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Próvocame, Corré, provócame

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Vivienne Westwood y Malcolm McLaren son los padres del punk, su estética y de Joseph Corré. Corré es el diseñador y dueño de Agent Provocateur. Para saber quiénes son Westwood, McLaren, Corré y la marca de ropa interior más atrevida y delicada de todas, sigan leyendo: se van a maravillar.

Soho londinense. Mil y una vueltas por esas callejuelas atiborradas de librerías, disquerías, sex shops, mercados de frutas, negocios de ropa vintage, entre Leicester Square y Charing Cross. El visitante, extasiado, no puede dejar de notar al doblar por Broadwick Street, ese local pequeño con un escaparate lleno de maniquíes sexies que invitan a entrar. Agent Provocateur reza en la puerta. Oh, provocador, claro que sí, embriagador. El perfume, las empleadas –dignas modelos- y la oferta en ropa interior y accesorios, no pasan desapercibidos. Una vez adentro, armarse de paciencia, elegir con cautela y preparar la tarjeta bancaria: no hay vuelta atrás.

Pero a no desesperar: hay cien tiendas más en trece países –que lamentablemente no incluye el nuestro-. Aunque la de Broadwick St tiene algo especial: fue la primera en abrirse en el año 1994. Ahí, nuestro héroe, Joseph Corré y quien era su esposa en aquellos tiempos, Serena Rees, apostaron por una marca que es sinónimo de lujuria y buen gusto.

Qué cuál es la importancia de una linda lingerie no es el tema a discutir ya que todos lo sabemos. Da confianza a quien la lleva: enjutadas en un corset, las mujeres dominan al mundo (y a los hombres). La lencería es fundamental a la hora de calzar una buena ropa y, por supuesto, a la hora de la seducción. Desde la década del 50 y de la mano de las pin ups, las braguitas y los sostenes llegaron para sacudir morbos. De esta manera, la moda también focalizó en este campo y miles de modelos y géneros van variando y sumando nuevos diseñadores.

Agent Provocateur se destaca sobre las demás marcas más afamadas (léase Victoria Secret, La Perla, Claire Pettibone, Bluebella, etc.) por su estética refinada, la elección de telas exclusivas y su intención de crear a la femme fatale sin distinción de mujeres. Así, no se limita a la ropa interior: se extiende a la ropa de dormir (pijamas y camisones de ensueño, propiamente), ropa de noche, medias únicas, trajes de baño (una colección infinita de bikinis, trikinis y enterizas), novias, accesorios (y puede ser éste el ítem más fetichista: boas, látigos, chokers, tacones, pezoneras, máscaras, guantes, etc.) y sus fragancias.

Los perfumes merecen un párrafo aparte. La nariz detrás de estos aromas es Christian Provenzano, afamado perfumista de grandes marcas, y en las variedades entre Fatale Intense, Fatale Pink, Fatale Black, Maitresse y el clásico AP Signature, se adivinan notas de angélica, pimienta rosa, ylang-ylang, palisandro, jazmín, geranio, nardos, rosa de mayo, almizcle, ládano francés, sándalo, ámbar, incienso, mirra y un eterno y embriagador etcétera. Resumiendo: el combo perfecto. La lingerie más sexy y el perfume adecuado son todas las armas que necesita una mujer que se precie para el combate más romántico.

Las modelos, actrices y cantantes más singulares han sido la cara de la marca que nos acomete. Primero y primera, la rebelde, la rara, la única Kate Moss ha protagonizado los videos más atrevidos para AP. Naomi Campbell, Kylie Minogue, la infartante Melissa George, Mónica Cruz (la hermana de la Pé), esa vikinga que resulta la danesa Helena Christensen, la baterista de punk rock Alice Dellal, Paz de la Huerta; la mujer de Mark Ronson, Josephine de la Baume y la actriz Maggie Gyllenhaal (que ya comió ratones en la sadomasoquista “La Secretaria”) entre otras tantas bellas féminas.

Family values, my ass

Corré está familiarizado con el mundo de la moda y el diseño desde pequeño. Su madre, la excéntrica Vivienne Westwood, la madrina del punk, lo llevaba en brazos hasta Sex (más tarde renombrado Seditionaries), su negocio en King’s Road donde vestía a los teddy boys de los setenta. Su padre, el recordado y polémico Malcolm McLaren, era en esos días el manager y creador de los Sex Pistols; aunque más que de la banda propiamente, de su estética plagada de alfileres de gancho y telas escocesas.

