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Un día como hoy, se estrenaba el clip de “Love Will Tear Us Apart” de JOY DIVISION

Love will tear us apart es la última canción lanzada por Joy Division, con un título tan poderoso y único como la historia que esconde.

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Love will tear us apart es la última canción lanzada por Joy Division, con un título tan poderoso y único como la historia que esconde. Tal vez este sencillo de 1980 fue la nota de despedida del gran Ian Curtis antes de su suicidio, o tal vez es solo una confesión de su matrimonio fallido e infeliz. Pero lo cierto, es que este tema fue una cínica respuesta a la pegadiza y naif canción de Neil Sedaka, también conocida por Captain and Tenille, “Love will keep us together”. La inspiración inicial para esta obra de arte musical, seguramente fue el hecho de que Joy Division grabó en los Strawberry Studios ubicados en Stockport, Inglaterra, el mismo estudio que Sedeka.

Los Joy Division filmaron el vídeo ellos mismos el 28 de abril de 1980, durante un ensayo en T.J. Davidson, donde la banda ya había tocado anteriormente. En la introducción al vídeo la puerta que abre y da inicio al sonido, tiene un gran “Ian C” tallada en ella; también se encuentran escritos los nombres del resto de los integrantes grupo, Peter Hook, Stephen Morris y Bernard Sumner.

El video con cambios de colores, distorsiones, primeros planos, cortes y apagones involuntarios, le dan una estética ideal. La omisión de la danza epiléptica, marca registrada de Curtis, se substituye por el frontman de 23 años que rasguea en una guitarra de Eko Vox VI Phantom transmitiendo dolor y desentendimiento en tres gestos.

Este fue el único video que Joy Division produjo, menos de tres semanas después de que el video fue filmado Curtis puso fin a su vida.


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Joy Division y la apuesta por un oscuro minimalismo

Tras la muerte de Ian Curtis, los integrantes de la banda decidieron, no casualmente, ir más allá y zambullirse en la New Wave y la nueva escena alternativa de los ’80.

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Tal y como se sostuvo en el artículo anterior acerca de la vanguardia postpunk y su voluntad por encarar una renovación estética del proyecto contestatario, Joy Division refleja un caso particular en ese proceso no solo por lo efímero de su duración en relación con las potencialidades que demostraba, sino también porque, tras la muerte de Ian Curtis, el resto de los integrantes decidieron, no casualmente, ir más allá y zambullirse en la New Wave y la nueva escena alternativa de los ’80.

Efectivamente, Joy Division incluyó en su propuesta novedosas líneas melódicas, inusuales conceptos rítmicos (incluyendo elementos normalmente asociados a la música de baile), el intercambio de los roles tradicionales del rock entre la guitarra y el bajo, el uso de sintetizadores y cajas de ritmos, dando como resultado un sonido premeditadamente minimalista capaz de crear una atmósfera densa y oscura en sus oyentes. Una energía desafiante que se presiente como una sombra en el pulso de la canción, pero que nunca se manifiesta explícitamente.

Probablemente, esa atmósfera sea producto también de una emocionalidad contenida, algo tan extremo y desesperado como en el grito que no se oye en el cuadro de Munch. Allí se encuentra parte de la identidad de Joy Division: Ian Curtis, con voz de barítono, manifestando toda su expresividad pero alejado del histrionismo que caracterizaba a los rock stars del período anterior. Los instrumentos, tocados sin demasiados arreglos pero con cierta intensidad, compartían la sencillez propia de las primeras bandas punk aunque sin esa estridencia.

