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Macbeth o no desearás el trono de tu prójimo

Buenos Aires es casi inconcebible sin el Colón. Exceso de acústica, vehemencia y talento admirado por los fans de ópera en el planeta. Es por eso que críticos y teóricos locales y extranjeros se dan cita para releer y reinterpretar las obras. No es posible entonces agregar más a las crónicas de la prensa que se sucedieron a uno y otro […]

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Foto: Máximo Parpagnoli/Facebook Teatro Colón

Buenos Aires es casi inconcebible sin el Colón. Exceso de acústica, vehemencia y talento admirado por los fans de ópera en el planeta. Es por eso que críticos y teóricos locales y extranjeros se dan cita para releer y reinterpretar las obras. No es posible entonces agregar más a las crónicas de la prensa que se sucedieron a uno y otro lado del océano.

Sin embargo, el viernes cayó el telón de Macbeth y la pregunta que nos seguimos haciendo como espectadores es: ¿por qué Shakespeare nos sigue conmoviendo? Quizás porque, como bien se sostiene, el alma humana no progresa. La tecnología nos invade, cambian los paradigmas científicos, los soportes para compartir información, se imponen nuevos hábitos de alimentación y de vestir y hasta de espiritualidad pero el alma humana sigue inmutable. Seguimos amando, odiando, temiendo y deseando.

El poder es objeto de análisis desde que la vida en comunidad se organizó y alguien tomó, por voluntad propia o elección de sus pares, el rol de gobernante. Shakespeare no sólo se preguntó si era bueno o malo o corrupto, puso una ficha más y lo personificó como iniciador de la tragedia. La superstición y la brujería parecen los disparadores pero también podrían serlo esas voces internas que los hombres sentimos y que nos señalan aquello a lo que debemos aspirar, lo que debemos ser. Macbeth escuchó a las brujas, se ilusionó, se lo dijo a su esposa, Lady Macbeth (la perversa, la verdadera bruja) usó esa ambición en estado primitivo como carnada y sobrevino la catástrofe.

Verdi tomó la trama del relato para adaptarlo al formato ópera, le parecía una de las obras más bellas de la literatura universal y primero hizo su trabajo con un ejemplar traducido para luego corregirlo conforme a la versión original. Para algunos le añade el elemento heroico, para otros reduce lo narrativo y la despoja del amor. Los Macbeth solo se influyen y se manipulan, no hay resabios de sentimiento en lo que se comunican, ni siquiera hay estrategias de seducción. Quizás porque la seducción del poder luce descomunal, tan abrumadora como para que todo lo demás se volatilice. Se cuenta que Verdi anotaba entre paréntesis recomendaciones como: susurro, tal vez para que se impusiera el tono interno del hombre pensando en voz alta, practicando introspección.

El público del Colón es clásico. Es por eso que se inquieta cuando las obras tienen un montaje estético que las extrapola a otro tiempo para reelaborar otras realidades. Pasó con el Fidelio de Beethoven dirigido por Zanetti hace pocos meses y el rumor flotó también ahora cuando la puesta fue ubicada en Italia. Pero, ¿por qué no transportarla allí? Hasta el Thor de Kenneth Branagh no es más que: “una historia humana justo en el medio de un gran escenario épico”. Y ese escenario épico se reproduce minuto a minuto. Entonces, la eterna lucha por el bien y el mal, por los tronos y por los gobiernos, también está permeada por nuestras pulsiones, nuestro egoísmo y aquello que nos conecta con nuestro lado más vil y eso no pasaba solo en Escocia sino también en Italia, en Asgard e incluso en Buenos Aires, a no olvidarlo.

A sala llena, la negritud de la escena apenas se interrumpe por la sangre derramada por el puñal y por el vestido color rojo incendio de Lady Macbeth. En otros cuadros son las brujas quienes visten ese color. No hay lugar para mucho más. El trono alcanzado a través del homicidio no admite fastos ni alegría, los telones son grises, los alambrados sombríos. En este punto, Macbeth es sólo angustia dark con algunos toques gore. Se sabe que al futuro no se lo podrá vencer con la pequeña arma de juguete. La reina, acosada por el delirio, fenece. Se transforma en la recreación de Elvis Costello: “Into a puzzle where petrol will be poisoned by rain / Miss Macbeth saw her reflection / As confetti bled it’s colours down the drain”. Y eso es todo.

