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Lecturas Obligadas

Morrissey Autobiografía (Malpaso, 2017): This is not a love song

Se trata de la biografía de Morrissey, uno de los textos más esperados escrito directamente de su pluma.

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Si “Mi infancia es una calle y otra calle y otra calle y otra calle. Calles que te definen y calles que te confinan; ni rastro de carretera, autovía o autopista alguna. Más allá se esconde el bálsamo de la campiña para los días sin horas en que amainan tormentas y tormentos y nos dan la oportunidad de andar entre quienes viven rodeados de espacio y ven nuestra aparición como un suplicio. Hasta ese momento, vivimos en el desamparado y apuñalador Mánchester victoriano donde todo está dondequiera que lo dejasen caer hace cien años”, no convence para empezar a leer la autobiografía de Morrissey, no sabría qué más agregar. Aunque se puede sumar y mucho sobre el libro en cuestión. Para empezar, que es uno de los textos más esperados: por fin una biografía de Morrissey y qué mejor que directamente de su pluma. Eso es Morrissey Autobiografía: una gran canción hecha libro. Se reconoce su desesperanza existencial en cada oración, hace de su vida una larga prosa. Mantiene una cadencia lírica más cercana a su carrera solista que aquella primera poesía de The Smiths, lo cual da muestra más que una muestra de adaptación, evolución, una madurez que sin escapar a rasgos subjetivos de rigor, sí demuestra juicio, autocrítica y quizá sabiduría.

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Comienza relatando los años mancunianos de la década del sesenta: de su familia irlandesa instalada en una ciudad gris, aplomada, lejos de la alegría espontáneo del irlandés; la descripción de su familia toda, su paso por un colegio de maestras agrietadas por la vida y alumnos castigados por la misma razón: el desamor. No escapa a su lugar de víctima: le gusta, se regocija incluso con ínfulas épicas aunque perdonables. Relata momentos verdaderamente dolorosos de modo tan florido que uno no puede, como con sus canciones, sino acompañarlo en ese acontecer. Siempre fue un tipo antisociable y lo hizo ver en cada oportunidad que tuvo, acá da cuentas del porqué. O de su arrogancia, su fácil irritabilidad, su sagaz acidez. Morrissey, siempre se supo, prefiere el arte antes que el humanismo (porque se confunde al humanismo como una virtud), su tortuosa vida platónica antes que el amor ideal. La vida no es bella y la suya no escapa a esta premisa. Relata una infancia de televisión en blanco y negro (“como la vida misma”), una ciudad sucia, pobre que lo arrojará a la vida para devolverlo hermoso y próspero, obsceno y valioso. Con naturalísimo desparpajo da cuenta de sus aversiones hacia la especie humana, una bella misantropía que nada en mares de mierda. Un innegable disgusto en consonancia con la realidad.

Morrissey, tal su título, su prestancia, identidad, su narcisismo, está escrito con sangre y cada evento expuesto se desplaza con la lentitud del correr en las venas. No hay que aventurarse en sesudos análisis para entender que la música fue su escapismo, que esa intransigente infancia y adolescencia lo apuraron a reflejarse en el abismo que supo devolverle la imagen que él mismo esbozó. Como todos, quizá, se considera un superviviente: un prematuro agotamiento emocional, su timidez, su elocuente disgusto hacia todo lo que no fuera en forma de arte, le dio, cuenta aquí, la fuerza para hacer como The Smiths. The Smiths, nada menos, esa banda inglesa por las que todos sangran: cada nuevo grupo emergente viene acompañado de un “¿Serán los nuevos The Smiths?” pero no hay retórica que atender.

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No decae esta autobiografía en baches narrativos, tampoco obliga a replantearse inercias artísticas o exigencias intelectuales. Hay libros, novelas y ensayos por igual que se leen con sufrimiento. Hay libros que duelen este es uno. No aburre y quizá ni siquiera sorprenda, pero maravilla desde el estilo. Hay un cuidado en los detalles descriptivos (la monja barbuda de la escuela de la infancia, por poner un ejemplo) que resumen las causas y consecuencias de su subsistir. Con presunciones monacales, dice aspirar a la soledad, la reclusión y la privacidad. Y a los libros. Leer y escribir, los actos más solitarios del mundo.

No se priva de opinar de políticos, colegas, músicos, artistas y es muy crítico de su tierra natal: “Estamos embarrancados en la parte más húmeda de Inglaterra en una sociedad que no nos necesita”. A riesgo de promocionarse anticuado, decimonónico, predomina una aspiración posmoderna, un estilo narrativo que desde lo autobiográfico ha sabido salirse de los márgenes de la crónica para transformarlo -como supo hacerlo con la música pop- en un libro que apela a la interpretación y hasta si se quiere, la transformación del individuo.