Por otro lado, el uso de los teclados con algunas reminiscencias del krautrock facilitaba la sugerencia de ritmos bailables que abrieron paso a repeticiones obsesivas de dos o tres acordes, al modo de una versión tímbricamente más austera y electrónica de los Velvet Underground, una influencia crucial para la banda. De tal modo, no era inocente que en su estética abundaran los tonos grises con invocaciones a la moda en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Asimismo, la manera de presentarse en vivo ofrecía una puesta en escena que rehuía cualquier artificio común en otras bandas de la época. Con la excepción del extravagante modo de bailar de Curtis (que se asimilaba a los movimientos convulsivos propios de la enfermedad que padecía), Joy Division prescindía de cualquier teatralidad que distrajera de la atmósfera oscura que construía: la inexistencia de juegos de luces, de humo y de diálogos con la audiencia daban cuenta de ello. Aunque pareciera una improvisación, se trataba de una cuidadosa actuación que buscaba manifestar la inexistencia de cualquier elemento de performance.

En cuanto a sus crípticas letras, las temáticas versan entre referencias marginales que Ian Curtis hace de su enfermedad (por ejemplo en “She’s Lost Control”) y cierta poesía urbana. Sin dudas, Joy Division se alejó de la denuncia social para dar lugar a referencias literarias, y es posible rastrear allí ese elemento identitario del rock que es la autenticidad: de acuerdo con la definición de las relaciones del arte con la modernidad que establecen autores como Gautier y Baudelaire en el siglo XIX, el «artista moderno» debe atender a lo que sucede a su alrededor para ser capaz de captar el espíritu de su tiempo.

Así, el postpunk en general y Joy Division en particular, rescataron esa herencia legada por los Beatles –quienes forjaron el proyecto estético del rock sesentista a partir de la articulación de elementos de la cultura popular y de la “alta cultura”– a partir de una nueva apuesta que, si bien adoptó el minimalismo que el movimiento punk le imprimió a la música rock, permitió el ingreso de sonidos e instrumentos novedosos representando, de tal manera, la oscuridad y la decadencia que predominaron en la Europa de finales de los ’70 y comienzos de los ’80.

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Johnny Marr ataca de nuevo

Desde que Johnny abandonó The Smiths allá por 1987 y abrió una enorme zanja en el mundo del rock independiente mundial, hasta ahora todavía abierta, no paró nunca de edificar pacientemente su propia carrera.

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Es que esa fue la razón por la cual decidió resignar una larga gloria asegurada y arrojar por la borda semejante banda: ya vivir debajo de las polleras del abrasivo Morrissey no sólo se estaba volviendo sofocante y hasta nocivo para su salud (en los últimos meses de vida del cuarteto de Manchester  el pequeño John se tenía que clavar una botella de Bourbon cada vez que debía salir a escena), sino que sentía internamente que al lado -o mejor dicho, detrás – de un personaje de tamaño calibre nunca iba a ser él mismo, siempre iba a ser el eterno segundón en The Smiths.

Tras participar de discos de The TheTalking HeadsPretendersPet Shop Boys y Bryan Ferry, y de darle forma al irregular combo Made In Manchester Electronic, con el cerebro de New Order Bernard Sumner, ya entrados los 2000 Johnny hizo escuela garagera con su propia iniciática banda Johnny Marr & The Healers (Boomslang, 2003, con Zack Starkey en bateria), con los estadounidenses Modest Mouse (We Were Dead Before The Ship Ever Sank, 2007), y el furioso y jovencísimo trio de Yorkshire The Cribs, con quienes grabó Ignore The Ignorant (2009). Todo este derrotero, en algunos aspectos y con el producto realizado en mano algo carente de sentido para lo que nos tenía acostumbrados el brillante guitarrista, compositor y productor, sirvió para quedarse con la razón de su lado y poder construir un presente minuciosamente edificado.
Es que Johnny, a partir de 2013, luego de tantos años de haber acuñado el sueño del nombre propio al que todo el mundo quiere y desea contar como invitado en su próximo disco, destapó una sorpresa solista que tan bien suena, que lleva ya dos discos de estudio, más uno en vivo por demás contundente, y a las puertas de lanzar el tercero con un adelanto a la altura de su leyenda. Con The Messenger (Febrero de 2013, que contiene uno de los más hermosos temas post-Smiths compuestos por Johnny, New Town Velocity) rompió el molde con un sonido brillante y prístino, y hasta cantando sorprendentemente. Playland (6 de Octubre de 2014) confirmó que el debut no había sido una excepción; y el contundente LP en directo Adrenaline Baby (Octubre de 2015) asintiendo su gran momento.
 Y ahora en pleno 2018 lo tenemos al guitar hero comunicando la salida de su nuevo trabajo Call The Comet, que verá la luz el próximo 15 de Junio y que cuenta ya con un seductor single adelanto (The Tracers). Con gira confirmada de 12 shows que arranca en Dublin a principios de Mayo, esperamos con ansias que vuelva a Argentina a consolidar el romance con el público local tras dos cálidas visitas previas.
 