Joseph nació en el novelesco y romántico barrio de Clapham (escenario principal de The end of the affair de Graham Greene) en 1967, fruto de esta unión entre estetas, y el apellido elegido para nombrarlo fue Corré, por su bisabuela paterna, una judía sefaradí de Portugal. Este emprendedor joven devenido magnate y gran hombre de negocios, es también como su madre y la herencia sanguínea punk, activista de una causa tan noble como el cambio climático y su devastadora consecuencia en el ecosistema que nos ocupa. Aún hoy divorciado de Reese tras tener un niño y una niña (Cora Corré, hoy con 17 años y modelo de su rebelde abuela), continúan con el negocio familiar. Porque si bien la familia no es lo primero en el núcleo Westwood-McLaren, la tradición marca otra cosa. “Malcolm me hacía creer que yo era una estúpida”, cuenta la dama Vivienne; “Despareció cuando yo era joven”, continúa su hijo, “pero hicimos las paces poco antes de su muerte en Suiza” (en abril de 2010). “Me volvía loca, me peleaba cada día. En realidad no tenía que destacarme que era yo una estúpida, así me sentía por estar a su lado. Era muy parecido al Johnny Rotten de esos días: cruel y demandante. Y así se comportaba con nuestro hijo, inclusive cuando Joe era aún un niño pequeño”. Habiendo amasado una fortuna como empresario del rock y hasta como artista, no dejó un centavo para Joseph Corré en su testamento.

Fracking hell

Que qué es el fracking, te preguntarás, lector. Pues el fracking es el nuevo enemigo del ecosistema. Sus defensores dirán que es una técnica que responde a la demanda (¡enorme!) de energía con recursos más limpios que el carbón pero la realidad es que la metodología resulta un grave riesgo para la salud y el medioambiente. No resulta una nueva materia en combustibles sino una sangrienta herida en nuestro vapuleado territorio. El fracking, esta extracción de gas mediante fracturación hidráulica impacta fuertemente en los Estados Unidos (a nivel tal que podrían lograr la autosuficiencia energética para el 2035). Pero ya está prohibido en Francia, por ejemplo, y hasta en el propio estado de Nueva York, y estaría siguiendo el mismo curso en el Reino Unido gracias a esa guerrera ecológica que resulta Vivienne Westwood y su propio hijo. Joe Corré no solo viste deidades, también se ocupa de mejorar (o no seguir empeorando, como en estas circunstancias) el lugar donde vivimos. Para eso, madre e hijo organizan uno y mil eventos mostrando sus creaciones sostenibles hechos de materiales reciclados. “Es el problema más urgente en este momento,” se lamenta Corré: “Estamos en pleno proceso de cambio climático. El 80 por ciento de los combustibles fósiles conocidos tienen que permanecer en el suelo con el fin de evitar un cambio climático catastrófico. Así que toda la idea de buscar más combustible fósil es sólo un paso de gigante hacia el abismo”.

“Es algo que va a afectar a todo el mundo”, continúa, “El gobierno no tiene mandato democrático para ponerlo en práctica y no tienen una licencia social tampoco. El apoyo más importante proviene de empresas que no pagan impuestos aquí en Inglaterra. Se puede pagar mucho dinero en concepto de indemnización, pero no se puede conseguir ni por lejos el tipo de valor que va a potencialmente destruir el mundo entero”. El hijo pródigo del punk es un ferviente creyente del poder individual: “Tomamos decisiones todos los días: cómo viajar al trabajo, qué comer, lo que leemos, cómo gastar nuestro dinero. La gente tiene el poder. Las compañías solo se preocupan cuando empiezan a perder plata”.

Esta conciencia social arrastra a su madre, embajadora de Greenpeace, y al resto de su familia: sus medios hermanos Ben y Joe. “Cuando era niño, mi padre era un estudiante de arte y mi madre, una maestra de escuela. Eran los sesenta”, recuerda Corré, “Luego ocurrió el punk rock y nos volvimos los enemigos públicos número uno en muchos sentidos. Desde ese punto, siempre fui consciente de lo que ocurría en el mundo: crecí desconfiando del gobierno y eso me vino siempre muy bien”.

