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Reseña literaria: Post punk not dead

Touching from a Distance – Ian Curtis y Joy Division

Deborah Curtis

Dobra Robota, 2017

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Touching from a Distance – Ian Curtis y Joy Division

Deborah Curtis

Dobra Robota, 2017

 

*La policía me pidió que identificara el cuerpo pero finalmente aceptaron que lo hiciera mi padre. Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho. Me quedé esperando en el auto, todavía muy en shock como para poder llorar aunque no para darme cuenta de que sí, como aquel viejo cliché, el sol continuaba brillando y la brisa seguía soplando. Era un día hermoso. Las hojas verdes sobre Barton Street zarandeadas contra un cielo azul, muy azul. Por última vez a Ian y a mí nos llevaron en direcciones opuestas. Luego me enteraría que durante la requisa, Kevin Wood y otro joven de la zona habían intentado descolgar a Ian antes de que llegara la policía. Habrá sido una experiencia horrorosa porque no teníamos cuchillos filosos en casa”, escribe la esposa de Ian Curtis en esta -de rigor- biografía aunque más es una crónica sobre su vida junto al cantante de Joy Division. Una narrativa que atrae desde la historia misma: Joy Division, el grupo mancuniano que sobresalió como pocos; Ian Curtis y su suicidio.

Sin pretensiones, apartada de los análisis desde sociales hasta filosóficos de una Viv Albertine en Ropa Música Chicos (Anagrama, 2017), Deborah Curtis apela a un estilo simple pero que mantiene a lo largo de todo el libro sin crear huecos en el texto. No aburre, la épica es el mismo sustrato del que se nutre. Sincera, íntima, abrumada, Deborah Curtis -que sigue usando su apellido de casada- no recurre a golpes bajos, no tiene esa necesidad. Una banda que finalmente parecía que alcanzaría su merecido reconocimiento (una gira por Estados Unidos era lo mejor que podía pasarle a unos chicos de pueblo inglés) se ve aplastada por la muerte del cantante. Algo que todos ya intuían (las declaraciones de Peter Hook mechadas a lo largo de todo Touching from… son reveladoras) pero nadie quería dar crédito. “Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho”, dice su viuda con respecto al reconocimiento del cuerpo y quizá haya exorcizado fantasmas escribiendo este relato, echando un poco de luz frente a tanta oscuridad. Estas memorias escritas originalmente en 1995 cuentan en la edición local con un prólogo del mismo Jon Savage, periodista especializado en música, gran crítico y autor de muchos libros contraculturales, quien dice muy acertadamente que este ejercicio de escritura de Deborah Curtis debe ser una manera de cerrar una herida que lleva tantos años abierta.

Las obsesiones de Curtis, sus temores (¡enormes!), dudas y desamparos, sus inquietudes y también las ¿alegrías?, no, tanto, no, apenas momentos de rebuscada paz, están detalladamente contadas en este volumen. Esta intención de vivir una vida normal con una afección como la epilepsia que sufría no pueden tener un punto en común. Puede leerse, interpretarse como una existencia monocromática -quizá gris, quizá negra como la negación del color o quizá blanca- pero una iconografía bien delineada, una identidad tal que logra hacer entender por qué aquel mayo de 1980 decidió partir. No es menor el detalle del ahorcamiento, un joven de veintitrés años, estrenando calidad de padre de la pequeña Natalie, se suicida acaso creyendo así matar a sus espectros. Esos que tanta sombra le habían dado a lo largo de su corta subsistencia. Acá se lo adivina un tipo complicado, desordenado, celoso y cruel, muy cruel; primero consigo mismo pero sin resultarle suficiente pues para con los demás. Un antihéroe, así lo pinta la mujer que estuvo a su lado los últimos años de su vida, y también un pobre hombre que no pudo-supo.quiso cargar con el peso de, como veía y consideraba, una sociedad impía e injusta, un mundo insoportable. Su infidelidad no está narrada como una pasada de factura ni mucho menos venganza, sí como parte de una personalidad poco heroica, nada gloriosa. Deborah Curtis pasaba sus días preocupada por el trabajo, la familia y las cuentas a pagar mientras él se hundía muy rápidamente empujado por sus demonios, cada vez más grandes, cada vez más sádicos. La vida (y la muerte) de Ian Curtis cuenta con todas las herramientas primarias y el argumento latente que opera en el imaginario sobre un músico abatido, un poeta del desánimo. Quien podía estimular e incitar las transformaciones del proceso de creación se vio derrumbado frente a su propio yo. Recurrimos a estos textos sedientos de poder clarificar las relaciones entre los distintos pensamientos y manifestaciones de lo humano pero frente a esa imposibilidad nos vemos afectados por el síntoma, siempre tardío y nunca a tiempo, de algún fenómeno que guiña a la depresión con sonrisa socarrona. La entrega a la ira y la desazón de Ian Curtis, su animalidad, se impusieron y el arte no le fue suficiente.

