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Las principales corrientes de la música popular que sustentaron a la cultura rock II: La música surf

De las playas de California para el mundo.

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Vinculada a la cultura surf del sur de California, la surf music gozó de gran popularidad entre 1961 y 1966. Rápidamente, a través de la diseminación de su característico sonido, se convirtió en una influencia central para la cultura rock que se gestó en aquellos años. A continuación, la segunda parte de nuestro repaso.

El sonido surf comenzó a delinearse en las fiestas de playa que se celebraban a lo largo de la costa del pacífico estadounidense a comienzos de los años ‘60. Los críticos suelen distinguir dos vertientes: una instrumental, cuyas bandas estaban compuestas fundamentalmente por guitarra eléctrica y saxofón -entre los más destacados se encuentran Dick Dale & his Del-Tones– y otra vocal -también conocida como surf pop- que incluye baladas y música dance, a menudo con armonías poderosas que son asociadas con los Beach Boys. De cualquier modo, muchas de estas bandas han recorrido ambos “estilos”, motivo por el cual la surf music es considerada como un “género” con diversas variedades estilísticas que dependen de la propia idiosincrasia y geografía del lugar de origen.

En sus letras, generalmente se hacía referencia al argot y las actividades de los surfers. El sonido, por su parte, estuvo dominado por guitarras eléctricas que se caracterizaban por el uso extensivo del wet spring reverb que se incorporó en los amplificadores Fender en 1961, a través del cual se buscaba emular el sonido de las olas. En ese sentido, no es menor la cuestión instrumental, que dotó de un sonido único y particular a la surf music: las bandas fueron pioneras en la adopción del precission bass de Fender; las guitarras, a su vez, patrocinaron el uso de la palanca de vibrato para modular el tono de las notas a la baja, al tiempo que hacía gala de los efectos electrónicos del trémolo y de la técnica de picking. Algunos artistas hasta incorporaron saxo barítono o piano eléctrico.

En 1962, se desató la locura con éxitos como “Misirlou” y “Let’s go trippin’” de Dick Dale & his Del-Tones, quienes desarrollaron una tendencia caracterizada por la adopción de un reverb de influencia mexicana que le proporcionaba a la guitarra un sonido húmedo. Junto con la técnica del picking a gran velocidad, la impronta característica y alternativa al género quedaba establecida y comenzó a ser revisitada por muchos artistas. En ese sentido, a mediados de ese mismo año, los Beach Boys alcanzaron su primera lista de éxitos con su disco debut, Surfin Safari. Sin embargo, fue al año siguiente, en medio de la fiebre por la surf music que los Beach Boys consagraron su clásico “Surfin’ USA”.

A pesar de la parsimonia de la industria discográfica que comenzaba a gestarse en la Costa Este, muchos sellos como Capitol, Liberty e Imperial finalmente respondieron al creciente éxito de la surf music. A partir de allí, comenzaron a conformarse una gran cantidad de bandas en el sur de California que le dieron forma a la escena. De tal manera, el Randezous Ballroom apuntaló la escena a través de la organización de una gran cantidad de recitales, siendo anfitrión de bandas como The Bell-Airs, The Challengers, Eddie and the Showmen, entre otros. La creciente popularidad de la surf music condujo a otros conjuntos provenientes de zonas geográficas diferentes a probar suerte: tales fueron, por ejemplo, The Astronauts (de Boulder, Colorado), o The Trashmen (Minneápolis, Minnesota), quienes se hicieron famosos por su clásico “Surfin’ Bird” que, décadas más tardes, fue reversionada por los Ramones.

A medida que alcanzaba altos niveles de popularidad entre los jóvenes estadounidenses, y varios artistas buscaban darles una bocanada de aire fresco a sus carreras orientándose hacia ella, la surf music fue prefigurando una escena que sirvió como plataforma para que muchos de ellos se propulsaran al plano nacional.

A mediados de los ‘60, sin embargo, con el folk revival de un lado y el resurgimiento del beat que desembarcó en EE.UU. con la Invasión Británica, la gran mayoría de los artistas comenzaron a adoptar formas de pop más convencionales, y la breve y fructífera escena surf se fue desvaneciendo. No obstante, muchos elementos característicos, fundamentalmente aquellos que tienen que ver con los instrumentos y el uso de ciertos efectos y técnicas, nutrieron fuertemente la incipiente cultura rock, manteniendo con vida esos rasgos hasta hoy.

