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U2 y Pop, cuando 20 años no es nada

Hoy se cumplen dos décadas desde la edición de POP, un de los discos más polémicos de U2 y que los trajo por primera vez a la Argentina.

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Con un “Bienvenidos al gallinero” de presentación exclamado por Bono en el estadio de River, U2 pisó por primera vez las pampas argentinas en febrero de 1998 iniciando un romance que agota localidades cada vez que repiten visita. Aquella vez vinieron a presentar Pop, su disco más polémico que hoy cumple dos décadas.

 

u2-popPop significó la consolidación definitiva del plan sonoro que los irlandeses edificaron en los ’90. Desde Achtung Baby (1991) su búsqueda estética buceaba las posibilidades que ofrecían las nuevas tecnologías musicales y de grabación apelando en el estudio a las bases y programaciones que también acompañarían los cada vez más exuberantes shows en vivo. Con antecedente en Zooropa (1993), Pop se editó el 3 de marzo de 1997 graficando ya desde el título lo poco que les quedaba del postpunk originario, con un U2 urgido por sonar contemporáneo. Sin Brian Eno esta vez al comando sonoro, la producción tuvo parte fundamental en músicos de la electrónica como Mark “Flood” Ellis y los DJ’s Howie B y Steve Osborne, quienes le dieron a esta placa más recursos que nunca: samples, loops, continuas remezclas, filtros y procesadores de sonidos constantes.

En la nueva obra fluctuaban variados estilos sin estancarse en uno solo. Desde el dance, techno, trip hop, trance y hasta sonidos del hip hop eran parte de la propuesta de U2. Y si bien la primera impresión dan el tono de baile a pura luces, Bono exclamó alguna vez que el disco “comienza como una fiesta pero termina como un funeral”, develando el clima de canciones darks como “Please” o “Wake up dead man”.

El primer corte de difusión fue “Discothèque”. Como si fuera un manifiesto del nuevo rumbo adoptado mostró un sonido que poco recordaba a sus clásicos, con la guitarra de The Edge camuflada a puro techno/dance. En el video el grupo parodia con coreografías al emblema bolichero Village People, y no es un detalle menor que una banda como U2, siempre cerca del discurso solemne con implicancias sociales, recurriera ahora al humor en su obra. Y es que el concepto de la etapa Pop no puede ser entendido bien si no se interpretan los gestos irónicos que proponían en todo ámbito: desde el bautismo de la gira bajo el nombre “Pop Mart”, pasando por el armado del escenario con uno de los arcos de la “M” de Mac Donalds como imponente monumento del consumismo. O el gesto en la elección del vestuario con ropa que emulaba músculos rápidos sin necesidad de esfuerzo.

¿Esto hizo que U2 dejara sus letras comprometidas? Nada por el estilo. En “Staring At The Sun”  puede leerse frases como: “Intransigencia alrededor, militares aún en la ciudad. Armaduras plateadas y lazos. Papi apenas ni dirá adiós.” Pero incluso la lírica funcionaba también desde el doble filo de la ironía. Líneas como las de “Gone” se permiten un palo para la crítica snob que los acusaba de vendidos. O la de “The Playboy Mansion” donde Bono hace un certero mapeo del mundo plástico cool estadounidense. ¿Acaso la superficialidad de “Miami” no nos anticipó las andanzas trash pop de Ricardo Fort acá? Como no podía ser de otra manera también en este CD hay referencias cristianas, como en “Mofo” con el cantante buscando salvar su alma y sólo encontrando a Jesús en un basural.

El uso de programaciones de ritmos fue incentivado además por un período en 1995 en que el baterista Larry Mullen Jr. fue operado de la espalda y decidió bajar un cambio recluyéndose unas semanas. U2 siguió componiendo pero ahora los ritmos partían de las máquinas modificando su dinámica de creación de canciones. Eso condujo a que a su regreso el baterista tuviera que repensar su modo de tocar su instrumento con estos nuevos conceptos. Si había una zona de confort en el registro, se ponía un stop y se buscaban nuevas variantes.