Hay despecho, hay pasada de cuentas, algo de humor (el inglés, el flemático), hay un apasionante ejercicio de curiosidad y erudición y hace gala de eso. Puede y sabe pavonearse. Hay fotos que muestran a su familia, hay intimidades revueltas, una luz algo opaca sobre las verdades hogareñas. Hay también un despliegue de ego y un transitar sobre las aguas tan propio suyo. Enigmas, además, y una compleja vertiente de disfunciones dolorosas que solo se redimen con canciones. La patria de Morrissey es la poesía.

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Lo último de Arctic Monkeys

Esto no será una reseña sobre el disco Tranquility Base Hotel + Casino. En rigor de verdad, esta columna de hoy tratará de la necesidad de expresión que tienen todos hoy en tiempos de social media.

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Porque todos creen (creemos) que nuestra opinión importa. Habría que preguntarse a quién, en todo caso. En este caso, ¿a la banda, a Alex Turner? ¿A la compañía discográfica, al resto de los fans? Honestamente, creo que no le importa a nadie pero acá estoy escribiendo al respecto. Fijate que a Noel Gallagher no le gustó lo nuevo de los Arctic Monkeys: “No sé qué hacer con el disco… no tiene estribillos”. Esto lo basa en el precepto de estructura de canción tal cual la conocemos, si se innovó, si la modificó, entonces al señor no le gusta. El punk abandonó todo virtuosismo instrumental y hasta los solos de guitarra -boooooooring….- para irrumpir a los gritos en canciones de dos minutos, palo y a la bolsa, y acá está cuarenta años después vivito y coleando. Es su sexto álbum, Mr Gallagher, hace rato que pueden hacer lo que quieran. Do I Wanna Know es el tema que representará a toda una era musical, un sign o’  the times, y eso los habilita a mucho. Tanto como hacer un disco tan diferente como éste.

Esperaron un lustro en editarlo lo cual en estos tiempos es casi inconcebible, recién pasaron los treinta años en promedio y son más exitosos y talentosos de lo que será el 1% de todos los que tiene algo que decir al respecto, entonces, ¿quién es el loser? La canción que da nombre al álbum invita al lounge que busca un tipo de la edad de Turner y compañía tras tanto rock como lo han tenido. Y por rock digo gloria, fama y victoria. The Ultracheese es un tema que podría cantarlo Elvis Presley y te encantaría, come on. No, no tiene la estridencia de nada que lo preceda, entonces Tranquility… es la mejor reinvención de estos chicos de Sheffield. La clave es siempre reinventarse: en la vida, en el arte, en el amor. Mirá The Cure. Y no es fácil ser banda inglesa: cada nuevo artista que surge de la isla se mira con la expectativa “¿Serán los nuevos Smiths?”, una herida que sigue sangrando en los corazones indie. Consultado Turner por Los Inrockuptibles sobre qué diría un joven Alex de diecisiete años al escuchar este álbum, dijo: “Pediría que lo saque a la mierda y ponga The Queen is Dead otra vez. Estaba muy limitado en esa época pero ya bastante con entender a los Smiths. Dicho eso, creo que le encantarían las guitarras rítmicas y la influencia hip hop que hay en este material”. ¿Lo dirá por Four Out of Five? Porque no encontré mucho hip hop pero otra vez: ¿a quién le importa lo que escuché? De todos modos, lo que escuché es un post romanticismo consistente, un disco de amor, para escuchar de a dos que invita a la intimidad. También dice haber apelado a la influencia de Leonard Cohen (quizá en algún ritmo denso como el de American Sports) y hasta de David Foster Wallace (quizá en la estructura lírica, desestructura en realidad, como esa falta de estribillo que dice Gallagher). Hay que prestarle particular atención a las letras porque no son canciones románticas per se, se pasean por todas las inquietudes existenciales que se precien y no es un detalle menor. En Science Fiction aúlla un fantasma retro futurista mientras en The World’s First Ever Monster Truck Front Lip demuestra que las aptitudes vocales de Turner están en su mejor momento. Espacial, lento, a su ritmo, claramente sin importar el qué dirán.

Tranquility… es un disco que hacía falta, que necesitábamos. Recuerdo cuando Echo & the Bunnymen sacó Evergreen tras una década de silencio, Ian McCulloch dijo que lo había hecho porque hacía diez años que no escuchaba nada bueno. ¿Se desviaron del camino? Sí, y lo celebramos. Los que esperaban más de lo mismo pueden seguir esperando pero ojalá lo hagan escuchando este material.

http://smarturl.it/TranquilityBase

 

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¿Pete Doherty envuelto en un asesinato?

Más de diez años después de la muerte de Mark Blanco, un actor inglés, la policía vuelve a apuntar hacia el cantante de Babyshambles/The Libertines como sospechoso de estar relacionado con el hecho.

