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Oldie but goldie: Litto Nebbia en Muestra Música 2019

La vigencia de uno de los artistas más importante del rock argentino en la décima edición de la feria de la música más grande de Sudamérica.

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Los incipientes rayos de sol primaverales se posaron sobre La Rural el sábado 14 de septiembre en el marco de Muestra Música, el multitudinario encuentro que ofreció charlas, clínicas, testeo y museo de instrumentos, pruebas de audio, talleres, transmisiones radiales en vivo y congregó, a su vez, audiófilos, melómanos de diverso pelaje y artistas provenientes de distintos géneros en la jornada de apertura. Más de 180 expositores fueron parte de esta nueva edición que celebró diez años de trayectoria. En ese contexto, en que descollaron Massacre y Miss Bolivia como artistas excluyentes, es importante destacar la vigencia de Litto Nebbia, la leyenda viva del rock argentino.

Junto con otra de las grandes figuras del rock argentino, Ricardo Soulé -voz y guitarra del mítico Vox Dei- y otros músicos, Litto presentó los grandes clásicos y algunos temas guardados para la ocasión luego de una gran actuación de Peteco Carabajal y su banda. La presencia de adultos, jóvenes y niños, que colmaron rápidamente los espacios vacíos y se aprestaron a escuchar y homenajear a los veteranos artistas, dan cuenta de su vigencia y su importancia para el desarrollo de la música popular local en un ambiente de diversidad y solidaridad que no casualmente se convirtieron en valores éticos que guían actualmente los diferentes proyectos estéticos.

En esa misma primera jornada -más exactamente a las 20 horas- en el Auditorio Pabellón Frers, Nebbia presentó su libro titulado Mi banda sonora, una autobiografía en la cual expone reflexiones que en él conviven y que, de cierta forma, lo manifiestan no solamente como un gran músico sino también como una gran persona, cuya nobleza es reconocida tanto por sus pares como por el público. Fiel a las premisas sobre las cuales se sustentó el rock argentino de los ’60 y ‘70, sostiene en su libro que “[…] el objetivo de habitar la Tierra debería ser vivir plenamente, crecer y evolucionar todo el tiempo. Lograr ser una persona noble, tratar de mantener siempre una actitud solidaria y no causarle daño a los demás en ningún momento.”

Los destellos de una gran jornada, signada por la gran cantidad de público que se acercó a La Rural a disfrutar de la gran oferta de propuestas que iban desde la prueba de instrumentos y accesorios, las clínicas a cargo de especialistas, y los shows de artistas destacados, no debería hacernos perder de vista que, en ese mismo marco, brilló (una vez más) uno de los más grandes artistas de la historia de nuestra música popular contemporánea. Tanto su presencia como la de Ricardo Soulé son la voz autorizada que han marcado, desde hace años, el sentido progresivo y experimental, solidario y diverso de la música popular argentina. Muestra Música, por su parte, ha sido (una vez más) el escenario excepcional que los contuvo.

 

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London Calling: el aviso previo a la implosión

El pasado 14 de diciembre se cumplieron 40 años del emblemático disco de The Clash, un llamado a la renovación estética hacia adentro de la escena rock que marcó los años posteriores, y un grito (mas) sobre las preocupantes condiciones políticas y sociales que se avecinaban a finales de los años ’70.

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Es posible que London Calling haya sido la expresión acabada a través de la cual la banda conformada por Joe Strummer, Paul Simonon, Mick Jones y Topper Headon puso de manifiesto un giro en el mismo sentido que muchas otras bandas británicas del momento. Pero su peculiaridad reposa en que se trató de un llamado desde lo profundo del movimiento punk, cuya rabia languidecía como consecuencia de estar cada vez más encerrado en su propio laberinto, guiado por los imperativos del mercado y la industria cultural. En efecto, el álbum anticipó la necesidad de renovación estética del campo del rock, atrapado entre la parafernalia de la escena progresiva, la popularización de la música disco y la domesticación de la escena punk.

A bad, bad rock, this here revolution rock

The Clash había sido una de las tantas bandas que nació durante la explosión del movimiento punk en Gran Bretaña en los años centrales de la década del ‘70, un grito rabioso de irreverencia contra el virtuosismo y la ostentación del rock de estadios. Al igual que los Sex Pistols, los Buzzcocks y otras bandas, se foguearon tocando para públicos rencillosos en clubs y casas okupas, pero a medida que su trayectoria iba a tomando un camino ascendente, buscaron romper con el molde de banda punk en que los habían encasillado. Eyectaron a su manager Bernie Rhodes, quien intentaba hacer de ellos un producto tan alborotador como el mercado lo demandara, y decidieron encarar el camino de la renovación, un camino que allanaron para artistas posteriores, y que los terminó depositando en los anaqueles de la historia del rock.

