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Peaky Blinders o por qué le ponen el mejor soundtrack a los mafiosos

Cillian Murphy (Tommy Shelby en la serie) dice: “Escuchás una canción y sabés que es de Peaky Blinders”.

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Cillian Murphy (Tommy Shelby en la serie) dice: “Escuchás una canción y sabés que es de Peaky Blinders”. Esa seguridad tiene, esa identidad crearon en todo este gran combo que resulta la serie británica más exitosa del momento. Porque la BBC donde pone el ojo, pone la bala, se sabe. Basada en la historia de unos criminales reales de fines del siglo XIX, estas cuatro temporadas (prometen la quinta para 2019) se pueden ver en Netflix. Los hermanos Shelby -y todo el clan familiar, en rigor- comandan toda actividad mafiosa en Birmingham, Inglaterra. Además son guapos, andan divinos montados y todos mueren (algunos literalmente) con ellos. Pero en esta columna de hoy dejaremos suspiros de lado para centrarnos en la banda de sonido. Ya vimos que desde Stranger Things, antes con Twin Peaks, podemos sumar la alemana Dark o The End of the F***ing World, la música de las series tienen tanto peso específico como el guion mismo. Y Peaky Blinders larga con Nick Cave & the Bad Seeds, desde ahí la vara medirá muy alto todo lo que devenga. Y deviene PJ Harvey, por ejemplo, que llegó a reversionarse para sumar originalidad a la serie.

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¿Les gusta? Hay más. Sabemos así que todo será muy dramático: Johnny Cash, White Straps, Royal Blood (¡qué bandaza, my God!). Toda gente muy fuera de la ley, podríamos agregar, como los mismos protagonistas. La cantautora inglesa Laura Marling, muy en el estilo folk alla Joni Mitchell, reversiona A Hard Rain is Gonna Fall de Bob Dylan y te deja de cama, otra vez: muy forajida, suave, potente. Porque para estar fuera de la ley no hay que hacer ruido, hay que tener poder. Ideal para la ambientación de época, justamente.

Querían más, ok: Foals, Radiohead, David Bowie con Lazarus de su última placa Blackstar, The Dead Weather, la superbanda de Jack White. O los nuevos Yak, hipnóticos, raros. También se presentan los Queen Kwong, unos americanitos de Los Angeles descubiertos por Trent Reznor y cómo no hacerle caso al Nine Inch Nails, vamos.

Por ejemplo, Iggy Pop y Jarvis Cocker (tipo: nadie, che), declarados fans de la serie, se juntaron a grabar exclusivamente para los Peaky Blinders un cover violentísimo de Red Right Hand (¡Qué canción! Y es la elegida para el comienzo de cada capítulo) del australiano más dark de todos, y también hace el mismo tema en otra versión completamente diferente la antes mencionada Marling. Es que las líneas del tema le sientan justo a Tommy Shelby: “He’s a ghost, he’s a god/He’s a man, he’s a guru” (Es un fantasma, es un dios /Es un hombre, es un gurú). Pero hay más -siempre hay más si están los Peaky Blinders-: Arctic Monkeys también hace su personalísima versión del mismo tema, más pop quizá, siempre muy dark. Canciones de amor y de odio que reflejan el espíritu mismo de los capítulos. Oscuros y hermosos.

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¿Quieren más? Hay. Tom Waits, The Raconteurs, The Kills. Black Rebel Motorcycle Club. O la noruega Ane Brun (préstenle particular atención, please) y su canción All My Tears que logra crear una atmósfera sónica y profunda y rara pareciera la música que mejor sienta para relajar a estos gángsters, sanguinarios ellos, impiadosos. El gran himno de toda una generación, Do I Wanna Know, resuena de golpe como abriendo los mares y separando las partes. Arctic Monkeys no tiene que demostrarle nada a nadie a esta altura y aún así ahí están marcando un signo de los tiempos. Y stop: también hacen el tema de Nick Cave de entrada con unas vueltas de baterías que te dejan rebotando. Dan Auerbach de The Black Keys se luce como pocos y The Prowl, su canción, cae en el momento justo. Es como dice el feo de Cillian: las canciones de toda la banda de sonido le sientan perfectamente a la serie. Un poco como Badalamenti con Twin Peaks porque para terminar de delinear una personalidad, son varios los factores identitarios y la música, melómanos amigos, es fundamental.