Ni siquiera importa la nueva consulta a las brujas porque la debacle interna, la soledad y la paranoia son más crueles que la muerte misma. ¿Hasta dónde ha llegado Macbeth? ¿Hasta dónde llegan los ambiciosos? ¿Cuánto ganan o pierden los deseantes? ¿Cuánto conquistamos o cedemos cuando lo hacemos todo por aferrarnos a nuestros tronos íntimos? Solo Dios, Verdi, y el supremo Shakespeare lo saben.

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“Presentismo” y “retromanía”: La encrucijada del pop y el rock de nuestros tiempos

Desde los años ’70, el punk gestó su identidad alrededor de una premisa fundamental que se desprendió del contexto histórico particular: No future. Este espíritu se proyectó de manera sombría en el desarrollo posterior de la cultura pop y rock en consonancia con la decadencia de la idea de progreso que había predominado en los años centrales del siglo XX.

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El historiador François Hartog acuñó la categoría de “régimen de historicidad” para dar cuenta de la forma en que se articulan pasado, presente y futuro en una sociedad determinada. En ese sentido, sitúa el nacimiento del régimen moderno de historicidad a finales del siglo XVIII, a partir de la Ilustración y la Revolución Francesa. Este régimen está caracterizado por concebir al tiempo como “progreso”, es decir, como una “flecha” que avanza en línea recta de izquierda a derecha y cuya nota principal es la irreversibilidad.

Desde finales de los ‘80, a partir de un acontecimiento trascendental que fue la desintegración de la URSS, se habría vuelto hegemónico en el mundo occidental un nuevo régimen de historicidad caracterizado por la fijación en el presente. Según el autor, el “presentismo” vino a reemplazar al régimen moderno de historicidad. A diferencia de la orientación “futurista” de la modernidad, el régimen presentista ensancha el presente hacia adelante y hacia atrás, es decir, lo extiende hacia el pasado y hacia el futuro.


El pasado como fuente de autenticidad

La segunda mitad de los ’70 fue hegemonizada por la escena postpunk que, a pesar del rótulo recibido, convivió con el movimiento que le imprimió su identidad en una imbricación de ética DIY, autogestión, un oscuro pop electrónico y la simplicidad de la composición punk. Posteriormente, durante los ’80 con la new wave, y los ’90 con las rave, la autenticidad con que el campo del pop y del rock se autodefine encontraba cada vez menos recursos mirando hacia un futuro que se sumía en la incertidumbre.

En este contexto, en que el presentismo implica una articulación del tiempo en la que el presente se torna hegemónico frente al pasado y al futuro, el crítico Simon Reynolds sostiene que los primeros años del siglo XXI resultaron ser una década “re”. Los dos mil estuvieron dominados por los revivals, las reediciones, los remakes, la retrospección. En ese sentido, la palabra “retro” tiene un significado específico: refiere a un fetiche autoconsciente por la esterilización de un período -en cuanto a música, ropa y diseño- que se expresa creativamente a través de la apropiación y la imitación. Pero el uso de la palabra decantó, de una manera mucho más vaga, en todo aquello que está relacionado con el pasado reciente de la cultura pop.


De acuerdo con esos usos y abusos del pasado reciente en la cultura pop, este fenómeno incluye cambios profundos en el consumo de música como consecuencia de la innovación tecnológica y la irrupción de Internet (a través de plataformas como You Tube, Spotify, ITunes, etc.) que no solamente permiten disponer de todo un archivo colectivo, sino que incluso nos permite decidir el orden en que vamos a escucharlo. Por otro lado, la presencia cada vez mayor de artefactos culturales que regresan en forma de moda vintage, como los discos de vinilo, y el retorno de viejas bandas que se reúnen luego de largos años para grabar un nuevo disco o realizar una gira de despedida definitiva parecen dominar la escena actual.