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Especiales

5 recomendaciones para el Día Internacional del Libro

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Hace años que mundialmente se festeja el Día Internacional del Libro. Desde Ultrabrit nos pareció la mejor excusa para recomendar algunas de las lecturas imperdibles y atrapantes de los últimos años.

The Hacienda: How Not to Run a Club

Peter Hook es mucho más que una parte del corazón de Joy Division y el cerebro detrás de New Order. Es una pieza fundamental de la historia del rock en Manchester y partícipe de incontables anécdotas.

Para suerte de nosotros los melómanos, en este caso lectores, Hook es una persona que suele compartir las historias más apasionantes de su carrera. Una de ellas es la creación de The Haçienda, el mítico bar mancuniano que se inspiró en los nightclubs neoyorquinos donde performaban Devo, Talking Heads o The B-52’s.

Rob Gretton, manager de New Order fue uno de los ideólogos detras de The Haçienda y es por eso que Hook estuvo presente desde el minuto cero. El libro, con tintes autobiográficos, recorre la historia de la escena de Manchester en los ochenta, la administración del sello Factory Records o el auge y caída de The Hacienda a través de personajes como Tony Wilson, Shaun Ryder de los Happy Mondays o el periodista Paul Mason.

Manchester significó una vía de acceso fundamental para el ingreso de la música house en Europa y gran parte de ese mérito se lo puede atribuir a los creadores de The Haçienda, cuya historia esta contada como pocos podrían en este libro fenomenal.

 

Meet Me in the Bathroom

Cuando recorremos la historia escrita de la música popular nos encontraremos que muchos se referirán a diferentes bandas como “los salvadores del rock and roll”. Este término, tan ambiguo como incompleto, puede traer algunas confusiones a la hora de hablar de corrientes musicales.

La escena neoyorkquina de comienzos de siglo XXI también fue cargada con este mote durante un tiempo. La ciudad que alojó a bandas como The Velvet Underground, Ramones, New York Dolls, Sonic Youth o Television se vería paralizada luego del ataque de las torres gemelas.

La ciudad post 11S abrió sus calles para unos jóvenes Strokes que vinieron a romper con la locura y la paranoia urbana. Con ellos, un número de bandas indie comenzaron a poblar la industria y los bares que nunca duermen. LCD Soundystem, Interpol, The Yeah Yeah Yeahs y Vampire Weekend son algunas de las bandas que florecieron durante este periodo.

Lizzy Goodman narra estos años entrevistando a los personajes más influyentes del nuevo milenio. Es una publicación que documenta años relativamente recientes por lo que sería fácil caer en anacronismos. Sin embargo Goodman encuentra la dosis justa entre pasión y criterio para entender cómo cambió la industria y la producción gracias a la Gran Manzana.

 

Alta Fidelidad

Un libro fundamental para los fanáticos del autor de About a Boy, Desde las gradas 31 canciones. Se haya visto o no la película homónima dirigida por Stephen Frears (2000), High Fidelity es una lectura obligatoria para todos aquellos que volvemos a los discos cuando recordamos un viejo amor.

La novela cuenta la historia de Rob, un treitañero dueño de una tienda de vinilos. Metódico y obsesivo, cataloga su historia amorosa como si fuera una batea de vinilos.

Rob es tan romántico como nostálgico, un prototipo que no sería raro cruzarse en cualquier recital. Cuando uno se quiere dar cuenta, Alta Fidelidad genera lazos de empatía e identificación por sus entrañables personajes y la música que rodea a cada uno de ellos.

Una lectura muy ágil y cómica, algo caracterísitico en las mejores obras del británico Nick Hornby.

 

Beastie Boys Book

¿Son siempre los libros mejor que las películas?

Habrá que averiguarlo mañana, cuando Spike Jonze estrene Beastie Boys Story, el documental narrado por Ad-Rock y Mike D.

El libro, con contribuciones de Jonze, además de Wes Anderson, Snoop Dogg, Elvis Costello y decenas más, cuenta la historia del trío de raperos más famosos de los años ochenta y noventa, años desenfrenados para el hip-hop americano.

Tanto el libro como el próximo documental (podés ver el tráler haciendo click acá) tendrán como eje las anécdotas de la banda junto a Adam Yauch (MCA), fallecido en 2011 por un cáncer.

El material ilustrativo de Beastie Boys Book va desde documentos y archivos hasta unas espectaculares fotos recopilando el homenaje que los Beastie se merecían.