La única forma de salir del laberinto era implotándolo. Es decir, ejerciendo una presión externa que sea capaz de quebrar esos moldes diseñados por las compañías discográficas y la prensa especializada. Al igual que varios jóvenes británicos, los Clash estuvieron atravesados por la música estadounidense, y recuerdan al disco como un híbrido de todas sus influencias, las cuales recorrían el rockabilly, el jazz, pasando por el soul y el blues, y también por el reggae. En términos estéticos, London Calling era una síntesis de los sonidos que comenzaron a ganar popularidad hacia finales de los ’70, amalgamados por esa esencia punk que se mantuvo intacta pero que debió reinventar sus formas para establecerse como denuncia ante el desmoronamiento del Estado de Bienestar, la crisis económica y el avance del conservadurismo tatcherista.

London is drowning and I live by the river

Oriundos de los suburbios del oeste londinense, los Clash nutrieron sus letras de protesta social de las barriadas obreras e inmigrantes, en donde se cocinaba vertiginosamente la miseria de una juventud inglesa que comenzaba a vivenciar la ausencia de perspectivas. El optimismo de los happy sixties y el Swinging London había dado sus últimos estertores, dejando un hueco que fue ocupado por la desesperanza y la incertidumbre. Haciéndose eco de ello, los Clash fueron portavoces destacados de la decadencia que comenzaba a sobrevenir, articulando esos reclamos con discursos marcadamente políticos (como en “Spanish Bombs”, que hace referencia a la guerra civil española) que los posicionaron más firmemente respecto de aquella rebeldía muchas veces infantil que había sido el alimento primigenio del punk.

Al igual que Lennon en “A day in the life”, la canción que dio nombre al disco fue inspirada en la lectura de los periódicos. Según Mick Jones, la letra surgió de un titular del London Evening Standard en que se afirmaba que “el Mar del Norte podría elevarse y empujar el Támesis, inundando la ciudad”. La metáfora no podía ser más clara: el titular era otro ejemplo de cómo todo se hundía, de cómo las certezas de las décadas anteriores se desvanecían al compás de las políticas económicas de austeridad. El advenimiento del thatcherismo significó, a su vez, una implosión de las perspectivas de progreso económico y social que afectó fundamentalmente a los jóvenes que, una vez más, buscaron encauzar su angustia y su bronca a través de la escucha de música rock, y London Calling fue una expresión cabal.

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40 años de The Wall y los ladrillos que no dejan de montarse

El pasado 30 de noviembre se cumplieron 40 años del lanzamiento de The Wall, considerada la última gran ópera rock, una obra conceptual que nos invita a reflexionar en qué medida continuamos siendo hoy un ladrillo más en el muro.

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The Wall es el undécimo álbum de estudio de Pink Floyd, publicado en 1979. Grabado entre abril y noviembre bajo la dirección del productor Bob Ezrin y de los miembros David Gilmour y Roger Waters, es considerada la última gran ópera rock en momentos en que las tendencias progresivas entraban en decadencia dentro de la escena rock luego de las explosiones del punk y la música disco. Su concepto surgió del deseo de la banda británica de tomar distancia del público, pero pronto se convirtió en una declaración en contra de la alienación de la sociedad de consumo y la catástrofe de la guerra.

Se trata de una obra que fue analizada por los críticos en dos dimensiones: por un lado, un plano contextual atravesado por los enfrentamientos en el marco de una Guerra Fría que comenzaba a entibiarse debido a la crisis en que se sumergía la Unión Soviética, que derivó en una apertura política (Glasnost) y económica (Perestroika) que no alcanzó los resultados esperados y que, a fines de 1991, provocó su desmembramiento. Por otro, la perspectiva subjetiva de Roger Waters, quien canalizó sus principales preocupaciones vinculadas a la muerte de su padre en la Segunda Guerra Mundial, a la infidelidad de su esposa, y a los recuerdos de su infancia signados por los bombardeos alemanes, una madre sobreprotectora, y un maestro abusivo y pendenciero.

