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Lecturas Obligadas

¿Pete Doherty envuelto en un asesinato?

Más de diez años después de la muerte de Mark Blanco, un actor inglés, la policía vuelve a apuntar hacia el cantante de Babyshambles/The Libertines como sospechoso de estar relacionado con el hecho.

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¿Que qué pasó? Pues una noche helada en diciembre de 2006, Mark Blanco asistió a una fiesta en el piso del coqueto barrio de Whitechapel de Paul Roundhill, un autodenominado agente literario más conocido por ser parte de la fraternidad drogona más top de Londres. Pete Doherty, el ex-noviete de Kate Moss en su etapa más junkie estaba ahí ya que era amigo del anfitrión. Mark quiso invitar al rockstar a ver su nueva obra en escena, Muerte accidental de un anarquista del querido Dario Fo. Doherty no estaba del mejor humor esa noche y le pidió a Blanco que no lo molestara. Pero Mark insistió y Pete se enojó. De repente, el sombrero del actor estaba prendido fuego, le habían golpeado en la cara y lo habían echado a la calle, pero envalentonado por la bebida decidió volver. Según registran las cámaras apostadas en la calle, desde que Blanco subió nuevamente al primer piso y cayó desde el balcón habrían pasado 56 segundos. Porque un minuto después de haber vuelto al piso, Blanco estaba muerto en la calle.

Mel, una amiga francesa residente en Barcelona, vecina mía, conoció a Mark Blanco en un viaje rápido a París. Yo, que llevaba unos cuantos años viviendo en tierras catalanas, tuve la intención de volver a Londres, donde había residido previamente. Nos puso en contacto inmediatamente al grito de “Se ocupa de comprar, vender, coleccionar incunables, primeras ediciones muy antiguas, te morís”. Era la época del messenger y así nos hablamos un tiempo. Se disculpó porque a pesar de ser su padre de origen español, apenas si dominaba el idioma y me había prometido que una vez cara a cara intentaría algún diálogo pero a la hora del chat, pues en inglés duro y puro. Compartíamos el amor por la poesía de Keats y otros románticos, me contaba sobre algún ejemplar que había conseguido en sus viajes de placer/negocios, contemplábamos qué zonas de Londres eran más viables para que yo me instalara (insistía en llevarme a clubes de jazz en el East End cuando yo le decía que lo mío era más Buzzcocks en la Brixton Academy), y así, sin desmanes desde ya, con una corrección flemática intachable, transcurrían nuestros chats. Un domingo frío por la mañana desayunaba yo en un bareto del barrio del Borne barcelonés cuando leo en el periódico local La Vanguardia la noticia de la muerte de Mark y se me atragantó el croissant. Llamé a Mel inmediatamente que también quedó abrumada por la noticia. Cuando Mark me había contado que estaba por estrenar su primera obra como director, la de Fo, le dije que me maravillaba semejante empresa. El libro de Fo está basado en un hecho real ocurrido en Estados Unidos aunque al autor lo sitúa en la ciudad italiana de Milán: un ferroviario anarquista acusado de un atentado con bomba en la Piazza Fontana muere tras caer por una ventana de la comisaría donde estaba siendo interrogado por la policía. Mark Blanco, admirador de Fo, estaba exultante de poder representar esta obra donde el poder queda satirizado cuando un loquito histriónico hace de juez en la causa. Muerte accidental de un anarquista es uno de los gritos más fuertes que pegó Fo: la policía como evidencia de fracaso como sociedad, el poder a mano de enfermos psicopatológicos, el hoy tan trillado rol de los medios (una periodista cobra importancia cuando intenta investigar lo ocurrido) y el anarquismo como último recurso del romántico. La similitud con el final de Blanco es como mínimo, estremecedor.