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ARCTIC MONKEYS: La producción de un mito

A semanas del regreso de los reyes del rock indie británico repasamos su carrera tomando como eje central la relación que mantuvieron con sus productores en el estudio de grabación.

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A semanas del regreso de los reyes del rock indie británico repasamos su carrera tomando como eje central la relación que mantuvieron con sus productores en el estudio de grabación.

 

Quisiera que pudiésemos crecer como The Clash. Cuando ellos empezaron, lo hicieron con un álbum punk muy básico. Después empezaron a despegar y a moverse hacia muchas direcciones. Eso es lo que quiero”. Eso decía Jamie Cook al LA Times en abril del 2006, a dos meses del lanzamiento del disco debut de la banda de Sheffield. “¿Sabes quién tenía el record de ventas en la primera semana antes que nosotros? ¿Oasis? ¿Blur? ¿Coldplay? No, era Hear’Say”, explicaba el guitarrista, tratando de minimizar el impacto de la banda en los charts. Más de una década después, podemos decir que el sueño de Cook se cumplió, ya que los Arctic Monkeys han logrado expandir sus proyectos hacia distintas direcciones sin perder en ningún momento una dirección clara y enfocada y un sonido característico.

Como testamento del eclecticismo, los británicos pueden hacer gala de su variado grupo de productores. Mientras que otras bandas contemporáneas mantienen a un único productor, o como mucho dos, los Monkeys han experimentado con distintas personas al mismo tiempo que mantuvieron a James Ford como un “quinto miembro” de la banda, aunque desobedeciéndolo reiteradamente.

El origen hay que buscarlo en “Beneath the Boardwalk”, los demos que los ingleses distribuían a la salida de sus recitales, allá por el 2004. Estas grabaciones fueron realizadas en el estudio 2fly por Alan Smyth. El sonido era crudo y ruidoso, aunque mucho más ordenado que el de la atmósfera garaje punk germinado por la NME que crecía en la Inglaterra de ese entonces. A la hora de grabar el álbum debut (Whatever People Say I Am, That’s What I Am Not), y después de una sesión abortada con Mike Crossey y James Ford, la producción paso a manos de Jim Abbiss (Kasabian, Adele) que se encontró con el desafío de sostener el sonido crudo previamente presentado por los demos, con los cuales el publico ya estaba familiarizado. La grabación duró trece días (uno por tema) y se mantuvieron los overdubs al mínimo. El resultado fue un sonido “en vivo”, sin demasiados retoques ni emprolijamientos, aunque menos comprimido y con mayor separación de los instrumentos que los demos.

En el excelente EP Who the Fuck Are Arctic Monkeys? los chicos volvieron a las manos de Mike Crossey. Para grabar el ‘suicidio comercial’ de la banda (nadie esperaba que continuasen su exitoso álbum con un EP con canciones de extraña estructura y “malas palabras” en los títulos), el ingeniero de sonido hizo que la banda grabase de “forma autentica”, tocando en vivo en una sala de ensayos y sin audífonos. El resultado no es particularmente distinto al del primer LP (lo-fi y sonidos en crudo) aunque la atmósfera ciertamente ha cambiado y la música puede sentirse como una transición hacia el disco sofomoro de la banda, Favourite Worst Nightmare, donde Crossey volverá a colaborar, esta vez en conjunto con James Ford (Depeche Mode, Haim) que se convertirá en un aliado permanente de la banda.