Así fue también como el balance final para el grupo no fue del todo satisfactorio, y más de una vez comentaron que les hubiera gustado tener aún más tiempo para trabajarlo. Incluso cuando ya habían retrasado el plan original de lanzarlo en 1996.

Pop en tiempos de pizza con champagne

u2-popmart-2La gira Pop Mart fue la primera que trajo a la banda irlandesa por tierras sudamericanas visitando Brasil, Argentina y Chile. Los tres shows que montaron el 5, 6 y 7 de febrero de 1998 en River Plate significaban hasta el momento los shows más impactantes en lo audiovisual que hubieran visitado al país. Con 45 metros de ancho por 15 metros y medio de largo, la pantalla de video LED proyectaba a escala mastodóntica la actuación del cuarteto de Dublín mechando imágenes pop art. Tampoco la veta política del grupo estuvo ausente e invitaron al escenario a las Madres de Plaza de Mayo. También en Chile U2 interrumpió su show para hacer explícito su descontento con la designación como senador vitalicio del dictador Augusto Pinochet. Otro dato impactante al respecto ocurrió el año anterior (y en la misma gira) cuando actuaron en Sarajevo a poco tiempo de finalizada la Guerra de Bosnia. Hay gente en el lugar que hoy recuerda ese show como un antes y un después por el significado pacífico de que se pudiera organizar un mega recital en su tierra.

En definitiva U2 no dejó de tener su pose comprometida, pero a la vez se permitió explicitar un poco más su gozo hedonista con el star system y sus experiencias visitando los dance clubs. De hecho (y si de consagración pop se trata) es para esta época cuando hacen su aparición en Los Simpson donde Homero tiene un conflicto con Bono por el manejo anti ecológico de la basura.

La crítica malogró el que quizás sea el último disco donde los irlandeses apostaron al riesgo en pos de la reinvención artística. Pop es visto hoy como el álbum maldito de U2 y puede que sea esa la razón por la que desde All that you can’t leave behind (2000) en adelante el grupo se dedicó mayormente a sintetizar el exitoso sonido de guitarras patentado en The Joshua Tree. Sólo muy de vez en cuando se acuerdan de Pop y mechan algún que otro sonido noventoso.

U2 – One Live (Popmart Tour | 02-05-1998 | Buenos Aires, Argentina)

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Joy Division y la apuesta por un oscuro minimalismo

Tras la muerte de Ian Curtis, los integrantes de la banda decidieron, no casualmente, ir más allá y zambullirse en la New Wave y la nueva escena alternativa de los ’80.

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Tal y como se sostuvo en el artículo anterior acerca de la vanguardia postpunk y su voluntad por encarar una renovación estética del proyecto contestatario, Joy Division refleja un caso particular en ese proceso no solo por lo efímero de su duración en relación con las potencialidades que demostraba, sino también porque, tras la muerte de Ian Curtis, el resto de los integrantes decidieron, no casualmente, ir más allá y zambullirse en la New Wave y la nueva escena alternativa de los ’80.

Efectivamente, Joy Division incluyó en su propuesta novedosas líneas melódicas, inusuales conceptos rítmicos (incluyendo elementos normalmente asociados a la música de baile), el intercambio de los roles tradicionales del rock entre la guitarra y el bajo, el uso de sintetizadores y cajas de ritmos, dando como resultado un sonido premeditadamente minimalista capaz de crear una atmósfera densa y oscura en sus oyentes. Una energía desafiante que se presiente como una sombra en el pulso de la canción, pero que nunca se manifiesta explícitamente.

Probablemente, esa atmósfera sea producto también de una emocionalidad contenida, algo tan extremo y desesperado como en el grito que no se oye en el cuadro de Munch. Allí se encuentra parte de la identidad de Joy Division: Ian Curtis, con voz de barítono, manifestando toda su expresividad pero alejado del histrionismo que caracterizaba a los rock stars del período anterior. Los instrumentos, tocados sin demasiados arreglos pero con cierta intensidad, compartían la sencillez propia de las primeras bandas punk aunque sin esa estridencia.

