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HELP US STRANGER: la vuelta de los Raconteurs

The Raconteurs regresa tras una década con un disco que balancea nostalgia y reinvención.

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La diversidad de proyectos en los que se ha involucrado Jack White ha creado un clivaje inevitable entre sus fans: en su trayectoria post-White Stripes, están quienes prefieren el sonido más “clásico” de The Raconteurs y quienes apoyan las desviaciones de The Dead Weather, sus colaboraciones (¡con Beck y Beyoncé!) y los discos solistas. “Help Us Stranger”, la excusa para reunir a la superbanda formada por White, Brendan Benson, Jack Lawrence y Patrick Keeler, es un disco que seguramente va a contentar a los miembros del primer grupo, pero no tiene por qué disgustar a los que prefieren el lado más disruptivo de Jack.

Sin demasiadas explicaciones, luego de que Jack nombrase que había compuesto una canción para el grupo durante una entrevista el año pasado, los Raconteurs anunciaron su regreso a fines del 2019 con una edición Deluxe de su segundo disco (“Consolers of the Lonely”, 2008) y dos singles. Medio año después, y con varios singles mas de por medio, presentan su tercer LP, promocionado con precisión por los miembros de la banda como un “disco de rock n roll”, lo cual es innegable y va de la mano con la faceta de Jack White que mas han presentado los medios estas últimas semanas: la del hombre que no tiene un celular y sueña con un mundo de vinilos y grabaciones analógicas.

Y hay que decir la verdad, como todos los buenos discos de antaño el todo de “Help Us Stranger” es muy superior a las partes. Los temas que habían sido adelantados antes de la salida del álbum apenas mostraban la faceta más extraña del grupo, que se había expuesto en su segundo trabajo, y retomaban las dimensiones rock pop del primer disco (“Broken Boy Soldiers”, 2006), especialmente con la canción casi homónima “Help Me Stranger”, que por momento casi suena deudora de Stereophonics. “Sunday Driver” mostraba retazos de “Steady As She Goes”, “Bored and Razed” reciclaba la estructura de “Consolers of the Lonely” pero con un formato menos temerario y “Now That You’re Gone” (para mi la mejor de los temas adelantados) tenía un aire a “Many Shades of Black”.

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Pero, una vez que empieza el nuevo disco de los Saboteurs (por motivos legales, este es el nombre que portan en Australia) la sensación es completamente distinta. Por empezar, incluso los temas adelantados suenan mejor: “Sunday Driver” y “Now That You’re Gone” cuentan con mezclas sutilmente más interesantes (la segunda se deshace del fade out). Con “Don’t Bother Me”, el primer “tema nuevo” del disco, recuerdan al Jack White extravagante de “Boarding House Reach” o “Blues On Two Trees”, aunque con una impronta Brendan Benson más que reconocible y preparan la atmosfera general del trabajo: la de un balance entre las inquietudes cada vez más caóticas de White y la composición más serena de Benson.

El quinto de los Raconteurs, Dean Fertita (Queens of the Stone Age), a quien con un poco de suerte tendremos en el recital del 12 de noviembre en el Gran Rex, hace sentir sus teclados especialmente en la balada semiacústica “Only Child”, que compite con la balada bluesera “Sometimes (I Don’t Feel Like Trying)” por ser el momento más Led Zeppelin del disco. Por su parte, “Shine A Light On Me” trae un piano que parece extraído de “Get Behind Me Satan” pero por un momento permite, con los arreglos corales, imaginar cómo sería Jack White haciendo arena rock.

El disco incluye un inesperado cover de Donovan (“Hey Gip (Dig The Slowness)”) que reimagina completamente la canción y la dota con la excelente batería de Patrick Keeler al mismo tiempo que añade cierta melancolía sesentosa con tintes de british invasion, una faceta de Raconteurs que parece siempre crepitar detrás de cada tema. Estas influencias inglesas parecen aun más confirmadas con el intervalo pseudo-Beatle de la siguiente canción del disco (“Sunday Driver”). Por si no quedaban dudas, todo este nuevo trabajo confirma que The Raconteurs es el proyecto del muy americano Jack White que más mira hacia el otro lado del Atlántico.