Violentos, siniestros, sexuales. Así son los Peaky Blinders, estos hermanos Shelby que están en boca de todos en su tierra porque las situaciones más increíbles son parte de su vida cotidiana. Suena Loverman de Nick Cave, y Song for Jesse, Martha’s Dream, Quennie’s Suite, I Let Love in, The Proposition #1, Abbatoir Blues, y una remasterizada God is in the House. La versión masculina de Cave, su partenaire en Henry Lee, la talentosísima Polly Jean Harvey se despacha con C´Mon Billy, Working for the man, Catherine, el tremendo Naked Cousin en la versión de las Peel Sessions, All & Everyone, Broken Harp, A Perfect Day Elise, Man Size, sus clásicos Long Snake Moan y Down By Water covereados por ella misma.

Hasta acá les doy. Si siguen insatisfechos, confío, y quieren más, vean la serie quienes no lo han hecho, vuelvan a verla los que sí para saborear este regusto amargo y negro del soundtrack o al menos claven auriculares con esta lista de Spotify. Por más películas y series con música bien cuidada.

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Especiales

Monty Python o el arte de hacer reír desde la inteligencia

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Lo peor de tener que escribir sobre los Python es que en el afán periodístico de investigación (?), uno se pierde entre los miles de vídeos sobre ellos y así pueden pasar miles de horas… Irreverentes, anárquicos, no en vano resultan el combo humorístico más grande de toda la Gran Bretaña que se hizo extensivo al resto del mundo. Los ingleses John Cleese, Graham Chapman, Eric Idle, Terry Jones y Michael Palin además del norteamericano Terry Gilliam son los responsables de tantas carcajadas. Genios de la sátira y dueños del surrealismo en el humor. Una premisa existencial debería tener que ver con poder tener la capacidad emocional de reírse de uno mismo, de aceptarse un bufón para lograr cierto grado de entendimiento, de intelecto. No es casual que alumnos de las dos universidades más prestigiosas de Inglaterra hayan cruzado sus caminos. Chapman, Idle y Cleese coincidieron en Cambridge mientras Jones y Palin se conocieron en Oxford y todos formaban parte de los grupos de teatro estudiantil. De hecho, estando de gira con el suyo, John Cleese dio con Terry Gilliam en Nueva York. La magia ya estaba hecha: los seis grandes del humor comienzan a trabajar juntos.

John Cleese (nacido en Somerset en 1939) quizá ya tenía el gen de la ocurrencia: su padre transformó su apellido original, Cheese (queso en inglés), por Cleese que en contraposición a una armónica cacofonía les quitaría el estigma del chiste fácil en la escuela al pequeño John. Chapman (Leicester, 1941 – Maidstone 1989) estudiaba medicina en Cambridge y dejó la carrera para meterse de lleno con los Python. Idle (Durham, 1943) es hijo de una enfermera que habiendo enviudado de un veterano de la guerra como fue el padre de Eric, tuvo que ingresar a su hijo en un internado para poder trabajar; Idle dirá con los años que por supuesto el entorno era abusivo y logró evadirse gracias a acostumbrarse a tratar con niños: “Y seguir adelante con la vida en circunstancias desagradables, ser inteligente, divertido y subversivo respecto a la autoridad. Un entrenamiento perfecto para Monty Python”. Los tres recorrieron los pasillos de Cambridge entre murmullos y risas para salir a compartirlas con el resto de los mortales. Por su lado, Terry Jones, que había nacido en Gales en 1942, ingresó a Oxford para estudiar Inglés (el equivalente a la carrera de Letras en nuestro país) mientras Michael Palin (Yorkshire, 1943) hacía lo propio en Historia en la misma facultad. Por su lado, Terry Gilliam (Minnesota, Estados Unidos, 1940) estudió Ciencia Políticas pero siempre será recordado por ser quien con tanta maestría supo recortar esos collages surrealistas que acompañan a los Python en cada una de sus obras.

Tras diversas y extensas labores con otros artistas del género, los seis finalmente coincidirán en la propuesta de hacer Monty Python’s Flying Circus. Su primera característica, lo más llamativo de aquellos primeros sketches era la falta de final, no había remate, nada, ni mu. Todos ellos escritores y guionistas veían la dificultad de muchos pares a la hora de terminar una sección de humor así que decidieron no hacer nada al respecto. Así, sin más. Todos estamos familiarizados con los estos sketches y lograr ver que se hicieron películas -esto es: tiempos aún más extensos con estos locos haciendo y diciendo sinsentidos hasta reír del dolor de estómago-, es entender que el humor en la Gran Bretaña sea un tópico tan grande. Muchos y destacados actores y guionistas hacen gala de mil y una serie desde hace décadas y han dado al mundo un sacudón frente al stiff upper lip que siempre se caracteriza al Briton. Rowan Atkinson, Peter Sellers, Miranda Hart, Peter Cook, Ricky Gervais, Catherine Tate, Lee Mack, Mike Myers os nombres para que busquen y vean la herencia de Cleese & cy. Series como Only Fools and Horses, Absolutely Fabulous, Porridge, The Mighty Boosh, The It Crowd o Little Britain son garantías de risas absolutas gracias a esa primera semilla de los Python. El humor inteligente que se reía de todo y todos pero primero de sí mismo: un ataque a la idiosincrasia flemática sin pelos en la lengua. No se salvaba nadie: los conservadores, ni la familia real, ni la burguesía y hasta el proletariado: por igual todos eran llevados a las risas. Así conquistaron a una isla entera y salieron al mundo para hacer lo mismo.