Esta edición cuenta con una traducción local, casi rioplatense, que por momentos desluce la verdadera intencionalidad de la autora además de, quizá, una falta de notas al pie que contextualicen sobre todo, la época, esas décadas del sesenta y del setenta tan difíciles en Inglaterra y tanto tienen que ver con la oscuridad de nuestro protagonista.

¿Es acaso el hombre, Ian Curtis, un eslabón antrópico necesario en la cadena metafísica superior? Touching from a Distance no responde a la retórica, la refuerza, de ahí la necesidad de leer este libro que logra lo que toda narrativa debiera: un constante cuestionamiento.

 

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La vanguardia postpunk ante la revolución musical inconclusa

Hacia el verano de 1977, el punk se había convertido en una parodia de sí mismo en el mundo angloparlante. Muchos de los integrantes originales del movimiento sentían que ese proyecto, cargado de posibilidades y de múltiples alternativas, había degenerado en una nueva fórmula de maximización de beneficios.

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Hacia el verano de 1977, el punk se había convertido en una parodia de sí mismo en el mundo angloparlante. Muchos de los integrantes originales del movimiento sentían que ese proyecto, cargado de posibilidades y de múltiples alternativas, había degenerado en una nueva fórmula de maximización de beneficios. O peor aún, había demostrado ser una inyección rejuvenecedora para esa industria cultural que los propios punks habían decidido derrocar.

La fragmentación del movimiento punk ante el impulso renovador

En el umbral de los años ochenta, el proyecto estético y político encarnado por el movimiento punk encontró sus límites y comenzó a agotarse. La autenticidad y originalidad que vivieron en las letras de protesta social, en la crudeza y la estridencia de los riffs, en una estética en que los cuerpos manifestaban un desprecio por los valores burgueses y la hipocresía de las instituciones, fueron absorbidas por el mercado. Una vez más, la industria cultural había encontrado la forma de transformar esos valores contestatarios en poderosas mercancías.

La frágil unidad que el punk había forjado entre jóvenes de procedencia obrera y bohemios de clase media, comenzó a fracturarse frente a la disyuntiva que puso en crisis al movimiento contestatario. Por un lado, quedaron los “auténticos” punkies -que posteriormente habrían de reconvertirse en movimientos como el Oi! y el hardcore- quienes creían que la música debía mantenerse accesible y sin pretensiones artísticas, y que debía seguir cumpliendo su rol de vocera de la rabia que se vivía en las calles. Frente a este grupo radicalizado, comenzó a gestarse una pretendida vanguardia que se erigía como reservorio de aquella autenticidad en peligro. Este movimiento, conocido luego como postpunk, encontró en 1977 la oportunidad de establecer una ruptura, una renovación.

La vanguardia postpunk nunca dejó de concebir y definir al movimiento punk y sus ideales como imperativo de cambio. Asumiendo la tarea de concretar la revolución musical inconclusa que el punk había encarado, bandas como PiL, Joy Division, Talking Heads, Contortions -incluso los propios Clash– entre otros, exploraron posibilidades de incorporar los nuevos estilos que surgieron a entre finales de los setentas y comienzos de los ochentas. Así fue como experimentaron con la música electrónica, el noise, el jazz y la música contemporánea, y con técnicas de producción provenientes del reggae, el dub y la música disco.

