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La exégesis de las letras de canciones

De la creación al slogan.

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Cotidianamente vemos fragmentos de letras en remeras, en graffitis, en tatuajes, en estados de redes sociales. ¿Qué quieren decir(nos) los artistas a través de sus letras? ¿Es posible desarrollar la capacidad para “descifrar” el mensaje oculto o la interpretación está dada por el sentido que nosotros le imprimimos?

Hace algunos días, un amigo me contaba una anécdota ocurrida en un viaje en tren en la cual el protagonista, un experimentado bohemio que se presentaba como un seguidor de Los Redondos desde los tiempos inmemoriales, intentaba explicarle a otro, implacable -y, quizás, bajo ciertos efectos etílicos- el significado de cada una de las letras compuestas por el Indio. Esa circunstancia reverberó en una vieja reflexión que me permitiré compartir en estas líneas: ¿Es posible desentrañar un mensaje oculto detrás de las letras de canciones? ¿Cómo influyen en nuestra vida cotidiana? ¿A qué se debe que ciertas frases alcancen tanta popularidad?

Probablemente, todos hayamos sido testigos de situaciones similares, en las cuales la iluminación providencial se posó sobre alguien que tuvo la revelación que le permitió entender qué es lo que la letra quiere decir, o disponer de la información contundente y fehaciente de que el autor la escribió por un determinado motivo o haciendo referencia a alguna cuestión concreta. Como si el transmisor único de sentido de las canciones fueran sus letras, e interpretarlas, como un exégeta interpreta La Biblia, confiriera la credencial de fan autorizado. Efectivamente, el contexto es un factor condicionante en la producción de los artistas, pero ese mismo contexto condiciona también la escucha por parte del público, es decir, que la interpretación de las letras tiene más que ver con nosotros que con los artistas.

En ese sentido, retomando los postulados de la socióloga Tia DeNora, es posible pensar a la música como un dispositivo que nos habilita para la acción y que nos permite modular los acontecimientos que ocurren a nuestro alrededor de una manera concreta. Así como los artistas le imprimen, lógicamente, un sentido subjetivo a sus producciones, las letras de sus canciones representan, no obstante, escenas diferentes para cada uno de nosotros porque le otorgan sentidos diversos a las circunstancias que ocurren en nuestra vida cotidiana, o bien funcionan como un boleto sin vencimiento para viajar al pasado, hacia algún recuerdo particular moldeado por los sentidos otorgados a esas letras.

Por su parte, el autor Claude Chastagner propone, en su libro “De la cultura rock”, que la fórmula del éxito de las letras más populares está dada por el poder del eslogan y, en tal sentido, la cultura pop y rock ha sabido representar un movimiento comunicacional de carácter musical que ha ofrecido la oportunidad de consolidar la juventud en oposición a determinados estilos de vida, formas constituidas de familia y cultura, entre otras cuestiones. A través del tiempo, la normalización del eslogan dentro de la cultura rock ha transmitido (y transmite) una identidad efectista y persuasiva que produce una adhesión de alto impacto que, al ser repetitivo, se serializa y se universaliza. Independientemente de los juicios de valor, esos eslóganes que consumimos condensan esos sentidos en nuestras experiencias cotidianas.

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Paul ha muerto, el mito ha nacido

De la leyenda urbana a la eternidad del mito.

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Hace 50 años, el 17 de septiembre de 1969, el periódico de la Universidad de Drake en Des Moines, de Iowa, publicó un reportaje firmado por Tim Harper titulado “¿Está muerto el Beatle Paul McCartney?”. Paul is dead se convirtió en una consigna alrededor de la cual se fue gestando, como una bola de nieve, un halo de misterio en el mundo de la prensa de rock y de los fans, conteniendo una serie de posibilidades y elucubraciones acerca de la muerte de Paul McCartney​ tras un trágico accidente automovilístico el día 9 de noviembre de 1966, siendo reemplazado por William Campbell, el ganador de un certamen hecho para tal fin. ​A continuación, una breve reflexión acerca de la leyenda de la muerte de Paul McCartney como fragmento de su propio mito.