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¿Que qué pasó? Pues una noche helada en diciembre de 2006, Mark Blanco asistió a una fiesta en el piso del coqueto barrio de Whitechapel de Paul Roundhill, un autodenominado agente literario más conocido por ser parte de la fraternidad drogona más top de Londres. Pete Doherty, el ex-noviete de Kate Moss en su etapa más junkie estaba ahí ya que era amigo del anfitrión. Mark quiso invitar al rockstar a ver su nueva obra en escena, Muerte accidental de un anarquista del querido Dario Fo. Doherty no estaba del mejor humor esa noche y le pidió a Blanco que no lo molestara. Pero Mark insistió y Pete se enojó. De repente, el sombrero del actor estaba prendido fuego, le habían golpeado en la cara y lo habían echado a la calle, pero envalentonado por la bebida decidió volver. Según registran las cámaras apostadas en la calle, desde que Blanco subió nuevamente al primer piso y cayó desde el balcón habrían pasado 56 segundos. Porque un minuto después de haber vuelto al piso, Blanco estaba muerto en la calle.

Mel, una amiga francesa residente en Barcelona, vecina mía, conoció a Mark Blanco en un viaje rápido a París. Yo, que llevaba unos cuantos años viviendo en tierras catalanas, tuve la intención de volver a Londres, donde había residido previamente. Nos puso en contacto inmediatamente al grito de “Se ocupa de comprar, vender, coleccionar incunables, primeras ediciones muy antiguas, te morís”. Era la época del messenger y así nos hablamos un tiempo. Se disculpó porque a pesar de ser su padre de origen español, apenas si dominaba el idioma y me había prometido que una vez cara a cara intentaría algún diálogo pero a la hora del chat, pues en inglés duro y puro. Compartíamos el amor por la poesía de Keats y otros románticos, me contaba sobre algún ejemplar que había conseguido en sus viajes de placer/negocios, contemplábamos qué zonas de Londres eran más viables para que yo me instalara (insistía en llevarme a clubes de jazz en el East End cuando yo le decía que lo mío era más Buzzcocks en la Brixton Academy), y así, sin desmanes desde ya, con una corrección flemática intachable, transcurrían nuestros chats. Un domingo frío por la mañana desayunaba yo en un bareto del barrio del Borne barcelonés cuando leo en el periódico local La Vanguardia la noticia de la muerte de Mark y se me atragantó el croissant. Llamé a Mel inmediatamente que también quedó abrumada por la noticia. Cuando Mark me había contado que estaba por estrenar su primera obra como director, la de Fo, le dije que me maravillaba semejante empresa. El libro de Fo está basado en un hecho real ocurrido en Estados Unidos aunque al autor lo sitúa en la ciudad italiana de Milán: un ferroviario anarquista acusado de un atentado con bomba en la Piazza Fontana muere tras caer por una ventana de la comisaría donde estaba siendo interrogado por la policía. Mark Blanco, admirador de Fo, estaba exultante de poder representar esta obra donde el poder queda satirizado cuando un loquito histriónico hace de juez en la causa. Muerte accidental de un anarquista es uno de los gritos más fuertes que pegó Fo: la policía como evidencia de fracaso como sociedad, el poder a mano de enfermos psicopatológicos, el hoy tan trillado rol de los medios (una periodista cobra importancia cuando intenta investigar lo ocurrido) y el anarquismo como último recurso del romántico. La similitud con el final de Blanco es como mínimo, estremecedor.

Según las mismas cámaras apostadas en la calle, Doherty y compañía salen corriendo del edificio exactamente catorce minutos después de la caída de Blanco sin asomarse ni acercarse al cuerpo que seguía en la calle. La causa de su muerte sigue abierta y su familia toda, sobre todo la madre, Sheila Blanco buscan responsables de la muerte de Blanco y acusan directamente a Roundhill y a Pete Doherty. Roundhill admitió haberle pegado tres veces en la cara y haber prendido fuego el sombrero de Blanco. Johnny Headlock, otro de la troupe de Doherty, confesó haber matado a Mark pero inmediatamente se desdijo: “¡No maté a su hijo, no maté a su hijo!”, le gritaba a la madre durante el juicio. Un hermano de Blanco había muerto a causa de un suicidio y se intentó insinuar el mismo proceder pero diferentes investigaciones forenses lo han descartado. Entonces fue un asesinato, alguien empujó a Mark por el balcón. Seis meses después de la muerte, Pete Doherty volvió al departamento de Whitechapel para filmar un video promocional de su canción “The lost art of murder” (El arte perdido del asesinato), y ahí es donde declara que él considera que el salto de Mark fue “Una declaración artística”. “Doherty no se disculpó por haber huido saltando sobre el cuerpo de mi hijo”, declara Sheila, “él estaba en el departamento, Mark lo hizo enojar, algo sabe, algo vio. Pero continúa con su vida como si nada hubiera pasado”. No sabe quiénes son los responsables del asesinato de su hijo pero sigue luchando.