La vanguardia es así

Muchos fueron quienes acusaron a estos artistas de haber caído en aquel elitismo denunciado originalmente por el movimiento punk. Ciertamente, un alto porcentaje de músicos volcados al postpunk provenía del entorno de las famosas escuelas de arte británicas. La escena no wave en Nueva York, por ejemplo, estaba integrada casi en su totalidad por pintores, cineastas, poetas, y artistas escénicos. Al igual que sucedió con los Beatles y los Rolling Stones, grupos como Gang of Four, Cabaret Voltaire, Wire y The Raincoats son algunas de las bandas británicas fundadas por graduados en Bellas Artes o en Diseño.

Especialmente en Gran Bretaña, las escuelas de arte funcionaron por mucho tiempo como una suerte de bohemia “subsidiada” por el Estado. Eran lugares donde los jóvenes de clase obrera, demasiado rebeldes para una vida de trabajo industrial, se mezclaban con muchachos pequeñoburgueses que eran demasiado caprichosos para formarse como cuadros intermedios en la administración empresarial. Después de graduarse en esas casas de estudio, muchos de estos jóvenes se volcaron a la música popular como un modo de sostener el estilo de vida que habían disfrutado en la escuela de bellas artes y, quizás, también vivir de eso.

No obstante, no todos esos artistas asistieron a escuelas de arte: referentes del postpunk como John Lydon o Mark E. Smith, de The Fall -autodidactas fragmentarios- se enmarcaron perfectamente en la figura del intelectual antiintelectual: ávidos lectores, pero desconfiados del arte en sus formas institucionalizadas, desdeñaban el ámbito académico. Nada podría ser más intelectual e innovador que querer destruir los límites que mantienen al arte en una caja de cristal, aislado de la vida cotidiana.

El desafío de renovar estéticamente la propuesta radical

Para la vanguardia postpunk, la propuesta del movimiento punk había fracasado fundamentalmente porque buscó quebrar el statu quo del rock apelando a sus formas más convencionales: los riffs y la simplicidad del rock ‘n roll de los ’50, la actitud underground del garaje rock, y la voluntad rebelde del movimiento mod. A partir del rescate de estos elementos originarios, el movimiento punk atacó la estética rimbombante de las bandas de comienzos de los setenta, como Led Zeppelin, Cream, Soft Machine, Pink Floyd, entre otros. Los artistas que se sumaron al movimiento postpunk tomaron distancia de esa postura, bajo la creencia de que los contenidos radicales exigen, a su vez, formas radicales. Atravesados por la oscuridad de los ’80, hacia allí dirigieron todos sus esfuerzos.

Los años comprendidos entre 1978 y 1984, marcados por el avance implacable del mercado y las políticas neoliberales, fueron testigos de un saqueo sistemático del arte y la literatura modernista del siglo XX. El período postpunk en su conjunto aparece, pues, como un intento de recrear virtualmente todas las principales técnicas y temáticas modernistas a través de la música pop como canal predilecto. La autenticidad que caracteriza a la cultura rock se replegó, en aquel período, a través de la experimentación con sonidos que ganaban terreno en el mercado juvenil. Una respuesta vanguardista a la posibilidad concreta de su extensión.

 

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Monty Python o el arte de hacer reír desde la inteligencia

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Lo peor de tener que escribir sobre los Python es que en el afán periodístico de investigación (?), uno se pierde entre los miles de vídeos sobre ellos y así pueden pasar miles de horas… Irreverentes, anárquicos, no en vano resultan el combo humorístico más grande de toda la Gran Bretaña que se hizo extensivo al resto del mundo. Los ingleses John Cleese, Graham Chapman, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin además del norteamericano Terry Gilliam son los responsables de tantas carcajadas. Genios de la sátira y dueños del surrealismo en el humor. Una premisa existencial debería tener que ver con poder tener la capacidad emocional de reírse de uno mismo, de aceptarse un bufón para lograr cierto grado de entendimiento, de intelecto. No es casual que alumnos de las dos universidades más prestigiosas de Inglaterra hayan cruzado sus caminos. Chapman, Idle y Cleese coincidieron en Cambridge mientras Jones y Palin se conocieron en Oxford y todos formaban parte de los grupos de teatro estudiantil. De hecho, estando de gira con el suyo, John Cleese dio con Terry Gilliam en Nueva York. La magia ya estaba hecha: los seis grandes del humor comienzan a trabajar juntos.