 

El año de Artaud: Rock y política en 1973

En la arena nacional, uno de los libros de gran tirada más interesantes del año pasado fue El año de Artaud. 

Sergio Pujol es uno de los más importantes investigadores en materia de historia musical del país y su último proyecto lo encontró trabajando sobre Luis Alberto Spinetta, haciendo un recorte temporal de 365 días: el agitado año de 1973.

Cuando hablamos de la década del setenta en Argentina necesariamente hablamos de años de inagotable violencia. La política se alternaba entre proscripciones, elecciones democráticas y golpes de estado. La situación social no era menos virulenta y en la faceta artística emergían corrientes musicales vanguardistas, entre ellas Pescado Rabioso.

Cada capítulo del libro es un mes en el año, lo que sirve para contrastar la situación del país con la cocina de la obra cumbre del rock argentino.

El rigor histórico de Pujol no hace menos llevadera y apasionante la historia de lanzamiento de Luis Alberto Spinetta.

 

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Especiales

La improbable historia de amor entre Joe Strummer y García Lorca

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Se conoce mucho de la vida de John Graham Mellor: nació en Ankara, Turquía en el año ’52; su madre era escocesa y su padre un diplomático indio durante la época de la colonia. Viajaban constantemente por los compromisos laborales a los que estaba atado su padre Ronald y han llegado a vivir en México DF, El Cairo y la ciudad alemana Bonn. Antes de cumplir nueve años, él y su hermano entraron a un internado y veían a sus padres una vez al año.

Su adolescencia no es menos inquieta: nunca consiguió asentarse en ninguna ciudad donde estudiar Arte y Arquitectura. Pasó por varias universidades del Reino Unido para terminar siempre en aquella Londres progresiva y glam. Con jóvenes 25 años, se cambió el nombre a Woody (era un admirador de su ahora tocayo Woody Guthrie) y comenzó a escribir canciones originales para su banda, los 101ers.

Vivió con amigos y con su novia española Paloma, mejor conocida como Palmolive, mejor conocida por ser la batería de The Slits. Ella era oriunda de Melilla y habitó Granada, ciudad de histórica resistencia a la dictadura de Francisco Franco.
Pocos años después el amor se acabó pero él quedó fascinado con la historia de la ciudad natal de su ex-pareja: la Alhambra, la resistencia y Federico García Lorca. El amor después del amor.

Al poco tiempo Woody Mellor se cambió el nombre a Joe Strummer y se unió a la banda The Clash tras una breve charla con Mick Jones y Paul Simonon. Se convirtieron en uno de los fundadores del punk y crearon un sonido inédito dentro del género más popular de los años setenta. El resto es historia, o al menos lo es hasta el año ’86.

Siempre supimos, y si no lo hacíamos lo debíamos suponer, que los pasajes en español de Spanish Bombs ó Should I Stay or Should I Go tenían una gran historia de reivindicación detrás. Todo lo que pasaba por la voz de Strummer traía consigo una inexorable carga política.

En 1986, Joe Strummer visitó Granada para escapar de los conflictos que llevaron a The Clash a separarse meses antes. Buscaba nuevos horizontes luego de ver la obra de teatro Yerma de García Lorca en Londres. Contactó a su ex-cuñado Fernando, hermano de Palmolive, y creó un vínculo de amistad muy cercano con gente local. Nadie pone en duda el valor de esa amistad ya que algunos ni siquiera imaginaban que Strummer era un mito viviente en Inglaterra.

La curiosidad que tenía por la comunidad llevó a preguntarle al bartender del bar del que era habitué de quién era la canción que sonaba al momento. Ante su respuesta se propuso conocer a los jóvenes 091, con quienes forjó una especial amistad. También cumplió el rol de productor, amigo y padrino artístico.

Fue con Jesús Arias, guitarrista de la banda, que se propusieron desenterrar al cuerpo de Federico García Lorca. Strummer y Arias visitaron el lugar donde yacía el poeta hace 50 años para luego volver con picos y palas.

El plan se convirtió en quimera: en el paraje Peñón Colorado, donde se creía que yacía el poeta no era más que una fosa común Ante la imposibilidad de rendir el homenaje, Joe y Jesús, hermanados en desilusión prendieron un porro y prometieron volver en un futuro al lugar para componer una canción llamada ‘Lorca’.

Es al día de hoy que se desconoce el lugar exacto donde descansan los restos del dramaturgo español.