Según las mismas cámaras apostadas en la calle, Doherty y compañía salen corriendo del edificio exactamente catorce minutos después de la caída de Blanco sin asomarse ni acercarse al cuerpo que seguía en la calle. La causa de su muerte sigue abierta y su familia toda, sobre todo la madre, Sheila Blanco buscan responsables de la muerte de Blanco y acusan directamente a Roundhill y a Pete Doherty. Roundhill admitió haberle pegado tres veces en la cara y haber prendido fuego el sombrero de Blanco. Johnny Headlock, otro de la troupe de Doherty, confesó haber matado a Mark pero inmediatamente se desdijo: “¡No maté a su hijo, no maté a su hijo!”, le gritaba a la madre durante el juicio. Un hermano de Blanco había muerto a causa de un suicidio y se intentó insinuar el mismo proceder pero diferentes investigaciones forenses lo han descartado. Entonces fue un asesinato, alguien empujó a Mark por el balcón. Seis meses después de la muerte, Pete Doherty volvió al departamento de Whitechapel para filmar un video promocional de su canción “The lost art of murder” (El arte perdido del asesinato), y ahí es donde declara que él considera que el salto de Mark fue “Una declaración artística”. “Doherty no se disculpó por haber huido saltando sobre el cuerpo de mi hijo”, declara Sheila, “él estaba en el departamento, Mark lo hizo enojar, algo sabe, algo vio. Pero continúa con su vida como si nada hubiera pasado”. No sabe quiénes son los responsables del asesinato de su hijo pero sigue luchando.

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Los 14 años de “Inside In/Inside Out”: 6 formas de cantarle al amor

El primer disco de The Kooks cumple un nuevo aniversario.

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Corría el año 2002 cuando Luke Pritchard y Paul Garred se conocieron en el Brighton Institute of Modern Music. Al descubrir el fanatismo compartido por The Rolling Stones, Bob Dylan, The Police y David Bowie, decidieron emprender juntos un proyecto musical universitario al cual luego se sumarían Hugh Harris y Max Rafferty, dos de sus compañeros.

Haciendo uso de este material, el grupo grabó un EP y se bautizó con el nombre de The Kooks, en honor a la canción del Duque Blanco. Si bien el fin perseguido era mostrar su trabajo y conseguir tocar en algún concierto, las expectativas de los jóvenes fueron superadas al recibir propuestas de compañías discográficas para producir su primer disco. Tras firmar contrato con Virgin Records, resolvieron salir un tiempo de gira para hacer presentaciones en vivo y así definir un estilo propio con el cual encarar este gran desafío.

Cuatro años más tarde, con el lanzamiento de Inside In/Inside Out, cumplirían el sueño de cualquiera de los estudiantes de esa Universidad inglesa: comenzarían el camino que los haría posicionarse como una de las bandas indies más importantes de las últimas décadas. Las pruebas del futuro prometedor que se avecinaba estaban a la vista: el álbum debut alcanzó el galardón de cuádruple platino en el Reino Unido y de platino en toda Europa, obtuvo el puesto número dos en el UK Album Chart y le permitió al conjunto ganar en 2006 un Premio MTV a mejor artista del Reino Unido e Irlanda y lograr que en 2007 She Moves in Her Own Way fuera nominada en los Premios Brit como mejor canción del año.

Con un coqueteo constante entre guitarras eléctricas y acústicas, Inside In/Inside Out recopila un buen número de hits con letras que, enmarcadas en melodías pegadizas y atractivas,  tienen un común denominador: el amor.

Eddie’s Gun -primer sencillo publicado en julio de 2005- combina majestuosamente la potencia de su sonido y un ritmo magnético, al tiempo que Luke entona “Ella tiene ojo para un chico torpe como yo”. Este combo fue una perfecta señal de que The Kooks era una agrupación destinada a no pasar desapercibida. Quizás como metáfora de ese gran comienzo, la banda aún hoy sigue eligiendo dicho tema para dar inicio a sus shows.

Sofa Song fue el segundo corte que se difundió en octubre del mismo año. A pesar de que la letra enuncia “La ciudad está congelada porque me di cuenta de que no me gustas”, Pritchard parece no darle importancia a esto e interroga “¿Por qué no vienes al otro lado de mi sofá?”