John Cleese (nacido en Somerset en 1939) quizá ya tenía el gen de la ocurrencia: su padre transformó su apellido original, Cheese (queso en inglés), por Cleese que en contraposición a una armónica cacofonía les quitaría el estigma del chiste fácil en la escuela al pequeño John. Chapman (Leicester, 1941 – Maidstone 1989) estudiaba medicina en Cambridge y dejó la carrera para meterse de lleno con los Python. Idle (Durham, 1943) es hijo de una enfermera que habiendo enviudado de un veterano de la guerra como fue el padre de Eric, tuvo que ingresar a su hijo en un internado para poder trabajar; Idle dirá con los años que por supuesto el entorno era abusivo y logró evadirse gracias a acostumbrarse a tratar con niños: “Y seguir adelante con la vida en circunstancias desagradables, ser inteligente, divertido y subversivo respecto a la autoridad. Un entrenamiento perfecto para Monty Python”. Los tres recorrieron los pasillos de Cambridge entre murmullos y risas para salir a compartirlas con el resto de los mortales. Por su lado, Terry Jones, que había nacido en Gales en 1942, ingresó a Oxford para estudiar Inglés (el equivalente a la carrera de Letras en nuestro país) mientras Michael Palin (Yorkshire, 1943) hacía lo propio en Historia en la misma facultad. Por su lado, Terry Gilliam (Minnesota, Estados Unidos, 1940) estudió Ciencia Políticas pero siempre será recordado por ser quien con tanta maestría supo recortar esos collages surrealistas que acompañan a los Python en cada una de sus obras.

Tras diversas y extensas labores con otros artistas del género, los seis finalmente coincidirán en la propuesta de hacer Monty Python’s Flying Circus. Su primera característica, lo más llamativo de aquellos primeros sketches era la falta de final, no había remate, nada, ni mu. Todos ellos escritores y guionistas veían la dificultad de muchos pares a la hora de terminar una sección de humor así que decidieron no hacer nada al respecto. Así, sin más. Todos estamos familiarizados con los estos sketches y lograr ver que se hicieron películas -esto es: tiempos aún más extensos con estos locos haciendo y diciendo sinsentidos hasta reír del dolor de estómago-, es entender que el humor en la Gran Bretaña sea un tópico tan grande. Muchos y destacados actores y guionistas hacen gala de mil y una serie desde hace décadas y han dado al mundo un sacudón frente al stiff upper lip que siempre se caracteriza al Briton. Rowan Atkinson, Peter Sellers, Miranda Hart, Peter Cook, Ricky Gervais, Catherine Tate, Lee Mack, Mike Myers os nombres para que busquen y vean la herencia de Cleese & cy. Series como Only Fools and Horses, Absolutely Fabulous, Porridge, The Mighty Boosh, The It Crowd o Little Britain son garantías de risas absolutas gracias a esa primera semilla de los Python. El humor inteligente que se reía de todo y todos pero primero de sí mismo: un ataque a la idiosincrasia flemática sin pelos en la lengua. No se salvaba nadie: los conservadores, ni la familia real, ni la burguesía y hasta el proletariado: por igual todos eran llevados a las risas. Así conquistaron a una isla entera y salieron al mundo para hacer lo mismo.

Cleese puede ser el favorito de muchos (en términos estrictamente actuales y fútiles, en Twitter tiene casi seis millones de seguidores cuando sus compañeros están muy lejos de ésto), gracias a su porte, sus personajes siempre tan circunspectos, o su maravilloso Sir Lancelot en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores. La serie post Python, Fawlty Towers, fue un éxito arrollador. Por su lado, Chapman representa el costado más doloroso de la historia de estos genios: alcohólico y primero, un escondido homosexual, no pudieron de todos modos romper su talento. Esos personajes tan autoritarios y estrictos que representaba hacían estallar a la audiencia. Amigo de Keith Moon y de Ringo Starr, tuvo el funeral más divertido de la historia, vencido por un cáncer. Poco antes de morir había hecho una última aparición y fue en un video musical de Iron Maiden (búsquenlo en Can I Play with Madness?). Tal su ingenio.