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Live A Lie” y “What’s Yours Is Mine” componen el momento más garage rock del disco, siendo casi una versión complejizada y mucho más prolija de los temas que hacía Jack White cuando apenas era John Willis de la banda Two-Star Tabernacle (de paso, si les interesa el Jack White primitivo, es más que recomendable la banda Goober & The Peas, telonera de Nick Cave y Bob Dylan entre otros, de la que White participó brevemente como baterista cuando era muy joven). Por su parte, el final con “Thoughts and Prayers” retoma las inquietudes musicales de “Carolina Drama” (el final del segundo disco), abandonando al country formal para ingresar en el bluegrass (aunque con teclados) y creando una composición por capas que lamentablemente parece destinada a no ser ejecutada en vivo, salvo por alguna presentación especial en Norteamérica.

Como punto final, es importante destacar algo que creo no se señala lo suficiente: uno de los elementos fuertes de Raconteurs como oferta en el campo “rock con guitarras en el siglo XXI” (un submundo cada vez menos apreciado por la crítica y el público) se encuentra en su uso de dos voces masculinas diferenciadas, actividad a la que los rockeros de las últimas décadas han sido poco adeptos. En el caso de este disco, se incorpora una tercera voz, al dársele lugar también a Jack Lawrence, que canta al principio de “Help Me Stranger” y, si no me equivoco, protagoniza la coda de “Somedays”.

Al igual que el último disco de The Dead Weather, “Help Us Stranger” suena por momentos como un conjunto de temas grabados en distintos momentos por una banda que no esta muy segura de qué quiere hacer. Es un disco inquieto, aunque mucho menos arriesgado que las últimas excursiones del Jack White solista, y lleno de clichés de música del siglo pasado (aunque lejano del pastiche gratuito de otras bandas con guitarras).

El longplay encuentra a los Raconteurs con ganas de ser más análogos que nunca, moviéndose a través las influencias del blues y el folk que se veían en los primeros trabajos de White, pero al mismo tiempo siendo deudores de los elementos más experimentales que Jack White presentó el año pasado.

Help Us Stranger” es rock n roll para los nostálgicos. Y para los que fingen solo interesarse por el futuro, también.

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Publican hoy un nuevo disco póstumo de David Bowie

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Se trata de Ouvrez Le Chien, la grabación de un show en vivo de Bowie en Dallas.

En junio pasado se anunció que Parlophone Records pondría en el mercado un nuevo lanzamiento de David Bowie: Ouvrez Le Chien (Live Dallas 95).

El nuevo LP registra el show que Bowie dio en octubre de 1995 en el Anfiteatro Starplex Coca-Cola junto a unos jóvenes Nine Inch Nails.

Las primeras cinco canciones de la noche ‘Subterraneans’, ‘Scary Monsters’, ‘Reptile’, ‘Hello Spaceboy’, ‘Hurt’ las dio junto a la banda de Trent Reznor, quienes hasta el día del show solo habían lanzado dos álbumes de estudio.

El repertorio continuó en manos Bowie, quien repasó canciones de Hunky Dory, Low y Heroes entre otros. Incluso interpretó un cover de The Walker Brothers: Nite Flights’.

Inmediatamente después, recordó a Freddie Mercury, cuatro años después de su muerte, con el clásico Under Pressure.

Podés escuchar Ouvrez Le Chien en todas las plataformas de streaming:

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Bob Dylan vuelve a hacer historia con ROUGH AND ROWDY WAYS

A tres años de su disco “Triplicate”, Bob Dylan estrena un álbum doble con sus primeras
composiciones originales desde “Tempest”.

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Hace semanas, Nick Cave dedicó una entrega de su newsletter, The Red Right Hand Files, a discutir la canción “Murder Most Foul”, la primera composición original lanzada por Bob Dylan en ocho años. Entre montones de apreciaciones geniales, Cave pudo habernos dado la clave perfecta para aproximarnos a Rough and Rowdy Ways, el disco de estudio número 39 del compositor casi octogenario, estrenado este 19 de junio. “Tal vez…” dice Nick “existe cierta sabiduría en tratar a todas las canciones, o para el caso, todas las experiencias, con cierto cuidado o reverencia, como si estuviésemos encontrando estas cosas por última vez”.