La vida después de la muerte

La única forma de justificar letras inconexas y melodías disruptivas, progresiones de acordes imposibles de mantener respetando las escalas clásicas mayor y menor que siempre habían usado, entre otros avatares que el breve paso de Paul por la Tierra había dejado, motorizó toda una puesta en escena orquestada por George Martin para que la farsa (y con ella, el negocio), continuaran. Ese tenor tuvo la necesidad de encontrar explicaciones del viraje de los Beatles en la etapa psicodélica, que los encumbró como emblemas de una época, que discurrió en anécdotas que relatan una intrépida búsqueda para sustituir la ausencia del genio indiscutido, en un contexto marcado por la crisis creativa sufrida por John, las limitaciones de Ringo, y el viaje de George a Oriente en búsqueda de inspiración.

Los argumentos de la muerte de Paul, ampliamente recabados y analizados por periodistas y fans de diverso pelaje, se apoyan en indicios que van desde elementos encontrados entre las grabaciones de los Beatles a partir de 1967, interpretadas como acertijos o rompecabezas brindados al público, hasta la exégesis de mensajes ocultos revelados al escuchar ciertas canciones en sentido contrario. La potencia de las incógnitas que esta trama encierra probablemente se vincule menos con la necesidad de encontrar la veracidad de los hechos que con la gestación, por un lado, de los Beatles como íconos excluyentes de la cultura popular occidental durante los años ’60, y por otro, con el papel fundamental que Paul ocupaba.

El extraño caso de la inmortalidad de Paul

La coyuntura de los ’60, irritada por los violentos acontecimientos de Vietnam y la amenaza nuclear de la Guerra Fría, las revueltas políticas y sociales, y el proceso de descolonización en Asia y África, abrió el portal del ascenso social a los jóvenes de clase media y trabajadora de las principales potencias occidentales, amortiguados por un Estado de Bienestar que promovió la justicia social y la igualdad de oportunidades. El acceso de los estudiantes de artes a la cultura de élite les permitió sintetizar elementos de ambos mundos en un proyecto estético que llevó la imaginación al poder. Los Beatles encarnaron ese sueño hecho realidad.

Tal y como vimos cuando repasamos la mitificación de la figura de Spinetta, el mito, relato tradicional que se refiere a acontecimientos extraordinarios, es protagonizado por seres sobrenaturales. En ese sentido, a medida que se desarrollaba la segunda mitad de los ’60, los Beatles (y particularmente Paul) se fueron consolidando como working class heroes que lograron articular exitosamente elementos de la denominada cultura de élite con la cultura popular. Las intrigas sobre la muerte de Paul fueron, en cualquier caso, funcionales a las características milagrosas con que los de Liverpool fueron dotados: los signos enviados por el universo, interpretados correctamente, nos pueden revelar que la genialidad de Paul no podía caber en los límites físicos de un cuerpo humano. Por eso debió volver de las tinieblas una y otra vez.

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Esto dejó la “Muestra música 2019”

Buena onda, rock, y amor por la música. Así fue la feria más grande de Sudamérica.

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La muestra música se erigió en el predio ferial de la rural y significó mucho más que un par de stands.  Implicó performances en vivo, demostraciones, exposiciones de instrumentos de primer nivel, y mucha música en espacios micro y macro.

Al ingresar al pabellón ocre de la rural, las luces y el humo inundaban el ambiente. Los andamios y estructuras que sostenían los reflectores, generaban una atmósfera de recital, e invitaban a sumergirte en una experiencia de buena onda, rock y por supuesto, amor por la música.

Había guitarras por doquier, brazos tatuados, cabelleras largas y algunos Ray Bans indoors.
Al avanzar por los stands se podía apreciar una amplia variedad de instrumentos musicales y accesorios tanto como implementos para los mismos, los que eran probados en el acto con gran destreza para que se viera su funcionalidad.