Se mantienen hoy día y ya en su madurez con la misma acidez de siempre: “Trump es más gracioso que los Python”, dice Gilliam. Pocas garantías de pasar un gran momento como sentarse a ver La Vida de Brian o El Sentido de la Vida, esas películas que llevan al extremo la estupidez y se ríen de eso. También lo son los films que ha dirigido Gilliam tras su paso por los Python: Brazil o 12 Monos aunque Jabberwocky es mi favorita.

En su página oficial, Monty Python anuncian su llegada a Netflix, qué agregar más que bienvenidos y gracias.

 

 

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Escribiendo Londres: Guía cultural por la capital inglesa

“Este cosmos circular del que el hombre es Dios

Posee soles y estrellas de verde, dorado y rojo,

Y nubes de humo que sobrevuelan las alturas,

Ocultando su cielo de hierro”.

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“Este cosmos circular del que el hombre es Dios

Posee soles y estrellas de verde, dorado y rojo,

Y nubes de humo que sobrevuelan las alturas,

Ocultando su cielo de hierro”. Chesterton, La estación de King’s Cross.

Una ciudad que ha inspirado a nativos y a visitantes, por su arquitectura, su riqueza histórica y cultural, por sus parques tan verdes y la cordialidad de sus habitantes, bien merece su paseo literario. ¿Qué no se ha dicho y escrito sobre Londres? Lo cierto es que una urbe que se reinventa en tiempos cíclicos tan acelerados, siempre tendrá una nueva palabra, un nuevo libro, una nueva sensación a describir. Ya fuimos de compras por Covent Garden, ya nos metimos en todos los pubs de Camden Town, ¿ya tomaron el té en el Claridge? you should, dear, así que es hora de hacer honor a las grandes plumas que pisaron estas calles. Paraguas en mano, eso sí: en algún momento del día va a llover.

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Charing Cross es una zona ideal para empezar: sus famosas y antiguas librerías parecieran no tener fin. Cruzar por Picadilly Circus y quizá tomar un té en el Hotel Cafe Royal (porque sí o sí hay que tomar el té y bien a la inglesa: con leche y azúcar) donde Wilde, D.H. Lawrence, George Bernard Shaw y Virginia Woolf solían hacer lo propio.

De rigor, el visitante cruzará por el Palacio de Buckingham, el Big Ben y el increíble Westminster Abbey. Una vez ahí, habrá que asomarse hasta la Esquina de los Poetas y rendir homenaje a los ahí enterrados: Lord Tennyson, Rudyard Kipling, Geoffrey Chaucer y Dickens. También están los memoriales de las hermanas Brontë, Jane Austen y Oscar Wilde. Fue Kipling quien escribió en sus Siete reglas para vivir en Londres: “”Nunca comas bollos, ostras, bígaros o caramelos de menta en un autobús. Molesta a los demás pasajeros. (…) Evita trasnochar, el salmón encurtido, las reuniones públicas, los cruces abarrotados, las alcantarillas, los carros de agua y comer demasiado”. Tomen nota.

El mismo Lord Byron, el gran poeta del romanticismo, pasó cuatro años de su vida allí y sus pasos quedaron marcados. Tanto, que por 5 libras la Byron Society te lleva a recrearlos por las calles que caminó. También puede uno ir solito su alma hasta el pituco barrio de Chelsea, asomarse por la Tite Street, llegar hasta el 34 y deslumbrarse con la fastuosa fachada del edificio de departamentos donde vivió Oscar Wilde (vivienda que perdió tras el juicio contra el Marqués De Queensberry, el padre de su amante Lord Alfred Douglas quien lo había acusado de homosexual). Dijo Wilde: “El hombre que puede dominar una conversación en Londres puede dominar el mundo”. En Adelaide St, cerca de Trafalgar Square, pleno centro turístico, se encuentra un monumento en homenaje al escritor irlandés donde uno puede sentarse en el banco y analizar -con él, por qué no- su frase que lo decora: “Todos estamos en la alcantarilla pero algunos miramos las estrellas”.

El famoso The George Inn está ubicado en el 77 de Borough St, un pub que data del siglo XVI y se sabe han pasado por ahí desde el mismo Shakespeare (habrá urdido ahí alguna de sus composiciones, se pregunta el visitante) hasta Charles Dickens (quien lo nombra en su Pequeña Dorrit).