Cleese puede ser el favorito de muchos (en términos estrictamente actuales y fútiles, en Twitter tiene casi seis millones de seguidores cuando sus compañeros están muy lejos de ésto), gracias a su porte, sus personajes siempre tan circunspectos, o su maravilloso Sir Lancelot en Los Caballeros de la Mesa Cuadrada y sus Locos Seguidores. La serie post Python, Fawlty Towers, fue un éxito arrollador. Por su lado, Chapman representa el costado más doloroso de la historia de estos genios: alcohólico y primero, un escondido homosexual, no pudieron de todos modos romper su talento. Esos personajes tan autoritarios y estrictos que representaba hacían estallar a la audiencia. Amigo de Keith Moon y de Ringo Starr, tuvo el funeral más divertido de la historia, vencido por un cáncer. Poco antes de morir había hecho una última aparición y fue en un video musical de Iron Maiden (búsquenlo en Can I Play with Madness?). Tal su ingenio.

Se mantienen hoy día y ya en su madurez con la misma acidez de siempre: “Trump es más gracioso que los Python”, dice Gilliam. Pocas garantías de pasar un gran momento como sentarse a ver La Vida de Brian o El Sentido de la Vida, esas películas que llevan al extremo la estupidez y se ríen de eso. También lo son los films que ha dirigido Gilliam tras su paso por los Python: Brazil o 12 Monos aunque Jabberwocky es mi favorita.

En su página oficial, Monty Python anuncian su llegada a Netflix, qué agregar más que bienvenidos y gracias.

 

 

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Eventos

Rebellion Festival en Blackpool, Inglaterra

Porque el punk es alegría.

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Porque el punk es alegría.

Lo que comenzó casi tímidamente en 1996 bajo el nombre de Holidays in the Sun, haciendo alusión a la canción de los Sex Pistols, este festival lleva ya más de dos décadas y atrae a gente de todo el mundo a este lejano pueblo inglés. Se rebautizó como Wasted y se transformó en un show itinerante por Australia, Estados Unidos, Alemania, Japón, Italia, Holanda, el País Vasco y Austria para finalmente establecerse como Rebellion. Lo llamativo es su convocatoria justamente: miles de punks working class style se acercan a este alejado pueblo de Inglaterra para vivir unos días a puro golpe de Doc Martens, porque punk not dead. Amén.

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Este año, por ejemplo, tocan P.I.L., Buzzcocks, Stiff Little Fingers, Exploited, Lagwagon, The Adicts, Cockney Rejects, Peter Hook and the Light, Voodoo Glow Skulls, GBH, Vibrators, D.R.I, T.S.O.L., UK Subs, Dickies, entre las más de cien bandas anunciadas. No sé ustedes, pero yo ya llamé a un amigo para ver si me acompaña. El mismo amigo con el que fui al Rebellion en 2007. Otro ex Madhouse, Mariano Miramontes, que ya había ido varias veces, me convoca a la aventura “Toca Damned”, argumentó. No se hable más. Y allá fuimos. Partimos desde Londres en la estación de Euston, tomamos un súper tren hasta Preston y ahí, “un try dencito de juguete” como bromea Miramontes, hasta Blackpool. Blackpool merece todo un capítulo para sí sola. Una ciudad en la costa oeste de la isla bien al norte desde donde se puede adivinar Irlanda. Black-pool: agujero-negro. Se cree que debe su nombre a un canal de drenaje que arrastraba la turba negra de las mineras que lindaban con el pueblo y así ensuciaba el Mar de Irlanda donde desemboca. De hecho, era el lugar de veraneo de todas las familias mineras de la zona hasta que cerraron por las severas políticas laborales de Thatcher. Y ahí quedó Blackpool, estancado en los 70, un hotelito al lado del otro, un lugar gris al que difícilmente llegue el viajero si no fuera por el Rebellion. Una vez al año, el pueblo se llena de crestas de colores y da vida a este lugar dark como el carbón mismo que, ¿a quién vio nacer? Pues al mismo Robert Smith, people. ¿A qué no es de extrañar, verdad? El lugareño se enorgullece de su Blackpool Tower que no es más que una versión oxidada de la Eiffel y un parque de diversiones que hace las delicias del punkito -cuando no llueve, claro-. Hay una buena película, Viva Blackpool, que muestra cómo un nativo vuelve de Las Vegas con la idea de instaurar un complejo tal en su pueblo. Genial. (Una curiosidad entre paréntesis: se ven muchos mellizos. Gente grande, niños, hombres y mujeres por igual y resulta misteriosamente llamativo. Tanto así, que sentados con mi amigo en un bar, aprovechamos y consultamos a la madre de dos niñas idénticas que me preguntaban por los tatuajes y sí, confirmó que Blackpool era uno de los pocos sitios en el mundo -parece que hay una ciudad en Brasil también- donde se da esta particularidad. “Será el agua”, reímos.)