Proyectando un pasado mejor a través del futuro

Esta particular mirada nostálgica habilitó, a su vez, la supervivencia y reformulación de esos elementos estéticos de la mano de músicos jóvenes en un contexto en que la ética DIY, la autogestión y la omnipresencia de Internet democratizaron el acceso a la grabación, circulación y reproducción de la música. Como vimos anteriormente, esta tendencia se proyectó en nuestro país fundamentalmente a través del indie y, posteriormente, el trap. Pero las nuevas escenas, que son propias de la generación millennial criada en los primeros años del siglo XXI, se presentan como un espacio sumamente heterogéneo, en el cual conviven elementos del pop, del rock, del rap y de la electrónica de manera bifurcada ante un futuro que se presenta esquivo.

Efectivamente, el predominio del presente redirecciona hacia atrás las esperanzas que antaño eran depositadas en el futuro, y obliga a los artistas a reformular los elementos éticos y estéticos de un pasado que convive con nosotros. Según el filósofo Giorgio Agamben, se es verdaderamente contemporáneo cuando no se coincide a la perfección con él; esta inadecuación hace que sea más factible percibir el propio tiempo puesto que quienes concuerdan plenamente con su época, en general, no consiguen verla plenamente. De tal modo, los artistas realmente contemporáneos son quienes logran destacarse en la escena actual porque pueden percibir en su tiempo no las luces sino las sombras, las tinieblas. Y para hacerlo se requiere neutralizar los destellos que emanan de él.

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Estrategias Oblicuas o cómo tomar caminos impensados

Con la productividad como imperativo moderno, las Estrategias Oblicuas son un elemento que cada vez tienen más adeptos entre quienes quieren destrabar sus problemas creativos.

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Popularmente conocidas por la difusión que les dio el músico y productor Brian Eno, la historia cuenta que este señor inglés detestaba quedarse sin ideas o atascarse en medio de un proceso de creación, presionado por las inmediateces de la industria. Es así como decidió empezar a anotar frases inspiradoras en papeles que luego devendrían en cartas a las cuales recurrir en caso de bloqueo. Para eso tuvo la ayuda de su amigo Peter Schmidt (pintor, pionero de la multimedia) quien también había tenido ideas parecidas.

La dupla creó entonces las Estrategias Oblicuas y las empezó a utilizar en sus creaciones. A medida que las fueron usando vieron que los resultados eran cada vez más fructíferos, por lo que decidieron difundir este juego entre varios artistas. La demanda fue acrecentándose de tal modo que vieron la veta de empezar a hacer producciones seriadas y comercializadas en ediciones que, originalmente, salieron en los años 1975, 1978 y 1979.

 

¿Qué músicos las usaron?

Muchas de las bandas que trabajaron con Eno de productor utilizaron la metodología de las Estrategias Oblicuas. Nombres como U2, David Bowie, Iggy Pop, Peter Gabriel, REM o Coldplay manifestaron en repetidas veces la utilidad que les dio contar con ellas.

En 1995 la revista londinense Time Out realizó una entrevista conjunta a Bowie y Eno en vísperas del lanzamiento del álbum Outside (al que se promocionó como compuesto en gran parte por los consejos de las Estrategias Oblicuas). En ella el productor declaró: “Hay varios riesgos inmediatos en la improvisación, y uno de ellos es que todo el mundo se fusione de inmediato. Todos empiezan tocando blues, básicamente porque es un lugar donde todos pueden estar de acuerdo y saberse las reglas. De modo que en parte usamos estrategias diseñadas para impedir que todo se vuelva sumamente coherente. El caos no es un lugar interesante en el que estar, y tampoco lo es la coherencia absoluta. Es un punto entre ambas cosas”.

Tal es la marca de “piedra filosofal” que adquirieron las Estrategias Oblicuas entre el mundillo de los músicos, que hay muchos ejemplos de canciones clásicas donde se aplicaron. Pero también hay casos como el de la canción Where the streets have no name de U2, que casi se pierde tal como lo conocemos debido a que Eno consideraba que debían hacer borrón y cuenta nueva cuando se trabaron en su composición y grabación (incluso casi simula un “accidente” para borrar las sesiones). Por suerte en esta ocasión, los irlandeses no siguieron el deseo del ex Roxy Music.