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Festival de Glastonbury, la dicha en movimiento

Vayan algunas curiosidades del festival de festivales.

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Jimi Hendrix murió un día antes de que se inaugurara el primer show de Glastonbury en 1970. La entrada valía una libra e incluía leche gratis de la granja del mismo espacio y fueron unas mil quinientas personas. Cerraría Marc Bolan pero fue reemplazado por The Kinks: así largaron, con todo.

Ubicado en Somerset -cerca de la ciudad de Pilton-, una localidad al suroeste de Inglaterra, se llamó Glestingaburg en los siglos VII y VIII, de ahí, su denominación.

Bowie, The Cure, The Smiths, Echo & the Bunnymen, Elvis Costello, Radiohead, Pulp, Oasis, Blur, Gorillaz, Muse, Arctic Monkeys, U2, The Who, Kings of Leon son algunos de los artistas que encabezaron el festival más famoso del mundo indie rock a lo largo de los últimos casi 50 años.

Aunque no fue ninguno de estos grupos quien más gente juntó sino The Levellers en 1994.

El más hippie de los indies, el cantante de Primal Scream Bobby Gillespie se quiso hacer el pillo y se la pasó arengando a la multitud como “manga de hippies” haciendo gala de lo que todos suponen: destacarse con alguna pavada para quedar en el historia de Glasto. Esto fue en 2005.

Oficialmente, su nombre es Glastonbury Festival of Contemporary Performing Arts (Festival de Glastonbury de las Artes escénicas contemporáneas) más conocido como Glastonbury o simplemente Glasto e incluye música contemporánea y también por la danza, comedia, teatro, circo, cabaret y miles de eventos.

2003 fue el año récord de venta alcohólica: solo en cerveza se vendieron 400.000 pintas.

En 1987, durante la primera noche fueron robados los pantalones de casi todas las carpas… Así es como al día siguiente se veían miles de personas en ropa interior paseando por la locación.

El festival es en verano y los gringos difícilmente puedan tolerar tanto sol -más allá de que llueve non stop- así es como en 2002 se repartieron 40.000 bloqueadores de sol entre el público.

Una vez terminado el evento de 2007, uno de los asistentes estaba limpiando y se encontró 6.000 libras.

Hasta 1990, Glastonbury fue un espacio y un lugar sin policía ni verticalismos de poder. Un estado ácrata, prácticamente.

Paul McCartney tuvo que pagar una multa de 1.000 libras por tocar unos minutos de más según lo establecido. Considerando que cobró 175k por el show, mucho no pudo haberle afectado.

Lily Allen va al concierto desde sus cinco semanas de vida, su padre Keith admite que la llevaba porque le servía para vender drogas. Un padrazo, vamos.

A Radiohead no le funcionaron las pantallas en su concierto de 1997 y esto significó para el grupo según sus propias palabras: “el peor show de sus vidas”.

Para paliar un poco los desmanes que de rigor se producen frente al aluvión de tanta gente, los pobladores de Pilton reciben todos entradas gratuitas para ver lo que quieran.

Un año, un famoso juicio por asesinato en Londres fue suspendido porque los jueces iban al festival…

Joe Strummer dedicó su Coma Girl al Festival.

Entre todas sus ediciones, atendieron al evento entre 500 y 155.000 personas.

Casi todos los asistentes alquilan las carpas de lugar, lo cual, con el barro que siempre se forma con las lluvias, resulta parte del colorido local. También hay hoteles alrededor pero nunca tan cerca como para ir andando.

2008 fue el único año que Glastonbury no fue sold out y por primera vez representó pérdidas para los organizadores. Michael Eavis, su responsable, asegura que toda la infraestructura cuesta cerca de 22 millones de libras entre baños químicos, agua potable, seguridad y más gastos. Eavis es considerado por la revista Times como uno de los empresarios más influyentes del mundo.

En 2007, la organización tenía lista para el primer día unas 2,485 millas de papel higiénico, la distancia entre Londres y Bagdad.

Se usan 30.000 megawatts de electricidad, el equivalente a una ciudad de más de un millón de habitantes.

The Cure encabezó Glasto en tres oportunidades y dicen que sin haber tenido una gran experiencia ahí, quizá consideren hacer lo propio este año.

Abba, la vuelta de los suecos más famosos, también fue tentada para cerrar en 2019 pero aún no confirman.

Hubo ediciones verdaderamente épicas, sobre todo en la década del 90 donde las bandas inglesas reinaban en todo el mundo de la música indie. De algún modo y a pesar de seguir contando con grandes nombres, la calidad no es la misma lo cual no tenga que ver directamente con el festival sino con la escena.

Reza un decir popular que si no tocaste en Glastonbury, no sos nadie.

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