Dylan, mostrando composiciones por primera vez desde que ganó el Nobel de Literatura en el 2016, parece estar en sintonía con las apreciaciones de su discípulo australiano: todas las canciones del disco están atravesadas por una sensación de inmediatez y honestidad, como si fuese (esperemos que no) la última oportunidad en que pudiese presentarnos un trabajo así. Grabadas con la banda que lo acompaña en su Never Ending Tour hace años, con colaboraciones casi imperceptibles de Fiona Apple (autora de la otra obra maestra que nos ha dado este año, Fetch the Bolt Cutters) y el guitarrista Blake Mills, es un álbum construido en función de la lírica antes que a base de sonidos.

Rough and Rowdy Ways parece empezar en donde Roll on John, el último tema de Tempest (2011), nos había dejado. Por años considerada la posible composición final de Dylan, Roll on John era un largo tributo a John Lennon, y un desgarrador relato sobre el día de su asesinato, en la que el Beatle era presentado casi como una leyenda, un personaje misterioso del folclore anglosajón, un antihéroe caído en una historia trágica. Pero también, John Lennon era retratado por esa lírica sensible (Shine your light / Movin’ on / You burned so bright / Roll on John repetía Dylan) como un pedazo de historia, como un símbolo. Ahora Bob Dylan parece estar presentándose a sí mismo en ese lugar. No es solo la mortalidad (de él y de todos nosotros) lo que lo obsesiona en esta entrega, sino algo más profundo, quizás la misma exegesis que un público desconocido puede llegar a producir de su obra, o la propia interpretación que él encuentra de sí mismo. Como con cualquier otro trabajo de Bob Dylan, todo análisis que apresuremos será una conjetura fácilmente discutible.

En la única entrevista que dio antes del lanzamiento del álbum, Dylan comentó que el final del primer tema del disco, I Contain Multitudes, incluyendo la ominosa frase “I sleep with life and death in the same bed”, fue escrito antes que el resto de la canción. Una vez establecida esa declaración de intenciones, el principio de la canción se produjo naturalmente. En ella Dylan referencia a David Bowie, Edgar Allan Poe, Indiana Jones, Anne Frank, entre otros, nadando en un stream of consciousness, y repitiendo el titulo de la canción, anunciándose como un significante vacío, un envase que contiene al producto pop y a la historia viva, al Nobel de Literatura y al cantante de folk electrizado, al aspirante a poeta beat y al Born Again Christian, al profeta drogadicto y al abuelo hippie. Es, quizás, una versión lírica de la tesis presentada por la película I’m Not There (2007): Bob Dylan se ha convertido en tantas cosas que es imposible contenerlo en el personaje individual “Bob Dylan”. Solo él podría haberlo dicho tan bien: Bob Dylan contiene multitudes.

False Prophet, que completa la tríada de canciones que adelantaron el disco, continúa en la misma línea, estableciendo un clima casi apocalíptico, que no parece ser novedoso en la carrera del autor. Podría ser la hermana de Early Roman Kings de Tempest, pero también podría remontarnos hasta sus canciones de los años sesenta. La música del tema está basada en “If Lovin’ Is Believin”, un single de Billie “The Kid” Emerson grabado en 1954, y es la primera de la serie más rockera del disco: la seguirá el delta blues de “Goodbye Jimmy Reed” y el “blues lento” de “Crossing the Rubicon”, ambas en la segunda mitad del LP. En la primera, Dylan parece estar hablando de sí mismo a través de la figura del guitarrista Jimmy Reed: They threw everything at me, everything in the book / I had nothing to fight with but a butcher’s hook / They had no pity, they never lend a hand / I can’t sing a song that I don’t understand. En la segunda, a primera vista, Bob Dylan anuncia estar cruzando el Rubicón en un tren para poder llegar a Berlín, despegándose de la metáfora de Julio César. Pero las cosas se embarran a medida que la canción avanza, y el río que el poeta cruza parece propio de un escenario más extraterrenal y apocalíptico.  