Por otro lado, el uso de los teclados con algunas reminiscencias del krautrock facilitaba la sugerencia de ritmos bailables que abrieron paso a repeticiones obsesivas de dos o tres acordes, al modo de una versión tímbricamente más austera y electrónica de los Velvet Underground, una influencia crucial para la banda. De tal modo, no era inocente que en su estética abundaran los tonos grises con invocaciones a la moda en tiempos de la Segunda Guerra Mundial.

Asimismo, la manera de presentarse en vivo ofrecía una puesta en escena que rehuía cualquier artificio común en otras bandas de la época. Con la excepción del extravagante modo de bailar de Curtis (que se asimilaba a los movimientos convulsivos propios de la enfermedad que padecía), Joy Division prescindía de cualquier teatralidad que distrajera de la atmósfera oscura que construía: la inexistencia de juegos de luces, de humo y de diálogos con la audiencia daban cuenta de ello. Aunque pareciera una improvisación, se trataba de una cuidadosa actuación que buscaba manifestar la inexistencia de cualquier elemento de performance.

En cuanto a sus crípticas letras, las temáticas versan entre referencias marginales que Ian Curtis hace de su enfermedad (por ejemplo en “She’s Lost Control”) y cierta poesía urbana. Sin dudas, Joy Division se alejó de la denuncia social para dar lugar a referencias literarias, y es posible rastrear allí ese elemento identitario del rock que es la autenticidad: de acuerdo con la definición de las relaciones del arte con la modernidad que establecen autores como Gautier y Baudelaire en el siglo XIX, el «artista moderno» debe atender a lo que sucede a su alrededor para ser capaz de captar el espíritu de su tiempo.

Así, el postpunk en general y Joy Division en particular, rescataron esa herencia legada por los Beatles –quienes forjaron el proyecto estético del rock sesentista a partir de la articulación de elementos de la cultura popular y de la “alta cultura”– a partir de una nueva apuesta que, si bien adoptó el minimalismo que el movimiento punk le imprimió a la música rock, permitió el ingreso de sonidos e instrumentos novedosos representando, de tal manera, la oscuridad y la decadencia que predominaron en la Europa de finales de los ’70 y comienzos de los ’80.

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Johnny Marr ataca de nuevo

Desde que Johnny abandonó The Smiths allá por 1987 y abrió una enorme zanja en el mundo del rock independiente mundial, hasta ahora todavía abierta, no paró nunca de edificar pacientemente su propia carrera.

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Es que esa fue la razón por la cual decidió resignar una larga gloria asegurada y arrojar por la borda semejante banda: ya vivir debajo de las polleras del abrasivo Morrissey no sólo se estaba volviendo sofocante y hasta nocivo para su salud (en los últimos meses de vida del cuarteto de Manchester  el pequeño John se tenía que clavar una botella de Bourbon cada vez que debía salir a escena), sino que sentía internamente que al lado -o mejor dicho, detrás – de un personaje de tamaño calibre nunca iba a ser él mismo, siempre iba a ser el eterno segundón en The Smiths.

Tras participar de discos de The TheTalking HeadsPretendersPet Shop Boys y Bryan Ferry, y de darle forma al irregular combo Made In Manchester Electronic, con el cerebro de New Order Bernard Sumner, ya entrados los 2000 Johnny hizo escuela garagera con su propia iniciática banda Johnny Marr & The Healers (Boomslang, 2003, con Zack Starkey en bateria), con los estadounidenses Modest Mouse (We Were Dead Before The Ship Ever Sank, 2007), y el furioso y jovencísimo trio de Yorkshire The Cribs, con quienes grabó Ignore The Ignorant (2009). Todo este derrotero, en algunos aspectos y con el producto realizado en mano algo carente de sentido para lo que nos tenía acostumbrados el brillante guitarrista, compositor y productor, sirvió para quedarse con la razón de su lado y poder construir un presente minuciosamente edificado.
Es que Johnny, a partir de 2013, luego de tantos años de haber acuñado el sueño del nombre propio al que todo el mundo quiere y desea contar como invitado en su próximo disco, destapó una sorpresa solista que tan bien suena, que lleva ya dos discos de estudio, más uno en vivo por demás contundente, y a las puertas de lanzar el tercero con un adelanto a la altura de su leyenda. Con The Messenger (Febrero de 2013, que contiene uno de los más hermosos temas post-Smiths compuestos por Johnny, New Town Velocity) rompió el molde con un sonido brillante y prístino, y hasta cantando sorprendentemente. Playland (6 de Octubre de 2014) confirmó que el debut no había sido una excepción; y el contundente LP en directo Adrenaline Baby (Octubre de 2015) asintiendo su gran momento.
 Y ahora en pleno 2018 lo tenemos al guitar hero comunicando la salida de su nuevo trabajo Call The Comet, que verá la luz el próximo 15 de Junio y que cuenta ya con un seductor single adelanto (The Tracers). Con gira confirmada de 12 shows que arranca en Dublin a principios de Mayo, esperamos con ansias que vuelva a Argentina a consolidar el romance con el público local tras dos cálidas visitas previas.
 