Pocos días antes de que el álbum saliera a la venta, en enero de 2006 se dio a conocer You Don’t Love Me. Las guitarras estruendosas volvieron a ser protagonistas junto a unos lyrics en los cuales el intérprete realiza un reclamo, sin vueltas, al plantear “Pero tú no me amas de la forma en que yo lo hago porque si lo hicieras, nena, no harías la cosas que haces.”

Naïve fue divulgada en marzo y, gracias a su sonoridad liviana y agradable, se ha erigido como un himno indiscutido de The Kooks. Su líder canta “No digo que sea tu culpa aunque podrías haber hecho más. Oh, eres tan ingenua aún” y condensa en esta línea todo el sentido de la canción.

She Moves In Her Own Way se estrenó en junio y logró alcanzar el puesto número 7 en la lista de charts del Reino Unido. Al sonar los primeros acordes, ya es identificado como otro de los mayores éxitos de la banda. “La amo porque se mueve a su manera”, asegura Luke mientras su voz se envuelve en una de las melodías más encantadoras que ha compuesto junto a los suyos.

El sexto single, editado en octubre, fue Ooh La. Para filmar el video, los de Brighton cruzaron el Canal de la Mancha y, en una París teñida de blanco y negro, el vocalista afirma “Y ooh la, ella era tan buena chica para mí.”

Inside In/Inside Out constituyó los fuertes cimientos sobre los cuales se desarrolló la triunfal carrera de este grupo de veinteañeros que, casi sin buscarlo, se convertirían en referentes de su género. No caben dudas de que la particular forma de cantar de Pritchard, los cuestionamientos sobre el amor y los sonidos que despiertan automáticamente el tarareo se han instalado -desde el primer día- como la marca registrada de The Kooks.

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London Calling: el aviso previo a la implosión

El pasado 14 de diciembre se cumplieron 40 años del emblemático disco de The Clash, un llamado a la renovación estética hacia adentro de la escena rock que marcó los años posteriores, y un grito (mas) sobre las preocupantes condiciones políticas y sociales que se avecinaban a finales de los años ’70.

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Es posible que London Calling haya sido la expresión acabada a través de la cual la banda conformada por Joe Strummer, Paul Simonon, Mick Jones y Topper Headon puso de manifiesto un giro en el mismo sentido que muchas otras bandas británicas del momento. Pero su peculiaridad reposa en que se trató de un llamado desde lo profundo del movimiento punk, cuya rabia languidecía como consecuencia de estar cada vez más encerrado en su propio laberinto, guiado por los imperativos del mercado y la industria cultural. En efecto, el álbum anticipó la necesidad de renovación estética del campo del rock, atrapado entre la parafernalia de la escena progresiva, la popularización de la música disco y la domesticación de la escena punk.

A bad, bad rock, this here revolution rock

The Clash había sido una de las tantas bandas que nació durante la explosión del movimiento punk en Gran Bretaña en los años centrales de la década del ‘70, un grito rabioso de irreverencia contra el virtuosismo y la ostentación del rock de estadios. Al igual que los Sex Pistols, los Buzzcocks y otras bandas, se foguearon tocando para públicos rencillosos en clubs y casas okupas, pero a medida que su trayectoria iba a tomando un camino ascendente, buscaron romper con el molde de banda punk en que los habían encasillado. Eyectaron a su manager Bernie Rhodes, quien intentaba hacer de ellos un producto tan alborotador como el mercado lo demandara, y decidieron encarar el camino de la renovación, un camino que allanaron para artistas posteriores, y que los terminó depositando en los anaqueles de la historia del rock.

La única forma de salir del laberinto era implotándolo. Es decir, ejerciendo una presión externa que sea capaz de quebrar esos moldes diseñados por las compañías discográficas y la prensa especializada. Al igual que varios jóvenes británicos, los Clash estuvieron atravesados por la música estadounidense, y recuerdan al disco como un híbrido de todas sus influencias, las cuales recorrían el rockabilly, el jazz, pasando por el soul y el blues, y también por el reggae. En términos estéticos, London Calling era una síntesis de los sonidos que comenzaron a ganar popularidad hacia finales de los ’70, amalgamados por esa esencia punk que se mantuvo intacta pero que debió reinventar sus formas para establecerse como denuncia ante el desmoronamiento del Estado de Bienestar, la crisis económica y el avance del conservadurismo tatcherista.