En un pabellón más al fondo, había demostraciones de freestyle en vivo, grabaciones de guitarra y stands de venta de posters de bandas internacionales tanto como de remeras, aunque el más concurrido era el de vinilos, de los que había cualquier variedad y origen.

El recinto dispuesto para la exposición contaba además con un escenario en el que se realizaban performances y demostraciones en vivo.

Entre otra de las muestras musicales tocó un trío de chicos que manejaban la armónica como profesionales del blues, con un pequeño gran público que los vitoreó de principio a fin por el simpático y desenvuelto show que supieron ofrecer.

Al salir a la parte exterior, se develaba un predio dispuesto con un escenario donde estaba tocando la famosa banda de rock nacional Los Tipitos, al mismo tiempo que una muchedumbre disfrutaba de las ofertas gastronómicas de los foodtrucks, una cerveza, algo para comer, etc. También tocaron Eruca Sativa, Los Tipitos, Miss Bolivia, entre otros.

Al pasar las horas los jóvenes sentados en el pasto como en cualquier festival de UK, disfrutaban de un anochecer acogedor y un clima óptimo para ver una banda más hasta las 21, momento cuando cerraba el festival. El ambiente era relajado, de buena onda y entusiasmo.

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Los Beatles de niños

Antes de que se convirtiesen en un fenómeno mundial, los cuatro de Liverpool tuvieron infancias muy diferentes entre sí pero casi como las de cualquier otro niño de aquella época.

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Casi todos conocemos la manera en que Los Beatles se conocieron y llegaron a ser quienes son. Sin embargo qué hay de sus vidas antes del éxito. En esta nota repasamos algunos detalles sobre las infancias de estos genios de la música.

Ringo Starr, o Richard Starkey, el mayor de los cuatro, nació el siete de julio de 1940 en el humilde barrio Dingle. Hijo único de pasteleros empezó su vida con la separación de sus padres en 1944: su madre había dejado atrás su vida social por el nacimiento de su hijo y su padre pasaba días enteros fuera de la casa, yendo de bar en bar.

Se sabe que Ringo tuvo una infancia asociada a hospitales: el problema comenzó cuando tenía seis años y terminó en coma durante unos días por una peritonitis. La situación que vivía el Reino Unido hicieron que pasase todo un año en el hospital para poder recuperarse y más tiempo aún tras su vuelta a casa. A los ocho años no tenía educación suficiente: no sabía leer ni escribir como lo hacían los demás chicos. A pesar de eso, asistía a la escuela en el curso que le correspondía por su edad, aunque era la figura ausente del grupo de alumnos.

Ringo pasó años con una profesora particular, Marie Maguire Crawford, nada más y nada menos que su vecina, considerada por él una hermana, para poder ‘alcanzar’ a sus compañeros de la escuela, pero en 1953 contrajo tuberculosis y tuvo que volver al hospital, donde permaneció dos años. Si bien se puede ver como algo terrible para un chico, produjo un efecto muy bueno: fue cuando él se enamoró de la batería.

Los médicos de aquel entonces recomendaban a los internados de larga duración hacer algún tipo de ejercicio con los brazos, como por ejemplo, con instrumentos musicales. Durante dicha estancia hospitalaria, su madre se casó con Harry Graves, un fan de las big bands de jazz, quien ayudó a Ringo a desarrollar su pasión por la música.

Cuando en 1955 Ringo volvió a casa, a la edad de 15 años y tras haber tenido que abandonar la escuela casi a la fuerza por estar a un nivel muy inferior que sus compañeros, decidió probar suerte en el mercado laboral: fue trabajador ferroviario y mozo en un barco, entre otros, hasta que en 1956 empezó a trabajar en un fábrica de útiles escolares. Allí conoció a Roy Trafford, que le mostró lo que era la música skiffle. Ringo recibió su primera batería como regalo de navidad cuando tenía 17 años.