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ARCTIC MONKEYS: La producción de un mito

A semanas del regreso de los reyes del rock indie británico repasamos su carrera tomando como eje central la relación que mantuvieron con sus productores en el estudio de grabación.

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A semanas del regreso de los reyes del rock indie británico repasamos su carrera tomando como eje central la relación que mantuvieron con sus productores en el estudio de grabación.

 

Quisiera que pudiésemos crecer como The Clash. Cuando ellos empezaron, lo hicieron con un álbum punk muy básico. Después empezaron a despegar y a moverse hacia muchas direcciones. Eso es lo que quiero”. Eso decía Jamie Cook al LA Times en abril del 2006, a dos meses del lanzamiento del disco debut de la banda de Sheffield. “¿Sabes quién tenía el record de ventas en la primera semana antes que nosotros? ¿Oasis? ¿Blur? ¿Coldplay? No, era Hear’Say”, explicaba el guitarrista, tratando de minimizar el impacto de la banda en los charts. Más de una década después, podemos decir que el sueño de Cook se cumplió, ya que los Arctic Monkeys han logrado expandir sus proyectos hacia distintas direcciones sin perder en ningún momento una dirección clara y enfocada y un sonido característico.

Como testamento del eclecticismo, los británicos pueden hacer gala de su variado grupo de productores. Mientras que otras bandas contemporáneas mantienen a un único productor, o como mucho dos, los Monkeys han experimentado con distintas personas al mismo tiempo que mantuvieron a James Ford como un “quinto miembro” de la banda, aunque desobedeciéndolo reiteradamente.

El origen hay que buscarlo en “Beneath the Boardwalk”, los demos que los ingleses distribuían a la salida de sus recitales, allá por el 2004. Estas grabaciones fueron realizadas en el estudio 2fly por Alan Smyth. El sonido era crudo y ruidoso, aunque mucho más ordenado que el de la atmósfera garaje punk germinado por la NME que crecía en la Inglaterra de ese entonces. A la hora de grabar el álbum debut (Whatever People Say I Am, That’s What I Am Not), y después de una sesión abortada con Mike Crossey y James Ford, la producción paso a manos de Jim Abbiss (Kasabian, Adele) que se encontró con el desafío de sostener el sonido crudo previamente presentado por los demos, con los cuales el publico ya estaba familiarizado. La grabación duró trece días (uno por tema) y se mantuvieron los overdubs al mínimo. El resultado fue un sonido “en vivo”, sin demasiados retoques ni emprolijamientos, aunque menos comprimido y con mayor separación de los instrumentos que los demos.

En el excelente EP Who the Fuck Are Arctic Monkeys? los chicos volvieron a las manos de Mike Crossey. Para grabar el ‘suicidio comercial’ de la banda (nadie esperaba que continuasen su exitoso álbum con un EP con canciones de extraña estructura y “malas palabras” en los títulos), el ingeniero de sonido hizo que la banda grabase de “forma autentica”, tocando en vivo en una sala de ensayos y sin audífonos. El resultado no es particularmente distinto al del primer LP (lo-fi y sonidos en crudo) aunque la atmósfera ciertamente ha cambiado y la música puede sentirse como una transición hacia el disco sofomoro de la banda, Favourite Worst Nightmare, donde Crossey volverá a colaborar, esta vez en conjunto con James Ford (Depeche Mode, Haim) que se convertirá en un aliado permanente de la banda.