En parte ficticio y en parte autobiográfico, The Wall no sólo es una metáfora de la alienación, sino que constituyó, a su vez, una crítica profunda a la opresión de la sociedad británica en sus diferentes niveles, desde la familia hasta el Estado y, por sobre todo, un manifiesto antibelicista. Posiblemente, una de sus grandes virtudes sea la posibilidad de actualización de sus críticas a la luz de los problemas que continúan vigentes y aquellos que se redefinieron en la sociedad occidental en el siglo XXI: ¿Qué lugar ocupan en la actualidad la desigualdad y la pobreza, la diversidad y las minorías, la opulencia y las grandes corporaciones, la violencia estatal, la destrucción del medio ambiente, las guerras y los atentados, y un largo etcétera?

On the thin ice of modern life

Pink, el protagonista, es una estrella de rock abrumada por el éxito y los excesos que a lo largo de su vida fue levantando un muro en su mente hasta quedar totalmente aislado de la realidad. Cada ladrillo de ese muro que lo encierra en sus pensamientos hasta el borde de la locura, es un hecho traumático: en su cabeza, carcomido por la culpa y el resentimiento, imagina que es un líder fascistoide que ataca a las minorías acompañado por un ejército de martillos. Si bien esta alegoría hace referencia al hartazgo que la banda estaba sufriendo debido a su popularidad, encerrándolos en un ambiente de egoísmo y avaricia, el interrogante que Pink Floyd dejó abierto allí se vincula con la irrupción de nuevos movimientos autoritarios y xenófobos que día a día crecen en Europa y otras partes del mundo.

La crisis migratoria de los últimos años, agitada por las guerras civiles y étnicas, la recesión económica y las calamidades del cambio climático, favorecieron un viraje conservador en el denominado primer mundo como respuesta al ingreso de inmigrantes que buscan en el continente europeo mejores posibilidades, y que cuestiona además las bases sobre las que se construyeron, a sangre y fuego, los principios democráticos y republicanos durante décadas. El resurgimiento de estas ideologías del odio y la exclusión refuerzan conductas y formas de pensar vetustas, arcaicas, que reflejan, en este caso, la vigencia de las críticas que Roger Waters esgrimió en sus letras; All in all it’s just another brick in the wall.

Mother, should I trust the government? Mother, will they put me in the firing line?

Detrás del velo sobreprotector de la madre de Rogers Waters manifestado en sus letras, se escondía una crítica más profunda contra la voluntad omnipresente de un Estado que, con la vertiginosidad del desarrollo de la tecnología digital, se fue convirtiendo en un dispositivo panóptico y punitivo que recorta las libertades individuales a medida que se adentra en el siglo XXI. Los escándalos alrededor del manejo de la big data, como el famoso caso de Cambridge Analytica, marcan la pauta de reformulación del aspecto centinela del Estado en colaboración con otros elementos como las grandes corporaciones, en un intento por controlar las voluntades de los sujetos y domesticar sus conductas.

En ese sentido, el reclamo por los jóvenes que son enviados a la muerte plasmado en “Bring the boys back home” ya no evoca a los soldados de la Segunda Guerra Mundial sino a todas las que siguieron después, en especial las de Irak y Afganistán, que fueron paradigmáticas luego de los atentados del 11-S y la configuración de un nuevo enemigo de la libertad y a democracia: el terrorismo islámico. Transcurrido todo el siglo XX, las reivindicaciones antibelicistas que levanta la sociedad ante el Estado no terminan de imponerse aun a los mandatos del capital, que siembran guerras para cosechar beneficios económicos, como tampoco es posible erradicar la estereotipación y demonización del otro, diseminadas a través de los medios de comunicación masiva.

The Wall también enfatiza en la forma en que el Estado, a través del sistema educativo, vacía la capacidad crítica de lxs niñxs, normalizando y uniformizando su desarrollo en la sociedad, es decir, fabricando ladrillos destinados a levantar muros cada vez más altos. Por su parte, los miedos edifican muros en nuestras mentes que nos alienan, motivando, del mismo modo, la construcción de grandes extensiones de concreto en las fronteras, acentuando la desigualdad y la pobreza través de la exclusión. Sin embargo, los movimientos ambientalistas, los feminismos y demás expresiones políticas que hacen mella principalmente en la juventud, que apuestan por valores como la empatía y la solidaridad, renuevan la esperanza que se cuela entre las grietas de un muro que muchxs esperamos ver caer.

 

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VIH y homosexualidad en el rock: La muerte de Freddie y del estereotipo clásico del rockstar

Conmemoramos el 28° aniversario de la partida de Freddie Mercury con una reflexión acerca del lugar que ocupa la comunidad gay y el VIH en el rock a partir de su caso, y la deconstrucción de la figura del rockstar.

