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Lecturas Obligadas

Las principales corrientes de la música popular que sustentaron a la cultura rock III: El Merseybeat

De Liverpool para el mundo.

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Hacia fines de los ’50 comenzó a surgir una floreciente cultura de bandas que provenían de la escena skiffle en decadencia en los principales centros urbanos de Gran Bretaña. Siendo Liverpool su epicentro, por primera vez se desarrollaba un sonido autóctono en una zona geográfica particular de Inglaterra que dejó su huella hasta nuestros días. A continuación, la última parte del repaso de los principales sonidos que nutrieron la cultura rock posterior.

A principios de los años ’60, se desarrolló en Gran Bretaña un género particular que combinó el rock & roll, tan de moda en aquella época, con melodías propias del pop. En rigor, algunos críticos sostienen que se trata de una fusión de varios géneros populares que incluyeron el doo-wop, el skiffle y el rhythm & blues provenientes de los EE.UU., que tuvieron gran masividad en la isla ya que se vincularon estrechamente con las privaciones de la posguerra. El origen de su nombre está relacionado principalmente con el río Mersey, que recorre el noroeste de Inglaterra y que durante siglos formó la frontera entre los condados de Lancashire y Cheshire.

Cuando la ola inicial del rock & roll entró en decadencia hacia fines de los años ’50 en el mundo anglosajón, la música beat se convirtió en una alternativa bailable para baladistas como Tommy Steele, Marty Wilde y Cliff Richards, que fueron dominando los charts. Su característica más distintiva fue el ritmo fuerte, enfatizando en el compás de cuatro tiempos. Las bandas beat, por lo general, tenían una guitarra simple dominante en la formación, con armonías vocales y melodías pegadizas, herederas del pop. Frecuentemente se cantaban dos versos y coros en estrecha armonía, con sílabas sin sentidos en los coros (de allí, el famoso “sha-la-la-la”).

Además del sonido, este nuevo género proporcionó el modelo y el formato de grupo de rock estándar que terminó popularizándose: lead guitar, guitarra rítmica, bajo eléctrico y batería. La banda The Pacifics, quienes fueron renombrados luego como The Merseybeats en febrero de 1962 por Bob Wooler -anfitrión en el Cavern Club-, fue uno de los primeros exponentes de la nueva escena. Posteriormente, con el ascenso de The Beatles en 1963, el término “merseybeat” (o simplemente “beat”) se amplió hacia todas las bandas de Liverpool. De allí surgieron prácticamente todos los conjuntos que protagonizaron la denominada Invasión Británica en los charts estadounidenses a partir de 1964.

No es menor que haya sido Liverpool el centro de la escena: se trata de una importante ciudad portuaria cuyos enlaces ultramarinos con los EE.UU. introdujeron elementos clave como, por ejemplo, el acceso a sellos discográficos estadounidenses y a instrumentos que no podían ser fácilmente importados. Se estima que había alrededor de trescientas cincuenta bandas activas en Liverpool tocando en los ballrooms, clubes y demás salas de concierto, en donde se combinaba la solidaridad local en un contexto de reconstrucción de posguerra que tuvo repercusión en el plano social, junto con la existencia de una gran población de origen irlandés cuya influencia fue destacable en la gestación de la música beat.

En ese contexto, en que los Beatles ya habían alcanzado el éxito a nivel nacional, muchas bandas se volcaron hacia este estilo cada vez más popular, que trascendió Liverpool y se extendió por todo el país. Por ejemplo, Gerry & The Pacemakers, The Searchers, Cilla Black, Freddie & The Dreamers (provenientes de Manchester), entre otros. Sin embargo, tan solo cinco años después, con la evolución del sonido y la delimitación del campo del rock de manera autónoma a fuerza de experimentación, y sobre la base de la autenticidad como valor excluyente, la música beat entró en decadencia, dejando un legado determinante para la escena progresiva y psicodélica posterior.

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Space Oddity o Bowie ante la encrucijada del futuro

El 7 de noviembre de 1969, hace cincuenta años, el Duque Blanco lanzaba el disco Space Oddity, el primer gran hito de su carrera.

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A medida que culminaba la década del ’60, aquellas condiciones que la habían caracterizado comenzaban vertiginosamente a transformarse en todo el mundo. La revolución, concebida como un cambio social empujado pacíficamente por jóvenes de todo el mundo, se desgranaba al calor de las fricciones entre Estados Unidos y la Unión Soviética en el marco de la Guerra Fría, que todos los días dejaba inocentes muertos en Vietnam y muchos otros lugares del Tercer Mundo.