En junio de 2007, Joe Corré rechazó su MBE (Member of the British Empire), un premio que destaca a miembros de las artes y la cultura. Por sus servicios a la industria de la moda, fue destacado para recibir el honor y lo rechazó en protesta a la invasión británica a Irak y su Primer Ministro Tony Blair. Un punk rocker con todas las letras.

Entre semejante declaración sumado a su exquisito gusto de vestir mujeres para desvestir después, amamos a Joseph Corré.

En la net: agentprovocateur.com

En Twitter: @TheMissAP

En Instagram: instagram.com/themissap

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Reseña literaria: Post punk not dead

Touching from a Distance – Ian Curtis y Joy Division

Deborah Curtis

Dobra Robota, 2017

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Touching from a Distance – Ian Curtis y Joy Division

Deborah Curtis

Dobra Robota, 2017

 

*La policía me pidió que identificara el cuerpo pero finalmente aceptaron que lo hiciera mi padre. Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho. Me quedé esperando en el auto, todavía muy en shock como para poder llorar aunque no para darme cuenta de que sí, como aquel viejo cliché, el sol continuaba brillando y la brisa seguía soplando. Era un día hermoso. Las hojas verdes sobre Barton Street zarandeadas contra un cielo azul, muy azul. Por última vez a Ian y a mí nos llevaron en direcciones opuestas. Luego me enteraría que durante la requisa, Kevin Wood y otro joven de la zona habían intentado descolgar a Ian antes de que llegara la policía. Habrá sido una experiencia horrorosa porque no teníamos cuchillos filosos en casa”, escribe la esposa de Ian Curtis en esta -de rigor- biografía aunque más es una crónica sobre su vida junto al cantante de Joy Division. Una narrativa que atrae desde la historia misma: Joy Division, el grupo mancuniano que sobresalió como pocos; Ian Curtis y su suicidio.

Sin pretensiones, apartada de los análisis desde sociales hasta filosóficos de una Viv Albertine en Ropa Música Chicos (Anagrama, 2017), Deborah Curtis apela a un estilo simple pero que mantiene a lo largo de todo el libro sin crear huecos en el texto. No aburre, la épica es el mismo sustrato del que se nutre. Sincera, íntima, abrumada, Deborah Curtis -que sigue usando su apellido de casada- no recurre a golpes bajos, no tiene esa necesidad. Una banda que finalmente parecía que alcanzaría su merecido reconocimiento (una gira por Estados Unidos era lo mejor que podía pasarle a unos chicos de pueblo inglés) se ve aplastada por la muerte del cantante. Algo que todos ya intuían (las declaraciones de Peter Hook mechadas a lo largo de todo Touching from… son reveladoras) pero nadie quería dar crédito. “Me arrepiento profundamente de no haberlo hecho”, dice su viuda con respecto al reconocimiento del cuerpo y quizá haya exorcizado fantasmas escribiendo este relato, echando un poco de luz frente a tanta oscuridad. Estas memorias escritas originalmente en 1995 cuentan en la edición local con un prólogo del mismo Jon Savage, periodista especializado en música, gran crítico y autor de muchos libros contraculturales, quien dice muy acertadamente que este ejercicio de escritura de Deborah Curtis debe ser una manera de cerrar una herida que lleva tantos años abierta.