En My Own Version of You, nos encontramos con un escenario frankensteiniano en el que el protagonista colecciona pedazos de cadáveres (Limbs and livers and brains and hearts) para poder construir su “own version of you”. Menciona a Al Pacino y Marlon Brando, a Julio Cesar (adelantándose a la ya mencionada Crossing the Rubicon), a Leon Russell y San Juan, hasta que comienza a descender a los infiernos, invitándonos a descender junto a él. Lo que podría ser tenebroso, esta cargado con un humor risueño característico del autor. En los infiernos, dice, se encuentra a los enemigos de la humanidad: Mr. Freud with his dreams, Mr. Marx with his ax.

La genealogía de I’ve Made Up My Mind to Give Myself To You, una “canción romántica”, tal vez pueda remontarse en la obra de Dylan hasta clásicos de los sesentas como It’s All Over Now, Baby Blue. “I hope that the gods go easy with me / I knew you’d say yes, I’m saying it too” suena mucho menos cursi de lo que podría en el contexto de este tema de seis minutos. La sigue Black Rider, en la que Dylan ya no dialoga con una persona amada sino con algún tipo de representación de la Muerte (aunque, pensándolo bien, puede que en ambas canciones se enfrente a la misma entidad). Tiene los arreglos y la estructura de algún tipo de canción de folk tradicional, hasta que la irreverencia de Bob Dylan la interrumpe con un: “The size of your cock will get you nowhere”.

En Mother of Muses, el escritor canta una plegaria que podría haber salido, si tuviese un sonido más gospel, de su infame trilogía de discos cristianos. Pero ahora Dylan le canta a la “Madre de Musas” (la divinidad griega Mnemósine), mientras parece sugerir que la Segunda Guerra Mundial abrió el camino para Elvis Presley y Martin Luther King, para el rock y la insurrección, y se admite enamorado de Calíope, la musa de la poesía épica. I’ve already outlived my life by far asegura el norteamericano.

Terminando el recorrido, aparecen los nueve minutos de Key West (Philosopher Pirate), con un acordeón que podría ser el acompañamiento instrumental más llamativo del disco (tocado por el multi-instrumentalista Donnie Herron). Entre reflexiones sobre la inmortalidad, como un soundtrack en una carretera del fin del mundo, el protagonista dice I’ve searched for love, for inspiration, mientras cambia de estaciones de radio. Key West is fine and fair, if you lost your mind, you’ll find it there. Es intima, sincera, y al mismo tiempo un acompañamiento perfecto para una coyuntura que el artista posiblemente no imaginó al componer su obra: los tiempos de la pandemia y la crisis mundial.

Separada, en un segundo disco, Murder Most Foul podría ser un lanzamiento aparte, con su musicalización casi experimental. Con diecisiete minutos, es la canción más larga de la discografía de Dylan (superando a “Highlands”, “Tempest” y la clásica “Sad Eyed Lady of the Lowlands”). En ella, la narración del asesinato de John F. Kennedy se convierte en una excusa para capturar poéticamente el ethos de los años sesenta norteamericanos. Durante los últimos siete minutos, el protagonista (¿Kennedy? ¿Dylan?) le pide canciones al DJ Wolfman Jack. Una larga serie de artistas clásicos, muertos hace tiempo, aparecen en la catarata de canciones solicitadas, hasta que llegan las palabras finales del disco: “Play Murder Most Foul”.

Estemos listos o no, allí es donde Bob Dylan ha decidido posicionarse en Rough and Rowdy Ways. En un largo árbol genealógico de figuras históricas que ya no habitan nuestro mundo. Y que, de todos modos, mantienen un lugar omnipresente.