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Pocas caminatas más placenteras que por el Soho, sus callecitas angostas, llenas de pubs, librerías y coloridos sex shops por igual… En Dean Street, una de sus calles más transitadas, destaca la French House, un pub donde Brendan Behan y Dylan Thomas se daban cita para beber y, seguramente, hacer gala de su bohemia. De hecho, una anécdota muy colorida de la vida del poeta galés ocurrió entre estas paredes: el manuscrito de La Vía Láctea quedó allí olvidado y la BBC corrió en su búsqueda. Ahí estaba, así que tranquilos. Sabido es el amor de Dylan Thomas por el alcohol, así es como varios pubs fueron escenario de sus paseos y charlas. El Fitzroy Tavern -así denominado por el distrito donde se encuentra, Fitzrovia-, por ejemplo, también acogía a George Orwell y llegó a ser el el lugar favorito de los artistas e intelectuales ingleses de las décadas del 30 y del 40. Aún hoy conservan los cuadros de estos dos escritores.

Y la fastuosa casa de cuatro pisos de Charles Dickens donde vivió entre 1837 y 1839 es hoy un museo, lo cual le da una intimidad particular: sus objetos allí exhibidos… pareciera tener a mano su fraternidad. En el 48 de Doughty Street se puede pasear y apreciar sus plumas con las que escribía, la pequeña cama donde dormía y hasta alguna prenda (además, hay un barcito pequeño al lado donde hacen unas tortas de limón que son una locura). Esto es en Holborn, muy cerca del Museo Británico. Dijo Dickens en su Diccionario de Londres: “Cuando reflexiono sobre el pasado de esta enorme metrópolis, me parece asistir al desarrollo de una espectacular obra de teatro en la que los actores son reyes, reinas, príncipes, nobles, prelados, genios, poetas, filósofos, estadistas y soldados”.

Ian McEwan, Julian Barnes, Martin Amis, Clive James y mucho antes que ellos Dickens, disfrutaron de sus pintas en Pillars of Hercules, en el Soho también, el 7 de Greek St

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El Londres de Virginia Woolf ya es de una belleza única desde la propia concepción de la escritora: su casa natal en el 22 de Hyde Park Gate en el exquisito barrio de Kensington lo deja a uno sin respiro. Muerto su padre, Woolf comienza con sus cuadros de depresión y la familia se muda al 46 en Gordon Square de Bloomsbury donde dará comienzo justamente al grupo que bajo ese nombre, reunía a intelectuales de Cambridge. Tras su primera internación en Twickenham luego de una severa crisis mental, se instala con su marido en el también exclusivo barrio de Richmond donde fundarán juntos la imprenta y editorial para publicar a los del grupo de Bloomsbury (aún funciona como tal). Finalmente dejará Londres para instalarse en Sussex donde tras varios intentos de suicidio, lo logrará. “Las calles de Londres tienen su mapa, pero nuestras pasiones están inexploradas… ¿con qué se puede encontrar uno si da vuelta a la esquina?”, escribió Virginia Woolf sobre su ciudad.

Traditional Victorian brick houses in London Kensington

Apenas ésta una muestra de la vasta alfombra cultural que se extiende en Londres. Y cómo no emocionarse sabiendo que está uno parado en esos espacios tan emblemáticos que forjaron no sola una sociedad, sino un mundo al que dedicaron sus letras, su música, su arte todo. Y lo mejor de todo es que todo es despojados de solemnidades e intenciones flemáticas: está inmerso en un ambiente de color y novedosos conceptos que invitan a caminar y disfrutar de este núcleo urbano como resulta la capital inglesa, si no la que más, al menos una de las tres urbes más interesantes del planeta.

“Haymarket es un distrito que de noche frecuentan las prostitutas a millares (…). Es una experiencia aterradora estar en medio de esa gente, ¡Y qué amalgama! Hay mujeres viejas, y otras tan hermosas que le hacen detenerse a uno, boquiabierto. La verdad es que las inglesas son las mujeres mas bellas del mundo”, Fiodor Dostoievski, Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863).

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