Las obsesiones de Curtis, sus temores (¡enormes!), dudas y desamparos, sus inquietudes y también las ¿alegrías?, no, tanto, no, apenas momentos de rebuscada paz, están detalladamente contadas en este volumen. Esta intención de vivir una vida normal con una afección como la epilepsia que sufría no pueden tener un punto en común. Puede leerse, interpretarse como una existencia monocromática -quizá gris, quizá negra como la negación del color o quizá blanca- pero una iconografía bien delineada, una identidad tal que logra hacer entender por qué aquel mayo de 1980 decidió partir. No es menor el detalle del ahorcamiento, un joven de veintitrés años, estrenando calidad de padre de la pequeña Natalie, se suicida acaso creyendo así matar a sus espectros. Esos que tanta sombra le habían dado a lo largo de su corta subsistencia. Acá se lo adivina un tipo complicado, desordenado, celoso y cruel, muy cruel; primero consigo mismo pero sin resultarle suficiente pues para con los demás. Un antihéroe, así lo pinta la mujer que estuvo a su lado los últimos años de su vida, y también un pobre hombre que no pudo-supo.quiso cargar con el peso de, como veía y consideraba, una sociedad impía e injusta, un mundo insoportable. Su infidelidad no está narrada como una pasada de factura ni mucho menos venganza, sí como parte de una personalidad poco heroica, nada gloriosa. Deborah Curtis pasaba sus días preocupada por el trabajo, la familia y las cuentas a pagar mientras él se hundía muy rápidamente empujado por sus demonios, cada vez más grandes, cada vez más sádicos. La vida (y la muerte) de Ian Curtis cuenta con todas las herramientas primarias y el argumento latente que opera en el imaginario sobre un músico abatido, un poeta del desánimo. Quien podía estimular e incitar las transformaciones del proceso de creación se vio derrumbado frente a su propio yo. Recurrimos a estos textos sedientos de poder clarificar las relaciones entre los distintos pensamientos y manifestaciones de lo humano pero frente a esa imposibilidad nos vemos afectados por el síntoma, siempre tardío y nunca a tiempo, de algún fenómeno que guiña a la depresión con sonrisa socarrona. La entrega a la ira y la desazón de Ian Curtis, su animalidad, se impusieron y el arte no le fue suficiente.

Esta edición cuenta con una traducción local, casi rioplatense, que por momentos desluce la verdadera intencionalidad de la autora además de, quizá, una falta de notas al pie que contextualicen sobre todo, la época, esas décadas del sesenta y del setenta tan difíciles en Inglaterra y tanto tienen que ver con la oscuridad de nuestro protagonista.

¿Es acaso el hombre, Ian Curtis, un eslabón antrópico necesario en la cadena metafísica superior? Touching from a Distance no responde a la retórica, la refuerza, de ahí la necesidad de leer este libro que logra lo que toda narrativa debiera: un constante cuestionamiento.

 

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Monty Python o el arte de hacer reír desde la inteligencia

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Lo peor de tener que escribir sobre los Python es que en el afán periodístico de investigación (?), uno se pierde entre los miles de vídeos sobre ellos y así pueden pasar miles de horas… Irreverentes, anárquicos, no en vano resultan el combo humorístico más grande de toda la Gran Bretaña que se hizo extensivo al resto del mundo. Los ingleses John Cleese, Graham Chapman, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin además del norteamericano Terry Gilliam son los responsables de tantas carcajadas. Genios de la sátira y dueños del surrealismo en el humor. Una premisa existencial debería tener que ver con poder tener la capacidad emocional de reírse de uno mismo, de aceptarse un bufón para lograr cierto grado de entendimiento, de intelecto. No es casual que alumnos de las dos universidades más prestigiosas de Inglaterra hayan cruzado sus caminos. Chapman, Idle y Cleese coincidieron en Cambridge mientras Jones y Palin se conocieron en Oxford y todos formaban parte de los grupos de teatro estudiantil. De hecho, estando de gira con el suyo, John Cleese dio con Terry Gilliam en Nueva York. La magia ya estaba hecha: los seis grandes del humor comienzan a trabajar juntos.

John Cleese (nacido en Somerset en 1939) quizá ya tenía el gen de la ocurrencia: su padre transformó su apellido original, Cheese (queso en inglés), por Cleese que en contraposición a una armónica cacofonía les quitaría el estigma del chiste fácil en la escuela al pequeño John. Chapman (Leicester, 1941 – Maidstone 1989) estudiaba medicina en Cambridge y dejó la carrera para meterse de lleno con los Python. Idle (Durham, 1943) es hijo de una enfermera que habiendo enviudado de un veterano de la guerra como fue el padre de Eric, tuvo que ingresar a su hijo en un internado para poder trabajar; Idle dirá con los años que por supuesto el entorno era abusivo y logró evadirse gracias a acostumbrarse a tratar con niños: “Y seguir adelante con la vida en circunstancias desagradables, ser inteligente, divertido y subversivo respecto a la autoridad. Un entrenamiento perfecto para Monty Python”. Los tres recorrieron los pasillos de Cambridge entre murmullos y risas para salir a compartirlas con el resto de los mortales. Por su lado, Terry Jones, que había nacido en Gales en 1942, ingresó a Oxford para estudiar Inglés (el equivalente a la carrera de Letras en nuestro país) mientras Michael Palin (Yorkshire, 1943) hacía lo propio en Historia en la misma facultad. Por su lado, Terry Gilliam (Minnesota, Estados Unidos, 1940) estudió Ciencia Políticas pero siempre será recordado por ser quien con tanta maestría supo recortar esos collages surrealistas que acompañan a los Python en cada una de sus obras.