London is drowning and I live by the river

Oriundos de los suburbios del oeste londinense, los Clash nutrieron sus letras de protesta social de las barriadas obreras e inmigrantes, en donde se cocinaba vertiginosamente la miseria de una juventud inglesa que comenzaba a vivenciar la ausencia de perspectivas. El optimismo de los happy sixties y el Swinging London había dado sus últimos estertores, dejando un hueco que fue ocupado por la desesperanza y la incertidumbre. Haciéndose eco de ello, los Clash fueron portavoces destacados de la decadencia que comenzaba a sobrevenir, articulando esos reclamos con discursos marcadamente políticos (como en “Spanish Bombs”, que hace referencia a la guerra civil española) que los posicionaron más firmemente respecto de aquella rebeldía muchas veces infantil que había sido el alimento primigenio del punk.

Al igual que Lennon en “A day in the life”, la canción que dio nombre al disco fue inspirada en la lectura de los periódicos. Según Mick Jones, la letra surgió de un titular del London Evening Standard en que se afirmaba que “el Mar del Norte podría elevarse y empujar el Támesis, inundando la ciudad”. La metáfora no podía ser más clara: el titular era otro ejemplo de cómo todo se hundía, de cómo las certezas de las décadas anteriores se desvanecían al compás de las políticas económicas de austeridad. El advenimiento del thatcherismo significó, a su vez, una implosión de las perspectivas de progreso económico y social que afectó fundamentalmente a los jóvenes que, una vez más, buscaron encauzar su angustia y su bronca a través de la escucha de música rock, y London Calling fue una expresión cabal.

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40 años de The Wall y los ladrillos que no dejan de montarse

El pasado 30 de noviembre se cumplieron 40 años del lanzamiento de The Wall, considerada la última gran ópera rock, una obra conceptual que nos invita a reflexionar en qué medida continuamos siendo hoy un ladrillo más en el muro.

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The Wall es el undécimo álbum de estudio de Pink Floyd, publicado en 1979. Grabado entre abril y noviembre bajo la dirección del productor Bob Ezrin y de los miembros David Gilmour y Roger Waters, es considerada la última gran ópera rock en momentos en que las tendencias progresivas entraban en decadencia dentro de la escena rock luego de las explosiones del punk y la música disco. Su concepto surgió del deseo de la banda británica de tomar distancia del público, pero pronto se convirtió en una declaración en contra de la alienación de la sociedad de consumo y la catástrofe de la guerra.

Se trata de una obra que fue analizada por los críticos en dos dimensiones: por un lado, un plano contextual atravesado por los enfrentamientos en el marco de una Guerra Fría que comenzaba a entibiarse debido a la crisis en que se sumergía la Unión Soviética, que derivó en una apertura política (Glasnost) y económica (Perestroika) que no alcanzó los resultados esperados y que, a fines de 1991, provocó su desmembramiento. Por otro, la perspectiva subjetiva de Roger Waters, quien canalizó sus principales preocupaciones vinculadas a la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, a la infidelidad de su esposa, y a los recuerdos de su infancia signados por los bombardeos alemanes, una madre sobreprotectora, y un maestro abusivo y pendenciero.

En parte ficticio y en parte autobiográfico, The Wall no sólo es una metáfora de la alienación, sino que constituyó, a su vez, una crítica profunda a la opresión de la sociedad británica en sus diferentes niveles, desde la familia hasta el Estado y, por sobre todo, un manifiesto antibelicista. Posiblemente, una de sus grandes virtudes sea la posibilidad de actualización de sus críticas a la luz de los problemas que continúan vigentes y aquellos que se redefinieron en la sociedad occidental en el siglo XXI: ¿Qué lugar ocupan en la actualidad la desigualdad y la pobreza, la diversidad y las minorías, la opulencia y las grandes corporaciones, la violencia estatal, la destrucción del medio ambiente, las guerras y los atentados, y un largo etcétera?