Creo que era muy obvio desde la vez que hicimos la primera sesión que nuestro sonido era con ellos, ellos lo entendían”, explicaba Alex Turner al hablar de la vuelta de Ford y Crossey. Favourite Worst Nightmare no solo demostró que los ingleses no eran un one hit wonder indie sino que trajo a la mesa un sonido más pulido, agresivo y desarrollado. Después de haberse perdido de producir el primer disco, en sus palabras por ser “joven e inexperimentado”, James Ford se convirtió en el principal aliado y guardián del sonido de los Monkeys. Además, se incorporó como productor y baterista de The Last Shadow Puppets.

Para su tercer disco, Humbug, los Arctic Monkeys volvieron a modificar su sonido, grabando en un estudio californiano con Josh Homme, de Queens of the Stone Age. Aunque Homme ha negado haber “cambiado” el sonido de la banda, el disco fue visto como un quiebre y se ha señalado que “abrió el camino a AM”. “Este es el álbum en que se ponen raros y crecen” dijo Homme a Rolling Stone. El proceso de grabación fue más lento que con el disco anterior (FWN se grabo con la mayor rapidez posible puesto que la banda quería volver a los escenarios) y unas veinticinco canciones fueron registradas en el estudio para luego ser depuradas. Hablé con Alex sobre el tema y me pareció que tenía sentido explicó James Ford a Sound On Sound sobre su desplazamiento como productor principal en el disco. A pesar de eso, “My Propeller” y “Cornerstone” (los hits del disco) estuvieron en sus manos.

El quinto mono quedó a cargo completamente de la producción de Suck It And See, un disco descrito por Matt Helders como “más pop que Humbug”. En un giro de 160° con respecto al anterior trabajo, se grabó un disco “en vivo” y con producción minimalista, casi sin overdubs, en los legendarios Sound City Studios de Los Angeles. La banda fue al estudio con canciones definidas y ya practicadas extensamente con anterioridad, incluyendo “Piledriver Waltz” (extraída del soundtrack que Turner compuso para la película Submarine), para facilitar el proceso de grabaciones “en vivo”. Los ingleses parecían haber definido su versión madura, incorporando elementos de toda su carrera en una síntesis exitosa. Y entonces, a nueves meses de Suck It, “R U Mine” apareció en internet.

Para su disco más exitoso comercialmente, los Arctic volvieron a recurrir a James Ford y además sumaron a Ross Orton, un productor y músico obsesionado con las percusiones. Esto último debe haber sido útil cuando Matt Helders decidió incorporar todo tipo de modificaciones a su batería para conseguir nuevos sonidos. Todo el proceso detrás de “AM” fue radicalmente diferente. Mi trabajo realmente es ayudar a traer sus ideas hacia afuera y destilar y cristalizar lo que ellos quieren que el disco sea, y ayudarlos a lograr eso, explicó Ford sobre el proceso de grabación.

Sin volver a la fuerza de Humbug, la banda se reinventó incorporando sonidos soul y hip-hop, con influencias tan amplias como Dr. Dre, Bowie y Black Sabbath, para llegar a lo que Josh Homme describió como un “álbum cool y sexy, para después de la medianoche”. Turner lo describió como un “disco de estudio”, en comparación a la simpleza de Suck It. La música renovada de los ingleses llego con pianos, una Hohner Guitaret y una caja de ritmos retro, logrando usar estos elementos vintage para conseguir una atmósfera moderna. Hasta ese entonces los Arctic Monkeys nunca habían sonado tan Siglo XXI.

Y ahora, cinco años después, con el anuncio de que Alex Turner se ha incorporado como productor (habiendo debutado en el rubro con el fantástico “Belladonna of Sadness” de Alexandra Savior) no podemos más que preguntar hacia qué nuevo lugar nos llevaran los chicos de High Green.

 

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