Las organizaciones guerrilleras y los movimientos de liberación nacional comenzaron a darle mayor protagonismo a la vía armada como forma de alcanzar el poder, vedado de forma autoritaria por las élites. En Europa, el mercado comenzaba lentamente a avanzar sobre los derechos sociales y laborales de la mano de las fuerzas conservadoras.

En ese contexto, la percepción acerca del futuro comenzó a teñirse de un decadentismo que fue el color fundamental de los años por venir. Por supuesto, el desarrollo del campo del rock, que ya ocupaba un lugar central en la cultura juvenil, no estuvo ajena a ese fenómeno. Una vez que the Beatles habían habilitado la experimentación psicodélica como el camino primordial que las composiciones de rock debían necesariamente transitar, los artistas comenzaron a incorporar crecientemente la tecnología. De tal manera, el uso de instrumentos novedosos como sintetizadores y teclados, le dieron contenido a una manifestación estética acerca de un clima de época atravesado por la recesión económica y la incertidumbre sobre el futuro.

La entrada del hombre al espacio exterior ya proporcionaba un amplio abanico de temas para las canciones de rock and roll rythm & blues desde mediados de los ‘50. Pero a partir de entonces, la carrera espacial entre las superpotencias también inspiró nuevos sonidos y efectos. Muchos artistas rotulados por el periodismo especializado dentro de la escena “space rock” surgieron de la escena de la psicodelia de finales de los ‘60 en Gran Bretaña, y estuvieron estrechamente ligados con el movimiento progresivo del rock que hegemonizó la escena durante la primera mitad de los ’70. Entre todos ellos, ya despuntaba un joven David Bowie.

El título y la temática de “Space Oddity” estuvieron inspirados en la célebre obra del director de cine Stanley Kubrick, 2001: A Space Odyssey. Efectivamente, un universo de posibilidades y conjeturas se abrieron a partir de la llegada de hombre a la luna (y su televisación masiva), inundando la imaginación de muchos artistas de diverso pelaje. Sin embargo, algunos críticos interpretaron específicamente la canción que lleva el mismo nombre como una metáfora sobre el consumo de heroína; otro de los elementos que los artistas comenzaron a conjugar en sus creaciones. Si se mira desde esas y tantas otras perspectivas, no caben dudas de que la obra de Bowie plasma todas esas sensaciones de época acerca de un futuro cargado de espacio exterior.

Ante los agobios y las calamidades en los que la humanidad se sumergía cada vez más profundamente hasta el ahogo, las posibilidades de futuro que se presagiaron de manera optimista durante la década del ’60 resultaban cada vez más insípidas y menos factibles para la sociedad en general y para los jóvenes en particular. De tal manera, las perspectivas de futuro debieron posarse necesariamente, ya no hacia “adelante” sino hacia “afuera”; de forma pendular, las inquietudes iban desde la decadencia económica y social que se avecinaba hasta la chispa de esperanza que brotaba desde el espacio exterior. Space Oddity tuvo la virtud de haber contenido exitosamente una parte importante de ese caudal de elementos, expresarlos como ningún otro artista hubiera podido, y preservarlos en buen estado hasta nuestros días.

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El día que John conoció a Yoko

Un día después de la inauguración de su exposición Unfinished Paintings And Objects, la artista japonesa Yoko Ono conoció a John Lennon. Fue un 7 de noviembre de 1966.

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La exposición se celebraba en la Indica Gallery, en el sótano de la librería homónima en Mason’s Yard, en la ciudad de Londres. Los dueños eran John Dunbar, Peter Asher and Barry Miles, y en sus primeros años, estuvo patrocinada por Paul McCartney.

John Lennon había estado visitando galerías durante unos días libres, donde también asistió a algunas exposiciones de artistas desconocidos o underground. Había escuchado hablar de una artista increíble que estaba exponiendo, algo sobre gente en bolsas negras, manzanas y escaleras, y que iba a ser todo un acontecimiento. Así que decidió ir a la pre-inauguración la noche previa a la apertura.

Entró sin saber quién era ella. Había un par de estudiantes de arte que habían estado ayudando, andaban por ahí en la galería, y John se quedó asombrado. Lennon era de la opinión de que no había que tener mucho conocimiento sobre vanguardia, y personalmente se sintió cautivado inmediatamente. Una de las obras más llamativas era la de una manzana: la fruta fresca sobre un soporte y había que pagar 200 libras para verla descomponerse, lo que sería a dinero de hoy, unas 3000 libras esterlinas.