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Pues en este entorno se realiza el Rebellion Festival en los teatros de Winter Gardens, un espacio que ocupa casi una manzana entera, y allí se puede apreciar, además de los muchos conciertos aptos para menores (se llena de familias, realmente), una feria enorme. Además de exhibiciones de arte, escenarios de conciertos acústicos, otros para nuevas bandas emergentes, un espacio para la poesía, tatuajes, y mucha militancia vegetariana; sobre todo -como buen principio punk- independientes y DIY (do-it-yourself).

La noche anterior a viajar a Blackpool, cenamos con Miramontes, Ricky de León (ex Mal Momento que reside en la capital inglesa desde hace años y donde paro cuando voy) y unos amigos rockabilly de los chicos en el Soho para luego irnos de pubs según reza el folklore inglés (y uno es muy respetuoso de las costumbres locales, desde ya). En uno de ellos, oh sorpresa, improvisaban unas cancioncitas los mismísimos Urban Dogs, esto es: Knox de los Vibrators y Charlie Harper de UK Subs a quienes veríamos en el festival. Huelga destacar que terminamos sentados todos juntos bebiendo y celebrando porque el punk une -y bebe-.

Una vez llegados a Blackpool e instalados en el hotelito primoroso que habíamos elegido para pasar esos cuatro días, tickets en mano (habíamos pagado unas cien libras aunque ahora está 140; sí, la inflación post Brexit es tal) fuimos derecho al Winter Gardens. ¡La fauna era increíble! ¡Qué divertido es el punk! Pasamos esos días viendo bandas, paseando por el lugar, su costa, comprando los productos expuestos en el festival en fairtrade (comercio justo), aprendiendo qué marcas no debíamos usar por testear en animales, disfrutando de la amabilidad tanto del lugareño como la del visitante al Rebellion. “¡Madhouse!”, nos gritaron mientras caminábamos por los alrededores. Y ahí estaba “El alemán”, un viejo manager de Los Violadores, y el abrazo fraternal en estos contextos vale por dos. Vimos, además de quienes mejor mezclan el goth con el punk: The Damned con la ex Sisters of Mercy Patricia Morrison y esposa del cantante, los ultra glam Slade, UK Subs, The Adicts (¡qué graciosos son!), Dwarves, Cockney Rejects -de las bandas favoritas de Mariano-, Eddie and the Hot Rods, 999 (a quienes ya habíamos visto con Lurkers en Obras), The Adverts, The Business, ¡espectaculares!, The Anti-Nowhere League, los mismos Lurkers, una banda italiana que me había encantado con voz femenina al frente, Klasse Kriminale, y otros que sinceramente no registré. Todo muy Oi!, cierto, pero muy antifascista también, muy skin clase trabajadora, con sus uniformes de rigor, rude boys y adorables rude girls, modettes lookeadísimas, marcas Lonsdale y Fred Perry por doquier, tiradores, cabezas rapadas, jopos, crestas, mil y un colores en los cabellos. “¡Dave, we love you!”, le gritamos a Dave Vanian, el vampiro que canta en Damned, cuando lo cruzamos bajo la lluvia en una de las callejuelas que rodean el Winter Gardens.

La experiencia de pasar por un festival de estas características es única, realmente. No solo para el melómano y fan del género sino para cualquier alma inquieta que guste de tribus urbanas y sus hábitats. ¡Volvamos, Miramontes!

Más info en la web oficial de el evento.

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