On the thin ice of modern life

Pink, el protagonista, es una estrella de rock abrumada por el éxito y los excesos que a lo largo de su vida fue levantando un muro en su mente hasta quedar totalmente aislado de la realidad. Cada ladrillo de ese muro que lo encierra en sus pensamientos hasta el borde de la locura, es un hecho traumático: en su cabeza, carcomido por la culpa y el resentimiento, imagina que es un líder fascistoide que ataca a las minorías acompañado por un ejército de martillos. Si bien esta alegoría hace referencia al hartazgo que la banda estaba sufriendo debido a su popularidad, encerrándolos en un ambiente de egoísmo y avaricia, el interrogante que Pink Floyd dejó abierto allí se vincula con la irrupción de nuevos movimientos autoritarios y xenófobos que día a día crecen en Europa y otras partes del mundo.

La crisis migratoria de los últimos años, agitada por las guerras civiles y étnicas, la recesión económica y las calamidades del cambio climático, favorecieron un viraje conservador en el denominado primer mundo como respuesta al ingreso de inmigrantes que buscan en el continente europeo mejores posibilidades, y que cuestiona además las bases sobre las que se construyeron, a sangre y fuego, los principios democráticos y republicanos durante décadas. El resurgimiento de estas ideologías del odio y la exclusión refuerzan conductas y formas de pensar vetustas, arcaicas, que reflejan, en este caso, la vigencia de las críticas que Roger Waters esgrimió en sus letras; All in all it’s just another brick in the wall.

Mother, should I trust the government? Mother, will they put me in the firing line?

Detrás del velo sobreprotector de la madre de Rogers Waters manifestado en sus letras, se escondía una crítica más profunda contra la voluntad omnipresente de un Estado que, con la vertiginosidad del desarrollo de la tecnología digital, se fue convirtiendo en un dispositivo panóptico y punitivo que recorta las libertades individuales a medida que se adentra en el siglo XXI. Los escándalos alrededor del manejo de la big data, como el famoso caso de Cambridge Analytica, marcan la pauta de reformulación del aspecto centinela del Estado en colaboración con otros elementos como las grandes corporaciones, en un intento por controlar las voluntades de los sujetos y domesticar sus conductas.

En ese sentido, el reclamo por los jóvenes que son enviados a la muerte plasmado en “Bring the boys back home” ya no evoca a los soldados de la Segunda Guerra Mundial sino a todas las que siguieron después, en especial las de Irak y Afganistán, que fueron paradigmáticas luego de los atentados del 11-S y la configuración de un nuevo enemigo de la libertad y a democracia: el terrorismo islámico. Transcurrido todo el siglo XX, las reivindicaciones antibelicistas que levanta la sociedad ante el Estado no terminan de imponerse aun a los mandatos del capital, que siembran guerras para cosechar beneficios económicos, como tampoco es posible erradicar la estereotipación y demonización del otro, diseminadas a través de los medios de comunicación masiva.

The Wall también enfatiza en la forma en que el Estado, a través del sistema educativo, vacía la capacidad crítica de lxs niñxs, normalizando y uniformizando su desarrollo en la sociedad, es decir, fabricando ladrillos destinados a levantar muros cada vez más altos. Por su parte, los miedos edifican muros en nuestras mentes que nos alienan, motivando, del mismo modo, la construcción de grandes extensiones de concreto en las fronteras, acentuando la desigualdad y la pobreza través de la exclusión. Sin embargo, los movimientos ambientalistas, los feminismos y demás expresiones políticas que hacen mella principalmente en la juventud, que apuestan por valores como la empatía y la solidaridad, renuevan la esperanza que se cuela entre las grietas de un muro que muchxs esperamos ver caer.

 

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