Sin embargo había otra pieza que realmente lo conquistó: una escalera que conducía a una pintura que colgaba en el techo. Parecía un lienzo con una cadena con una lupa colgando al final. John subió la escalera, miró a través de la lupa y en letras muy chiquititas se leía ‘yes’ (si). Fue algo muy bueno y positivo para él, quien admitió sentirse aliviado porque el mensaje no era negativo, no decía ‘no’, u ‘odio’ o cualquier otra palabra con alguna mala connotación; decía ‘sí’, el mensaje positivo más claro y real del mundo.

John Dunbar los presentó. John no sabía quién era ella, y ella no sabía quién era él. Cuando Yoko se acercó a John le trajo una tarjeta en la que ponía “respirá”. El resto de la historia ya la conocemos.

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Charly García: el no-héroe del rock argentino

Con motivo de su cumpleaños número 68, un breve recorrido por la trayectoria de uno de los más destacados y eclécticos íconos de nuestro rock.

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Irrumpiendo en la década del ’70, atravesada por la primavera camporista, la violencia política y la creciente convulsión social, el joven Carlos Alberto García Moreno -mejor conocido como Charly García– se estableció rápidamente en el centro de la escena rock. A partir de allí, su arte de desarrolló desbordando los estrechos contornos impuestos por la dictadura militar, en el que el rock se configuró como vehículo de protesta social por su capacidad de expresar de manera mimética el silencio al que había sido sometida la sociedad.

En este contexto se erige, según la autora Mara Favoretto, la figura ecléctica de Charly García quien, a través de un complejo “sistema de órbitas alegóricas”, supo eludir la censura y, al mismo tiempo, denunciar una realidad opresiva, transformando sus canciones en símbolos de una “silenciosa” lucha colectiva. En ese sentido, su obra da cuenta de la importancia de los estados afectivos del género hacia su propia cultura, que coloca a los sujetos en un espacio determinado, precisamente, por alianzas afectivas que se construyen alrededor de (y como dispositivo para interpretar) los acontecimientos.

A partir de allí, Favoretto reconoce en su libro Charly en el país de las alegorías el tránsito del artista en sus particulares aventuras de “héroe”, pero no las del clásico héroe de las poesías épicas de Homero, ni tampoco las de la Alicia heroína de Lewis Carroll, que representa el único agente aparentemente libre en un mundo que se mueve entre la locura y la razón. El héroe de Charly García es él mismo; una parodia de la estrella del rock, un no-héroe cuya trayectoria Favoretto divide en dos fases: en la primera, que llega hasta 1982, se presenta de manera concreta en los años marcados por las dictaduras a través de Sui Generis, La Máquina de Hacer Pájaros, Serú Giran y sus comienzos como solista.

La segunda, en la que sucede reformula estéticamente, coincide con la etapa democrática y llega hasta la actualidad. Ésta comienza con Clics Modernos (1983), un disco rupturista en su obra en el que fragua la parodia de sí mismo, y continúa con la progresiva construcción del yo-personaje que desemboca en el héroe alegórico. Favoretto relata este proceso alternando episodios de la vida privada del artista a interpretaciones de sus letras, la reaparición de Sui Generis (2000) y su nuevo regreso como solista

Por otra parte, la autora señala tres niveles alegóricos en la obra de García: el primero y más próximo al núcleo abarca referencias a las distintas formas de poder (político, eclesiástico e institucional); el segundo, menos influenciado por el significado literal, aborda las artimañas y secuelas del poder (mentiras, decadencia moral, etc.); y el tercero cumple una función didáctica y se abre a nuevos espacios de exploración (ilusiones, idealismos, transformaciones e influencias del dadaísmo).

Algunas alegorías cumplen una función didáctica que, al calor de la consolidación del campo del rock, buscaron incentivar el pensamiento libre; otras (recuperando el paralelismo con Alicia) analizan la función del espejo y la luz en las alegorías ópticas; y, finalmente, las alegorías heroicas que permiten abordar la construcción paródica de sí mismo como estrella del rock.

Efectivamente, Charly García ocupa uno de los lugares centrales en el panteón de los ídolos nacionales contemporáneos, pero su aura es la de un héroe descendido por el pecado de los excesos. Sin embargo, esa imagen construida a fuerza de destrucción de instrumentos en vivo, de asombrosas historias (como aquella vez que se arrojó a una pileta desde un noveno piso), y de estéticas iconoclastas, pueden ser interpretadas, si se agudiza la mirada, como recursos empleados irónicamente para manifestar una crítica de todo eso banal que hegemonizó el mundo del rock. Charly García es nuestro mito viviente, nuestro no-héroe nacional.

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