a su ídolo cuando éste volvió a España a festejar su cumpleaños número 40. Como era corriente, al principio desconfió pero todo cambió cuando lo escuchó cantar Jimmy Jazz y London Calling. 

El mito de Strummer no reconoce fronteras. Su amabilidad y compostura, aún cuando estaba pasado de whisky, eran innegociables. Si bien no volvió a España, en Granada pueden asegurar haber visto una faceta que en el caos de Inglaterra no se hubiesen podido permitir.

Su sueño de abrir una ferretería en Granada quedó postergado; porque para el año ’99 reunió a propios y ajenos de The 101’ers y formó Joe Strummer and The Mescaleros (nombre español incluído en alusión a la droga mescalina). Fusionaron el reggae, el ska, el funk y el hip-hop sin dejar el sonido punk que siempre lo acompañó. Cerraban casi todos sus shows con una version ska de Blitzkrieg Bop en homenaje al recientemente fallecido Joey Ramone.

Murió en diciembre de 2002 en plena actividad artística; incluso meses atrás había podido reencontrarse en un escenario con su viejo compañero de banda Mick Jones. En sus últimos años grabó junto a Bono y Johnny Cash, con quienes organizó cantidad de eventos benéficos.

En 2013 se inauguró en Granada la Plaza Joe Strummer inmersa en el barrio judío de la ciudad. Surgió como pedido en las redes sociales y el ayuntamiento lo hizo realidad. Es al día de hoy que varios turistas bajan un kilómetro caminando por la calle Cuesta del Cadeiro desde la Alhambra hacia la pequeña plazoleta.

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Un talento de Bowie tan desconocido como imponente

Los mensajes a través del arte plástico.

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Hoy David Bowie cumplirían 73 años. En 2016 falleció días después de haber lanzado su vigésimo quinto y último álbum de estudio, “Blackstar”, como consecuencia de un cáncer de hígado, enfermedad que padecía hace más de un año pero mantuvo en privado.

El lenguaje artístico de Bowie siempre fue inmenso y llevaba consigo un halo de misterio. Aquello daba lugar a múltiples interpretaciones y especulaciones acerca de los mensajes en sus letras,  fotos, videoclips, puesta en escena y estética.

Lo mismo ocurre con sus obras de arte plástico, una misteriosa y poca conocida faceta del compositor que era también un magnífico pintor, fuertemente influenciado por autores como David Bomberg, Francis Bacon y Francis Picabia.

A continuación les dejamos las piezas de la interesante e imponente obra pictórica que nos dejó la leyenda británica.

Autorretrato, 1996

Berlin Landscape With JO, 1978 (Retrato de Iggy Pop)

Child in Berlin, 1977

Hearts Filthy Lesson, 1995

DHeads II

Ancestor II, 1998

DHead Series, 1995-96

Evol for de Missing, 1996

Self-portrait, 1978. Inspirado en la tapa del álbum Heroes (Victoria and Albert Museum)

Squeeze 2000, 1996

Turkish Father And Son, 1978

I Am A World Champion, 1977

The Rape Of Bigarschol, 1996

Portrait Of JO, 1976

Present Future Accepted, 1995

 

 

 

 

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