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Escribiendo Londres: Guía cultural por la capital inglesa

“Este cosmos circular del que el hombre es Dios

Posee soles y estrellas de verde, dorado y rojo,

Y nubes de humo que sobrevuelan las alturas,

Ocultando su cielo de hierro”.

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“Este cosmos circular del que el hombre es Dios

Posee soles y estrellas de verde, dorado y rojo,

Y nubes de humo que sobrevuelan las alturas,

Ocultando su cielo de hierro”. Chesterton, La estación de King’s Cross.

Una ciudad que ha inspirado a nativos y a visitantes, por su arquitectura, su riqueza histórica y cultural, por sus parques tan verdes y la cordialidad de sus habitantes, bien merece su paseo literario. ¿Qué no se ha dicho y escrito sobre Londres? Lo cierto es que una urbe que se reinventa en tiempos cíclicos tan acelerados, siempre tendrá una nueva palabra, un nuevo libro, una nueva sensación a describir. Ya fuimos de compras por Covent Garden, ya nos metimos en todos los pubs de Camden Town, ¿ya tomaron el té en el Claridge? you should, dear, así que es hora de hacer honor a las grandes plumas que pisaron estas calles. Paraguas en mano, eso sí: en algún momento del día va a llover.

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Charing Cross es una zona ideal para empezar: sus famosas y antiguas librerías parecieran no tener fin. Cruzar por Picadilly Circus y quizá tomar un té en el Hotel Cafe Royal (porque sí o sí hay que tomar el té y bien a la inglesa: con leche y azúcar) donde Wilde, D.H. Lawrence, George Bernard Shaw y Virginia Woolf solían hacer lo propio.

De rigor, el visitante cruzará por el Palacio de Buckingham, el Big Ben y el increíble Westminster Abbey. Una vez ahí, habrá que asomarse hasta la Esquina de los Poetas y rendir homenaje a los ahí enterrados: Lord Tennyson, Rudyard Kipling, Geoffrey Chaucer y Dickens. También están los memoriales de las hermanas Brontë, Jane Austen y Oscar Wilde. Fue Kipling quien escribió en sus Siete reglas para vivir en Londres: “”Nunca comas bollos, ostras, bígaros o caramelos de menta en un autobús. Molesta a los demás pasajeros. (…) Evita trasnochar, el salmón encurtido, las reuniones públicas, los cruces abarrotados, las alcantarillas, los carros de agua y comer demasiado”. Tomen nota.

El mismo Lord Byron, el gran poeta del romanticismo, pasó cuatro años de su vida allí y sus pasos quedaron marcados. Tanto, que por 5 libras la Byron Society te lleva a recrearlos por las calles que caminó. También puede uno ir solito su alma hasta el pituco barrio de Chelsea, asomarse por la Tite Street, llegar hasta el 34 y deslumbrarse con la fastuosa fachada del edificio de departamentos donde vivió Oscar Wilde (vivienda que perdió tras el juicio contra el Marqués De Queensberry, el padre de su amante Lord Alfred Douglas quien lo había acusado de homosexual). Dijo Wilde: “El hombre que puede dominar una conversación en Londres puede dominar el mundo”. En Adelaide St, cerca de Trafalgar Square, pleno centro turístico, se encuentra un monumento en homenaje al escritor irlandés donde uno puede sentarse en el banco y analizar -con él, por qué no- su frase que lo decora: “Todos estamos en la alcantarilla pero algunos miramos las estrellas”.

El famoso The George Inn está ubicado en el 77 de Borough St, un pub que data del siglo XVI y se sabe han pasado por ahí desde el mismo Shakespeare (habrá urdido ahí alguna de sus composiciones, se pregunta el visitante) hasta Charles Dickens (quien lo nombra en su Pequeña Dorrit).

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Pocas caminatas más placenteras que por el Soho, sus callecitas angostas, llenas de pubs, librerías y coloridos sex shops por igual… En Dean Street, una de sus calles más transitadas, destaca la French House, un pub donde Brendan Behan y Dylan Thomas se daban cita para beber y, seguramente, hacer gala de su bohemia. De hecho, una anécdota muy colorida de la vida del poeta galés ocurrió entre estas paredes: el manuscrito de La Vía Láctea quedó allí olvidado y la BBC corrió en su búsqueda. Ahí estaba, así que tranquilos. Sabido es el amor de Dylan Thomas por el alcohol, así es como varios pubs fueron escenario de sus paseos y charlas. El Fitzroy Tavern -así denominado por el distrito donde se encuentra, Fitzrovia-, por ejemplo, también acogía a George Orwell y llegó a ser el el lugar favorito de los artistas e intelectuales ingleses de las décadas del 30 y del 40. Aún hoy conservan los cuadros de estos dos escritores.

Y la fastuosa casa de cuatro pisos de Charles Dickens donde vivió entre 1837 y 1839 es hoy un museo, lo cual le da una intimidad particular: sus objetos allí exhibidos… pareciera tener a mano su fraternidad. En el 48 de Doughty Street se puede pasear y apreciar sus plumas con las que escribía, la pequeña cama donde dormía y hasta alguna prenda (además, hay un barcito pequeño al lado donde hacen unas tortas de limón que son una locura). Esto es en Holborn, muy cerca del Museo Británico. Dijo Dickens en su Diccionario de Londres: “Cuando reflexiono sobre el pasado de esta enorme metrópolis, me parece asistir al desarrollo de una espectacular obra de teatro en la que los actores son reyes, reinas, príncipes, nobles, prelados, genios, poetas, filósofos, estadistas y soldados”.