Creo que era muy obvio desde la vez que hicimos la primera sesión que nuestro sonido era con ellos, ellos lo entendían”, explicaba Alex Turner al hablar de la vuelta de Ford y Crossey. Favourite Worst Nightmare no solo demostró que los ingleses no eran un one hit wonder indie sino que trajo a la mesa un sonido más pulido, agresivo y desarrollado. Después de haberse perdido de producir el primer disco, en sus palabras por ser “joven e inexperimentado”, James Ford se convirtió en el principal aliado y guardián del sonido de los Monkeys. Además, se incorporó como productor y baterista de The Last Shadow Puppets.

Para su tercer disco, Humbug, los Arctic Monkeys volvieron a modificar su sonido, grabando en un estudio californiano con Josh Homme, de Queens of the Stone Age. Aunque Homme ha negado haber “cambiado” el sonido de la banda, el disco fue visto como un quiebre y se ha señalado que “abrió el camino a AM”. “Este es el álbum en que se ponen raros y crecen” dijo Homme a Rolling Stone. El proceso de grabación fue más lento que con el disco anterior (FWN se grabo con la mayor rapidez posible puesto que la banda quería volver a los escenarios) y unas veinticinco canciones fueron registradas en el estudio para luego ser depuradas. Hablé con Alex sobre el tema y me pareció que tenía sentido explicó James Ford a Sound On Sound sobre su desplazamiento como productor principal en el disco. A pesar de eso, “My Propeller” y “Cornerstone” (los hits del disco) estuvieron en sus manos.

El quinto mono quedó a cargo completamente de la producción de Suck It And See, un disco descrito por Matt Helders como “más pop que Humbug”. En un giro de 160° con respecto al anterior trabajo, se grabó un disco “en vivo” y con producción minimalista, casi sin overdubs, en los legendarios Sound City Studios de Los Angeles. La banda fue al estudio con canciones definidas y ya practicadas extensamente con anterioridad, incluyendo “Piledriver Waltz” (extraída del soundtrack que Turner compuso para la película Submarine), para facilitar el proceso de grabaciones “en vivo”. Los ingleses parecían haber definido su versión madura, incorporando elementos de toda su carrera en una síntesis exitosa. Y entonces, a nueves meses de Suck It, “R U Mine” apareció en internet.

Para su disco más exitoso comercialmente, los Arctic volvieron a recurrir a James Ford y además sumaron a Ross Orton, un productor y músico obsesionado con las percusiones. Esto último debe haber sido útil cuando Matt Helders decidió incorporar todo tipo de modificaciones a su batería para conseguir nuevos sonidos. Todo el proceso detrás de “AM” fue radicalmente diferente. Mi trabajo realmente es ayudar a traer sus ideas hacia afuera y destilar y cristalizar lo que ellos quieren que el disco sea, y ayudarlos a lograr eso, explicó Ford sobre el proceso de grabación.

Sin volver a la fuerza de Humbug, la banda se reinventó incorporando sonidos soul y hip-hop, con influencias tan amplias como Dr. Dre, Bowie y Black Sabbath, para llegar a lo que Josh Homme describió como un “álbum cool y sexy, para después de la medianoche”. Turner lo describió como un “disco de estudio”, en comparación a la simpleza de Suck It. La música renovada de los ingleses llego con pianos, una Hohner Guitaret y una caja de ritmos retro, logrando usar estos elementos vintage para conseguir una atmósfera moderna. Hasta ese entonces los Arctic Monkeys nunca habían sonado tan Siglo XXI.

Y ahora, cinco años después, con el anuncio de que Alex Turner se ha incorporado como productor (habiendo debutado en el rubro con el fantástico “Belladonna of Sadness” de Alexandra Savior) no podemos más que preguntar hacia qué nuevo lugar nos llevaran los chicos de High Green.

 

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