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Don’t believe the truth: el renacer rockero de Oasis

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El sexto disco de la banda cumple 15 años

El 30 de mayo de 2005 Oasis editaba Don’t believe the truth, su sexto álbum de estudio. De la mano de un sonido potente, la banda de los Gallagher rompía con tres años de silencio. Su vertiginoso ascenso a la fama, iniciado en 1994 y que la consagró como un ícono indiscutido del britpop, la llevó a transitar por los caminos del rock clásico, el pop y la psicodelia. Ahora, la flamante placa proponía una vuelta a sus raíces rockeras a pura fuerza de guitarras. Tras la salida de Alan White de la formación, fue necesario reemplazarlo con un baterista a la altura del reto. El puesto lo ocupó Zak Starkey, hijo del legendario Ringo Starr. Sin haberlo planificado, los hermanos cumplían el sueño de tener sangre Beatle en su agrupación.

Al encarar este nuevo trabajo, Noel decidió no monopolizar las composiciones y dar espacio al resto de los integrantes del grupo para crear su música. Así fue cómo, de las once pistas que conforman el setlist, cinco llevan su firma, tres la de Liam, dos la del bajista Andy Bell y una la del guitarrista Gem Archer. Pero el mayor de los Gallagher, en honor al apodo que lo bautizó como The Chief, hizo sentir su peso al ser de autoría propia los tres cortes de difusión.

Unos días antes de lanzarse el LP se divulgó Lyla, simple que alcanzó la posición N°1 en el UK Singles Chart. Con los acordes iniciales, Oasis dejaba en claro cuál sería la impronta de su material pronto a estrenarse. El hit se complementó a la perfección con un video en el cual la protagonista alucina con ser parte de una fiesta en la que los invitados llevan máscaras venecianas y los mancunianos están al mando del show.

En agosto llegó el turno de The importance of being idle, elegida como mejor canción de 2005 según la revista Q Magazine. Noel le pone voz a un tema que posee grandes influencias rítmicas de The Kinks y The La’s. Según él mismo reconoció, la letra es autorreferencial. La línea que enuncia: “supongo que sólo soy perezoso”, reafirma el concepto de este himno que en su nombre reivindica al ocio. El clip -que cuenta con la actuación del galés Rhys Ifans y de los propios miembros de Oasis- narra la historia de un hombre que se prepara para su propio entierro y, su estética en blanco y negro, acentúa el carácter lúgubre del relato. La producción recibió un Premio NME por “Mejor video del año.”

El tercer single, publicado en noviembre y que llegó al segundo puesto en la lista de sencillos de Reino Unido, fue Let there be love. El video es una recopilación de imágenes pertenecientes a los conciertos en Hampden Park y en el City of Manchester Stadium que la banda dio en el verano de 2005. Casi como una contestación a Guess God thinks I’m Abel, tema en el cual Liam escribe y canta “Podrías ser mi enemigo, supongo que todavía hay tiempo. Te persuadí para amarte, ¿es eso acaso un crimen?” el último track del CD -con ambos Gallagher frente al micrófono- encubre en su lírica romántica un estribillo que es espejo del título y que bien podría aplicarse a su reñida relación fraternal: “Dejemos que haya amor.” Pero, fieles a su estilo, las buenas intenciones quedaron sólo en palabras bonitas.

Gracias a su anteúltimo álbum, Oasis emprendió una de sus giras más importantes alrededor de los cinco continentes en la cual tocaron para más de 3.2 millones de personas. El registro de este tour se inmortalizó en el documental Lord don’t slow me down. Las seis millones de copias que vendió el disco alrededor del mundo confirmaban que los ingleses sumaban una nueva conquista a su lista de éxitos.

 Aún cuando los predecesores Standing on the shoulder of giants y Heathen chemistry no tuvieron una recepción del todo óptima tanto por parte de la crítica como de los fanáticos, los Gallagher volvían al ruedo con un producto que, en su denominación, buscaba desafiar a la prensa que les auguraba una carrera en decadencia y que tildaba a su vínculo de irreconciliable. Con el lema de no creer la verdad, Oasis demostraba que seguía ocupando el trono que supo ganarse más de una década atrás. Pero la predicción mediática no era errada: Don’t believe the truth sería la antesala del fin.

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