 

Un productor londinense dando cátedra en Buenos Aires

Brian Eno visitó Argentina en el año 2016, donde el 29 de noviembre dio una charla abierta en el Centro Cultural Kirchner contando sobre su vida, su obra y sus métodos de trabajo. No faltó entonces su momento de referencia a las Estrategias Oblicuas y así se expresó al respecto: “Una vez David Bowie sacó una tarjeta que le decía que se tenía que aferrar a una idea interesante para desarrollarla, mientras que yo saqué una que decía que tenía que destruir todo lo que se interponga… así que todo lo que él construía, yo se lo tiraba abajo”.

Cómo utilizar las estrategias

Hay diversas formas de utilizar las cartas. La más interesante, por el esfuerzo creativo que requiere, es la de seleccionar una al azar y aplicar la oración que nos aparezca. Aunque quizás el enunciado en principio no nos sea esclarecedor (por ejemplo: “Una línea tiene dos lados”), es casi obligatorio no cambiar la tarjeta por otra, ya que en nuestro esfuerzo por descifrar su significado estaremos utilizando pensamientos laterales, oblicuos, que pueden despertarnos nuevas aspiraciones creativas.

Dónde encontrarlas en la web

Las Estrategias Oblicuas se venden en formato físico en diversas jugueterías y librerías alrededor del mundo. La inmensa parte son adaptaciones de las pocas ediciones originales que aún se conservan, puesto que estas suelen venderse a precios exorbitantes. Pero actualmente nos queda el recurso de la tecnología que nos permite hallarlas en páginas webs o aplicaciones de celular.

 

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Howlin’ Wolf: el celestial diablo del blues

Change My Way (cambiar mi camino) y el de los otros, es lo que hizo Howlin’ Wolf con la música de blues para transformar éste género y construir un mundo nuevo con caminos por descubrir por los oídos de la noche.

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El blues nació en la calle y para los hombres de la calle, para los desamparados, los buscadores de camino. El blues raspa las paredes de una necesidad expresiva que todo lo condena en el sentimiento sagrado de su música. El blues eclipsó y eclipsa el viaje de almas vagabundas para curar las heridas del silencio.

Todo esto Howlin’ Wolf lo sabía, por eso hizo del blues, un diabólico sonido espiritual capaz de transformar y transportar al más hermoso de los infiernos a las almas que caen hipnotizadas por su música.

Chester Arthur Burnett, más conocido como Howlin’ Wolf (Lobo aullador), nació el 10 de junio de 1910 en White Station y murió el 10 de enero de 1976 en Hines, EEUU. Howlin’ fue un músico afroamericano: esencia negra de la música para hacer de la música la naturaleza de un sonido, de una forma de expresión que brota desde los márgenes de un dolor superfluo, que solo los seres de color pueden ver y sentir en el margen de la vida.

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Wolf medía 1,98 metros y pesaba 136 kilos. Era de una figura imponente y llevaba a cuesta una de las voces más memorables de los cantantes de blues “clásico” en el Chicago de los años 50. Su voz era carrasposa, sincera, sentimental. Abarca los bajos fondos del alma desde los bordes más australes de la soledad, porque la “Black Music” es así, nace desde un silencio desconocido que nutre los recónditos sonidos de la música.

La voz de Howlin’ ha sido comparada con “el sbonido de las máquinas pesadas que operan en un camino de grava”. Esta comparación anónima es el resultado de un reto cultural ante la vida, el de cambiar el sonido del blues para siempre y hacer que la noche se nutra de sangre negra.

Wolf fue hijo de plantadores de algodón. Trabajó de granjero en la década del 30 y formó parte del ejército norteamericano durante la Segunda Guerra Mundial.

El origen del nombre Howlin’ Wolf viene de cuando su abuelo le contaba historias sobre lobos de la región de Chicago y le advertía que si él se portaba mal los lobos vendrían aullando a buscarlo. Su abuelo fue la influencia de un sonido que enlateció y enlatece a las almas perdidas en los bosques de una ciudad en ruinas a punto de ser invadida por los hombres de un imperio sin destino: el del sol escondido, que no conoce, el místico sonido de este diablo del blues.

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