Tras diversas y extensas labores con otros artistas del género, los seis finalmente coincidirán en la propuesta de hacer Monty Python’s Flying Circus. Su primera característica, lo más llamativo de aquellos primeros sketches era la falta de final, no había remate, nada, ni mu. Todos ellos escritores y guionistas veían la dificultad de muchos pares a la hora de terminar una sección de humor así que decidieron no hacer nada al respecto. Así, sin más. Todos estamos familiarizados con los estos sketches y lograr ver que se hicieron películas -esto es: tiempos aún más extensos con estos locos haciendo y diciendo sinsentidos hasta reír del dolor de estómago-, es entender que el humor en la Gran Bretaña sea un tópico tan grande. Muchos y destacados actores y guionistas hacen gala de mil y una serie desde hace décadas y han dado al mundo un sacudón frente al stiff upper lip que siempre se caracteriza al Briton. Rowan Atkinson, Peter Sellers, Miranda Hart, Peter Cook, Ricky Gervais, Catherine Tate, Lee Mack, Mike Myers os nombres para que busquen y vean la herencia de Cleese & cy. Series como Only Fools and Horses, Absolutely Fabulous, Porridge, The Mighty Boosh, The It Crowd o Little Britain son garantías de risas absolutas gracias a esa primera semilla de los Python. El humor inteligente que se reía de todo y todos pero primero de sí mismo: un ataque a la idiosincrasia flemática sin pelos en la lengua. No se salvaba nadie: los conservadores, ni la familia real, ni la burguesía y hasta el proletariado: por igual todos eran llevados a las risas. Así conquistaron a una isla entera y salieron al mundo para hacer lo mismo.

Cleese puede ser el favorito de muchos (en términos estrictamente actuales y fútiles, en Twitter tiene casi seis millones de seguidores cuando sus compañeros están muy lejos de ésto), gracias a su porte, sus personajes siempre tan circunspectos, o su maravilloso Sir Lancelot en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores. La serie post Python, Fawlty Towers, fue un éxito arrollador. Por su lado, Chapman representa el costado más doloroso de la historia de estos genios: alcohólico y primero, un escondido homosexual, no pudieron de todos modos romper su talento. Esos personajes tan autoritarios y estrictos que representaba hacían estallar a la audiencia. Amigo de Keith Moon y de Ringo Starr, tuvo el funeral más divertido de la historia, vencido por un cáncer. Poco antes de morir había hecho una última aparición y fue en un video musical de Iron Maiden (búsquenlo en Can I Play with Madness?). Tal su ingenio.

Se mantienen hoy día y ya en su madurez con la misma acidez de siempre: “Trump es más gracioso que los Python”, dice Gilliam. Pocas garantías de pasar un gran momento como sentarse a ver La Vida de Brian o El Sentido de la Vida, esas películas que llevan al extremo la estupidez y se ríen de eso. También lo son los films que ha dirigido Gilliam tras su paso por los Python: Brazil o 12 Monos aunque Jabberwocky es mi favorita.

En su página oficial, Monty Python anuncian su llegada a Netflix, qué agregar más que bienvenidos y gracias.

 

 

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Un recorrido por la Brixton Academy y su barrio

El sur de Londres conserva un encanto particular: no hay turistas. Entre los barrios que se amontonan bajo el Támesis, Brixton en el municipio de Lambeth es probablemente el que contiene una reputación única de resistencia y una historia rica en asentamientos de inmigrantes lo que le otorga un color particular.