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Tras las tantas especulaciones de la prensa, deseo confirmar que fui diagnosticado con VIH positivo y que tengo SIDA. Sentí que era correcto mantener esta información en privado para proteger la privacidad de quienes me rodean. De todas formas, ha llegado el momento de que mis amigos y fans alrededor del mundo sepan la verdad, y espero que todos me apoyen a mí, a mis doctores y a todos aquellos en la lucha contra esta terrible enfermedad”.

En un comunicado del 22 de noviembre de 1991 -dos días antes de su fallecimiento- Freddie Mercury daba a conocer públicamente su enfermedad, en medio de una polémica que atravesaba a toda la sociedad occidental sobre el flagelo del VIH y el SIDA, un debate corroído por prejuicios, lugares comunes y falta de conocimiento fogueada desde los medios de comunicación masiva. Se trata de uno de los tantos momentos bisagra en la historia del rock que, en este caso, marcaría el rumbo de las transformaciones que se dieron en su interior de cara a un proceso de apertura e inclusión que exigió, necesariamente, la deconstrucción del estereotipo de estrella de rock.

Gotta leave you all behind and face the truth

El SIDA es la etapa más avanzada de la infección por el Virus de Inmunodeficiencia Humana (VIH). Lo correcto es hablar de la infección VIH-SIDA considerando que es algo que cambia con el tiempo. Este virus va debilitando las defensas del organismo atacando a las células encargadas de protegernos de las enfermedades. En los años ’80 y ’90, esta enfermedad se tornó epidémica, cobrándose la vida de millones de personas en el mundo, sin distinción de clase, género ni edad. No obstante, la prensa comenzó a denominarla “peste rosa” debido a la asociación de la enfermedad con la homosexualidad, instalando un peligroso concepto sobre la base del desconocimiento y los prejuicios que opacaban la verdad.

En ese sentido, todos los actores que conformaban el campo del rock (artistas, productores, compañías discográficas, etc.) debieron enfrentar una realidad que desbordaba esa infame idea cuyo único fin era estigmatizar a los portadores de VIH-SIDA y a los homosexuales, al tiempo que cada vez más artistas y personalidades famosas se animaban a asumir públicamente y sin vergüenza alguna su orientación sexual. En un mundo que había virado hacia posiciones cada vez más conservadoras, el rock y el pop se establecieron finalmente como canales excluyentes de manifestación de esas voces que sufrían la censura de la prensa y de gran parte de la sociedad.

The show must go on

A pesar del sufrimiento de Mercury producto de su enfermedad, predominaba la alegría en el ambiente a su alrededor: “Freddie sufría dolores, pero podía disfrutar de lo que más le gustaba hacer. A veces eso solo duraba un par de horas, se cansaba mucho. Sin embargo, durante ese par de horas, lo daba todo. Cuando no podía mantenerse de pie, solía apoyarse en una mesita, bebía un vaso de vodka y decía: ‘Cantaré hasta que me desangre’” comentaban sus compañeros de Queen. La paradoja en que se convirtieron los últimos momentos de Freddy con vida fue la metáfora de ese proceso de transformación que, a partir de entonces, el rock debió encarar.

Grandes artistas como Brian Molko de Placebo, Jake Shears de Scissor Sisters, Rostam Batmanglij de Vampire Weekend, Neil Frances Tennant y Christopher Sean Lowe de Pet Shop Boys, Michael Stipe de REM, Sam Smith, fueron algunos de los tantos artistas que asumieron públicamente su orientación sexual, ampliando los márgenes de integración del campo del rock, pero también desgranando esa vetusta idea del rockstar que vive fugazmente su vida en un intento estéril por dar a conocer su virilidad a través del consumo patológico de drogas y alcohol, la objetualización de las mujeres y la adscripción plena a las pautas de un mercado que termina consumiéndolos hasta la muerte.

Este proceso, que continúa en desarrollo hasta hoy impulsado por las nuevas generaciones, alcanzó visibilidad con el paradigmático caso de Freddy Mercury, quebrando los rígidos bordes de los prejuicios dentro del campo del rock, y estableciendo en el centro de su escena el debate sobre la necesidad, por un lado, de revisar las pautas sobre las que se constituyen las estrellas; y por otro, de ampliar su voluntad inclusiva. Contestatario desde sus orígenes, el rock ha sido siempre un movimiento cuyas mutaciones tendieron a incluir distintas minorías, ofreciéndose como un canal de expresión por excelencia y dándoles contención y un sonido particular a sus reivindicaciones.

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