John Lennon no tuvo una infancia muy diferente, quitando los hospitales. Nació el 9 de octubre de 1940 mientras su padre, Alfred Lennon, estaba navegando. En 1943 se embarcó nuevamente hacia Estados Unidos y no volvería a Liverpool en casi un año y medio. En ese período Julia Stanley, la madre de John, inició un romance con un soldado, de quien quedó embarazada y tuvo una hija a quien dio en adopción, por presión de su familia y falta de recursos. Más tarde Julia comenzó una relación amorosa con “Bobby” Dykins, quien sería su compañero durante el resto de su vida. Su decisión de vivir juntos, desencadenó una severa crítica moral por parte de la familia y se vio obligada a entregar la custodia de John a su hermana Mimi y su marido cuando él tenía casi 5 años.

A mediados de 1946, Alfred Lennon reapareció yendo a visitar a su hijo John con la intención secreta de emigrar a Nueva Zelanda y llevárselo con él. Su madre descubrió la maniobra y acordaron que ella mantendría la tenencia, a pesar de vivir con su tía. Julia lo visitaba seguido en su casa de Menlove Avenue de Liverpool  y cuando John tenía 11 años, comenzó a ir solo a visitar a su madre con el fin de restablecer el vínculo, que sucedió a través de la música: le ponía discos de Elvis Presley y Fats Domino. Dos años más tarde Julia le enseñó a tocar el banjo.

Después de la primaria, John asistió a la secundaria Quarry Bank donde tenía su propia “revista” con dibujos y caricaturas de profesores y compañeros. En 1956 formó su propia banda de skiffle: “The Quarry Men”. Su madre puso su casa para los ensayos y al año siguiente le compró a John su primera guitarra.

Paul y George tuvieron una infancia mucho más tranquila. Paul McCartney nació el 18 de junio de 1942, donde su madre Mary (“mother Mary” de “Let it be”) era enfermera. Pasó a la secundaria con una de las mejores tres notas de su colegio y fue un alumno ejemplar.

Cuando tenía 12 años conoció en el colectivo escolar a su compañero George Harrison, quien era un año más joven pero también estaba interesado en la música. Paul tenía la suerte de haber crecido en una familia musical: su padre tocaba en una banda de jazz local. Aunque lo mandaron a clases de música, McCartney prefirió tocar de oído y aprendió guitarra, piano y trompeta. Su padre también se interesaba por la cultura musical de sus hijos, por eso además de insistir en tener conocimiento les facilitaba el acceso al mismo: les conectó un par de auriculares, cuyo cable cruzaba la casa, a la radio del living para que la puedan escuchar de noche.

A los 14 años Paul perdió a su madre debido a una operación fallida de cáncer de mama. Al año siguiente por su cumpleaños recibió una trompeta que cambió por una guitarra acústica, ya que no podía cantar al mismo tiempo que hacía música. Más tarde se uniría a John Lennon y su banda.

George Harrison, el más joven de los cuatro de Liverpool, tuvo la infancia más feliz de todas. Nació el 25 de febrero de 1943, hijo de un colectivero y una vendedora, el más chico de una familia de 3 hijos más. A Louise, su madre, le encantaba la música; tanto que así en noches con amigos, pasaban horas cantando haciendo que los vecinos golpearan las ventanas para que hiciesen silencio.

George pasó a la secundaria con buenas notas y la empezó con ilusión ya que ofrecían lecciones extra escolares de música, pero la decepción llegó cuando tras la primera clase descubrió que no iban a tocar la guitarra. Sin embargo su verdadera pasión nació cuando un día andando en bicicleta por su barrio escuchó a Elvis Presley sonando en el tocadiscos de una casa. Fue un antes y un después. Empezó obsesionarsecon las guitarras: las dibujaba en los deberes, en los cuadernos del colegio… Hasta que cuando tenía 14 años, su padre le compró una. Al año siguiente, mediante Paul McCartney, se unió a él y a John Lennon en Los Quarrymen.

El resto es historia conocida.

 

 

 

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