La historia hoy puede parecer kitsch, o “cutre” para usar el propio lenguaje granadino, pero pocos hubiesen llevado su compromiso tan lejos en el mapa. Strummer generó un fuerte vínculo en la comunidad: muchos destacan su espíritu curioso y activo, su facilidad para relacionarse con los trabajadores, su generosidad y su desinterés. Solía recorrer la ciudad y escuchar a las familias charlar, aún cuando su comprensión del español no era buena.

Strummer era un fanático de los autos. Era común verlo en su Dodge, recorriendo la ciudad. Su ausencia de licencia de conducir la compensaba con un casette del cantante de boleros Manolo Escobar. Según él, el hecho de estar oyendo al español podía suavizar considerablemente un altercado con la Guardia Urbana.

El documental “I need a Dodge! Joe Strummer on the run” (2015) cuenta la misteriosa desaparición de su auto en Madrid. En la prisa camino al aeropuerto para agarrar el avión que lo llevaría a Londres para asistir al nacimiento de su hija, Strummer olvidó dónde dejó su coche. De regreso en el páis ibérico, hizo un llamado en un pobre castellano pidiendo ayuda para encontrarlo pero la búsqueda fracasó. 

Jesús Arias, quien falleció en 2015, contó en su momento varias historias que hoy ilustran el paso de Strummer por la ciudad granadina. Entre las más memorables, está el encuentro de la leyenda punk y Fabrizzi, un músico callejero fan de The Clash. Fabrizzi llegó a conocer a su ídolo cuando éste volvió a España a festejar su cumpleaños número 40. Como era corriente, al principio desconfió pero todo cambió cuando lo escuchó cantar Jimmy Jazz y London Calling. 

El mito de Strummer no reconoce fronteras. Su amabilidad y compostura, aún cuando estaba pasado de whisky, eran innegociables. Si bien no volvió a España, en Granada pueden asegurar haber visto una faceta que en el caos de Inglaterra no se hubiesen podido permitir.

Su sueño de abrir una ferretería en Granada quedó postergado; porque para el año ’99 reunió a propios y ajenos de The 101’ers y formó Joe Strummer and The Mescaleros (nombre español incluído en alusión a la droga mescalina). Fusionaron el reggae, el ska, el funk y el hip-hop sin dejar el sonido punk que siempre lo acompañó. Cerraban casi todos sus shows con una version ska de Blitzkrieg Bop en homenaje al recientemente fallecido Joey Ramone.

Murió en diciembre de 2002 en plena actividad artística; incluso meses atrás había podido reencontrarse en un escenario con su viejo compañero de banda Mick Jones. En sus últimos años grabó junto a Bono y Johnny Cash, con quienes organizó cantidad de eventos benéficos.

En 2013 se inauguró en Granada la Plaza Joe Strummer inmersa en el barrio judío de la ciudad. Surgió como pedido en las redes sociales y el ayuntamiento lo hizo realidad. Es al día de hoy que varios turistas bajan un kilómetro caminando por la calle Cuesta del Cadeiro desde la Alhambra hacia la pequeña plazoleta.

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Especiales

Ocho artistas mujeres de las que deberías estar al tanto

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1. Weyes Blood

Para algunos desprevenidos tal vez fue una sorpresa cuando cantidad de sitios especializados nombraron a Titanic Rising (2019) como uno de los mejores discos del año. Pues Natalie Mering, mejor conocida como Weyes Blood, viene pisando fuerte hace rato, a pesar de sus jóvenes 31 años.
En 2016 lanzó Front Row Seat to Earth, donde mostró una performance vocal y compositiva muy reveladora. El álbum la posicionó como una de las artistas más prometedoras de su generación.

Todas aquellas promesas se materializaron en Titanic Rising, un proyecto ambicioso y sólido. La artista sedimentó temas como la adolescencia, el amor, el cambio y la muerte en una manera original y novedosa, evocando algunas influencias setentosas como la gran Joni Mitchell.

2. Britanny Howard

Para hablar de Brittany Howard necesariamente tenemos que mencionar a Alabama Shakes, la banda que la metió en el mainstream internacional. Con dos discos editados en 2012 y 2015, Howard y compañía lograron un sonido de blues más que fresco. “Don’t wanna fight” su corte del disco Sound & Color (2015) recorrió el mundo y acá en Argentina la pudimos ver en la tercera edición del Lollapalooza (ya había venido al Pepsi Music 2013).