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El sur de Londres conserva un encanto particular: no hay turistas. Entre los barrios que se amontonan bajo el Támesis, Brixton en el municipio de Lambeth es probablemente el que contiene una reputación única de resistencia y una historia rica en asentamientos de inmigrantes lo que le otorga un color particular. Además, es el lugar donde nació Bowie. Cuánto más se puede agregar. Ah, sí: la Brixton Academy en el 211 de Stockwell Road, el lugar por donde pasaron -y siguen pasando- las grandes bandas, que además fue comprado por -atención- una libra. Vean qué inusual historia.

No solamente es Brixton una excelente opción a la hora de elegir dónde vivir en la capital inglesa sino que de paseo, auriculares clavados y calzado urbano en los pies, tomar la Victoria line del tube y bajarse en la última estación. Realmente habrán llegado a un Londres desconocido, lejos del ruidoso Camden o del acartonado Notting Hill, Brixton tiene peso específico propio y una identidad que pocos otros sitios han moldeado. Después de todo un día entre su mercadillo y la oferta culinaria (vastísima gracias a los jamaiquinos que allí se establecieron cuando pasaron a ser parte de la Commonwealth), es hora de ir a la Brixton Academy por fin. No importa quién toque: hay que ir. El emblemático edificio, un viejo cine remodelado -el Astoria, que data de 1929-, lleva oficialmente el nombre de O2 Academy y es si no la que más, una de las importantes salas de conciertos del país. Un desconocido Simon Parkes, un joven que contaba 23 años en 1983, se convirtió en el dueño de un desvencijado espacio que había pasado por miles de manos y distintos proyectos que fracasaron. “Durante los años que fui dueño del Brixton Academy me pasó de todo: me apuñalaron, me atacaron con gas lacrimógeno, recibí amenazas de bomba por parte del IRA y me apuntaron con armas más de una vez. Pero también organicé los mejores conciertos de Inglaterra durante década y media y lo mejor de todo es que compré el lugar por tan sólo una libra”, cuenta orgulloso. Y no es para menos, había logrado convencer a los antiguos propietarios que a cambio, vendería durante una década la marca de cerveza que ellos fabricaban. “Era un riesgo enorme, continúa, Si esto fracasaba, me culparían de los millones gastados en reparaciones del edificio, pero pensé: ‘A la mierda, de todas formas no tengo dinero. No pueden quitarme nada si no hay nada que puedan quitar’. Además, a esas alturas ya me habían rechazado de todos los lugares grandes de Londres. Sabía lo que se necesitaba para organizar un buen concierto de rock y estaba totalmente seguro de que organizaría los mejores conciertos que la ciudad hubiera visto”. Y no se equivocó.

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Pero no solo le esperaban mil y un arreglos sino que había otra cuestión: Brixton era un barrio de los más peligrosos así que comenzó por lo “local”. Fueron primero conciertos de reggae a partir de la población del lugar para finalmente al años siguiente The Clash le dio la identidad que necesitaba el espacio. Joe Strummer decide apoyar la huelga minera que azotaba al país y duró más de un año y realiza una serie de shows que contó con la presencia de los trabajadores y la escena punk: “Nuestro mayor logro fueron The Clash. En 1984, justo durante la huelga de los mineros, el político, sindicalista y más tarde fundador del Partido del Trabajo Socialista, Arthur Scargill, quería hacer un gran concierto a beneficio de sus seguidores. Las salas más populares no querían que se les relacionara con eventos de ese tipo pero nosotros estábamos hechos para eso. The Clash tocó tres noches seguidas en un lugar lleno de mineros enojados. Fue algo increíble. Después de eso, nuestro lugar se convirtió en la sala para las causas políticas o para las bandas que iban en contra de lo establecido. Tuvimos a Paul Weller con The Style Council tocando para Nicaragua, Edwyn Collins anunció la ruptura de Orange Juice durante otro evento de mineros y el último concierto de The Smiths fue en nuestro lugar con Artists Against Apartheid”. Fuerte el aplauso para Parkes.