La mención a su banda anterior no es por mera introducción a su obra sino una herramienta para comprender el volantazo que dio el año pasado. Howard decidió armar su proyecto solista y lanzó Jaime (2019) una obra que combina sonidos de sus raíces: Nina Simone, Prince y Janelle Monae son algunas referencias casi obvias. Con un sonido de guitarras protagonista, logra explorar el soul, R&B y el pop sin sobrevolarlos, sino más bien sumergiéndose con ímpetu en cada uno de ellos.

3. U.S. Girls

A pesar de su nombre plural, U.S. Girls es el proyecto solista de Meghan Remy, que en 13 años de carrera ha sacado siete discos de larga duración.  Radicada en Canadá, la estadounidense logró transicionar con notable agudeza de un sonido noise oscuro a otro más popero y limpio. Lo curioso es lo constante que fue Remy para mantener el contenido radicalmente político de sus letras aún en obras que, a priori, son totalmente disímiles.

En 2018 cuando creó un nuevo mundo con In a Poem Unlimited, donde lo primero que sorprendió fue su capacidad de contar historias crudas sobre un sonido artpop. En una entrevista confesó cómo fue que escuchando a Dua Lipa, se decidió por imitar su sonido de alta fidelidad manteniendo su narrativa feminista y antisistema.

4-Marika Hackman

Otra revelación del 2019: si bien sabíamos que la inglesa de 28 años se proyectaba como una artista folk bien encaminada, fue el año pasado (o al menos ahí fue cuando nos dimos cuenta) que decidió encarar un proyecto más ambicioso y menos naive.

En Any Human Friend (2019) abordó cuestiones millennials y las puso sobre un tracklist melancólico y erótico. Es un disco que está inevitablemente atravesado por la cuestión de género y las incipientes expresiones por las libertades sexuales

5- Zoe Gotusso

Zoe Gotusso es formalmente la mitad del dúo recientemente separado Salvapantallas. Si bien la matemática no miente, la afirmación se queda corta para describir a la estrella pop cordobesa. Porque, entre otros, fue ella quien empezó a mostrarle al país que con unos millones de reproducciones bajo el brazo se puede hacer un disco, tocar en un festival y llenar una sala.

Su voz viajó por todos los algoritmos de YouTube y, alejada ya de los covers, lanzó SMS (2018), su primer  y único LP con Salvapantallas. Se convirtió en un disco clave para entender a la nueva generación: liberado de géneros, de amores e hiperconectividad. El 2019 la encontró lanzando tres singles, que grabó a modo de capricho: Monoambiente en Capital, Una Bossa + Calefón. De cualquier modo, no busca ser sólo una virtuosa voz en internet, sino una artista consagrada.

6- Amor Elefante

Amor Elefante es el proyecto liderado por Rocío Fernández, Rocío Bernardiner e Inés Copertino. Oriundas de la zona sur de la provincia de Buenos Aires, forman parte de una banda que siempre vuelve al espacio que las vio crecer.

Con cada lanzamiento, la propuesta de su obra despega de los lugares comunes y proponen nuevos desafíos en cada lanzamiento.
El más reciente es el excelente Billetes Falsos, su cuarto álbum (todos grabados de manera independiente) cuyo sonido evoca por momentos a Rosario BléfariSuárez. 

7- Marilina Bertoldi

Si alguien es responsable de cuestionar el rock chabón en la Argentina de los últimos años, esa fue Marilina Bertoldi. Con cuatro discos en su haber, una nominación a Grammy Latino por “Mejor álbum de rock” (Sexo con Modelos) y un Gardel a “Mejor artista femenina de Rock”, Bertoldi cuestionó con mayor o menor eco las desigualdades en la escena musical nacional.

Su lucha y su talento la puso una vez más en el estudio para grabar Prender un fuego (2018), que la ubicó en el mainstream nacional para modificarlo para siempre. Obtuvo los premios “Álbum del año” y un Gardel de Oro, cuya última ganadora mujer había sido Mercedes Sosa 17 años atrás.

8- Mora Riel

No es sólo el apellido lo que le aporta Mora Riel a Riel, el dúo de shoegaze plantense que lanzó su primer EP en 2012. Su última publicación Espacio Interior (2019) juega con pasajes astrológicos y románticos. Aunque también jerarquiza de manera literal, la coyuntura de género y la anticipa como el futuro.

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