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Así transcurrió la década del 80, viendo cómo cambiaba la fisonomía del barrio por un lado y cómo crecía la sala por su apuesta. El acid house y las raves sacudían la isla toda y Brixton Academy fue el primer lugar de Gran Bretaña en conseguir una licencia de apertura por toda la noche. “En 1989 parecía que todo el Reino Unido se había vuelto loco por el acid house. Durante el segundo verano del amor, los policías daban imagen de idiotas al no poder controlar a los raveros, chicos que tomaban pastillas y vestían remeras enormes. Esto me dio una idea y le hice una oferta a la policía. ‘Tienen problemas con las raves ilegales, les dije, pero yo tengo la solución: legalizarlas. Dénme un permiso para abrir toda la noche y así controlarán a todos los raveros que asustan a la gente que sale a la calle por la mañana para ir a trabajar’. Una vez más, quedé perplejo cuando me aprobaron la idea y me salí con la mía. Me dieron la primera licencia en Inglaterra para trabajar hasta las seis de la mañana y las primeras raves legales se celebraron en mi local. Fue un éxito inmediato y yo no podía creer estar al frente del movimiento musical más emocionante de la década”. También convocaron a bandas americanas en pleno auge del grunge: Pavement, Sonic Youth, Pixies y Nirvana tocaron en ese escenario. Pero no todo fueron historias con happy ending en absoluto. La incipiente depresión de Kurt Cobain no vaticinó un final tan violento: su suicidio sorprendió a fans… y promotores. Habían vendido cuatro shows en el bendito recinto próximos a realizarse con sold out absoluto. Cuenta el mismo Parkes: Kurt Cobain estuvo a punto de llevarme a la quiebra. En abril de 1994 programamos las primeras cuatro fechas del tour europeo de Nirvana, las cuales estaban totalmente vendidas. El 8 de abril casi sufro un infarto cuando leí el periódico: habían encontrado el cuerpo de Kurt con un impacto de bala en la cabeza. No solo siempre fui un gran fan de Nirvana sino que cuatro fechas canceladas significaba tener que reembolsar 250 mil libras, un número que nos podía hundir. Esa tarde me entrevistaron de una radio para que hablara al respecto y casi sin darme cuenta dije: ‘Es increíble, muchos fans de Nirvana de todo el mundo nos han llamado porque quieren comprar las entradas para estas fechas que teníamos programadas. Gente de Estados Unidos y Japón nos ofrecen hasta cien libras por una entrada, todo como una pieza histórica’. No sé de dónde saqué eso pero mi historia de mierda comenzó a salir en los medios. Más tarde, realmente comenzamos a recibir llamadas de diferentes partes del mundo de gente que quería comprar entradas de ‘los conciertos que Kurt nunca llegó a tocar’. Tuvimos que contratar personal extra para contestar las llamadas. Al final, solo el 20% de los compradores devolvieron sus entradas y pidieron un reembolso. Por supuesto, vendimos las entradas que nos devolvieron. Mi impulso y esa pequeña estafa nos salvó de la quiebra inmediata pero la muerte de Kurt tuvo otros efectos que finalmente me llevarían a vender y abandonar el lugar por completo”. Luego pasó a manos privadas y hoy es una sociedad limitada. Grandes, irrepetibles momentos se han vivido entre esas paredes que acogen a casi 5000 personas: The Smiths se despidió de la escena en diciembre de 1986 y ese fue el escenario que pisaron juntos por última vez; Sex Pistols tocó cinco noches seguidas, lo mismo que Debbie Harry, Iron Maiden, Prodigy, The 1975 y Nine Inch Nails; las fiestas anuales de la NME se realizan ahí; Madonna pidió tocar ahí especialmente para presentar Music y lo transmitió en vivo (un concierto que tuvo casi diez millones de vistas). Algunos de los muchísimos artistas que grabaron sus discos durante sus recitales son Hole (su unplugged), Stiff Little Fingers, New Order, Atari Teenage Riot, los brasileños Sepultura, Gary Numan, los reyes del rockabilly Stray Cats, Moby, Kasabian, Pixies y siguen las grandes firmas. Además, tantísimos otros grabaron sus videos ahí.

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Mi primera noche en la Brixton Academy fuimos con mi querida Lex Carba de las Creme Brulle a ver Placebo, salimos, me llevó hasta el 44 de Stansfield Road, la casa que vio nacer a David Bowie (ella habÍa vivido a pocos metros). Pasaron más conciertos durante ese invierno y otros, parábamos con Richard y Chris en el Dogstar de Coldharbour Lane, nos íbamos a bailar a The Fridge y largo e incontable etcétera. We love Brixton!

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