Ian McEwan, Julian Barnes, Martin Amis, Clive James y mucho antes que ellos Dickens, disfrutaron de sus pintas en Pillars of Hercules, en el Soho también, el 7 de Greek St

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El Londres de Virginia Woolf ya es de una belleza única desde la propia concepción de la escritora: su casa natal en el 22 de Hyde Park Gate en el exquisito barrio de Kensington lo deja a uno sin respiro. Muerto su padre, Woolf comienza con sus cuadros de depresión y la familia se muda al 46 en Gordon Square de Bloomsbury donde dará comienzo justamente al grupo que bajo ese nombre, reunía a intelectuales de Cambridge. Tras su primera internación en Twickenham luego de una severa crisis mental, se instala con su marido en el también exclusivo barrio de Richmond donde fundarán juntos la imprenta y editorial para publicar a los del grupo de Bloomsbury (aún funciona como tal). Finalmente dejará Londres para instalarse en Sussex donde tras varios intentos de suicidio, lo logrará. “Las calles de Londres tienen su mapa, pero nuestras pasiones están inexploradas… ¿con qué se puede encontrar uno si da vuelta a la esquina?”, escribió Virginia Woolf sobre su ciudad.

Traditional Victorian brick houses in London Kensington

Apenas ésta una muestra de la vasta alfombra cultural que se extiende en Londres. Y cómo no emocionarse sabiendo que está uno parado en esos espacios tan emblemáticos que forjaron no sola una sociedad, sino un mundo al que dedicaron sus letras, su música, su arte todo. Y lo mejor de todo es que todo es despojados de solemnidades e intenciones flemáticas: está inmerso en un ambiente de color y novedosos conceptos que invitan a caminar y disfrutar de este núcleo urbano como resulta la capital inglesa, si no la que más, al menos una de las tres urbes más interesantes del planeta.

“Haymarket es un distrito que de noche frecuentan las prostitutas a millares (…). Es una experiencia aterradora estar en medio de esa gente, ¡Y qué amalgama! Hay mujeres viejas, y otras tan hermosas que le hacen detenerse a uno, boquiabierto. La verdad es que las inglesas son las mujeres mas bellas del mundo”, Fiodor Dostoievski, Notas de invierno sobre impresiones de verano (1863).

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Oobah Butler: las reglas se hicieron para romperse

Un joven escritor freelance que pone a prueba las normas y algoritmos de la web.

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La flema inglesa no sólo se viste de etiqueta. A veces lleva un salmón en sus brazos y pretende romper estúpidas antiguas leyes de su reino en la mítica crema londinense, para delinear ese espíritu irreverente punk que lleva en la sangre.

Oobah Butler es el joven que encarna esta misión rebelde para VICE, el canal de YouTube de noticias independientes que lo da a conocer y que lleva adelante el cometido de realizar todo aquello que se prohibió durante los siglos anteriores en frente de la policía inglesa.

Las acciones van desde estar descalzo frente al Palacio de Buckingham, hacer apuestas en una librería, cantar obscenidades en la vía pública (esto es, dedicarle una dulce balada a Tony Blair acerca de acostarse con él), hacer knock-a-door-run (que por cierto la casa seleccionada es la del primer ministro), hasta entrar con una armadura al Parlamento “corriendo el riesgo de ser decapitado”, y otras hazañas que tal vez no lo fueron tanto, dado que al final al tratarse de “dumb rules” o como nosotros las llamaríamos, reglas tontas, no fue reprendido.

Lo curioso es que al realizar todas estas semiproezas ridículas, Oobah se encuentra con reacciones bien inglesas de ligera sorpresa, camaradería, complicidad y desdichada aceptación, aunque hay algunas personas que se asustan. Lo que se quiere subrayar es el humor inglés que se caracteriza por ese “ya nada me sorprende” o aquel “can I get some fries with that?”.

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The Pop Up Bus: un toque inglés en medio del asfalto porteño

Una empresa argentina ofrece el alquiler de los famosos colectivos “Double Decker” ingleses para eventos y publicidad, y planea próximamente abrir un bar temático en el interior de uno de ellos.

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The Pop-Up Bus es una empresa argentina que ofrece el alquiler de autobuses ingleses para eventos, estrategias de marketing y publicidad, o traslado de pasajeros. Nació en 2014 de una epifanía que tuvo Santiago Rivarola, abogado y gran admirador de la cultura británica, mientras se encontraba de viaje en Londres, específicamente transitando la ciudad arriba de un Routemaster Leyland clásico. “Nuestro vínculo con UK es cultural y principalmente a través de la música. En lo personal siempre me gustaron bandas como Joy Division, The Clash y Siouxsie And The Banshees, y la estética de los 70 y los 80”, cuenta.

Originalmente los Routemasters fueron diseñados para tener una vida útil de 17 años, y terminaron circulando por Londres más de 50. Eso significó que varias generaciones crezcan con los Routemasters, e hizo que el bus se incorporara de manera natural al paisaje de la ciudad. Y todo ícono de Londres sabemos que se convierte en un ícono reconocido mundialmente”, explica Rivarola sobre la simbología del vehículo.

Tal fue la fascinación que tuvo el abogado con la experiencia que a su retorno a Buenos Aires decidió investigar el tema y emprender el proyecto que hoy tiene cinco años. El trabajo de campo sobra la posible existencia de estos históricos colectivos “Double Decker” en Argentina fue bastante difícil, y que en total pudo ubicar once Routemasters, pero muchos de ellos en malas condiciones. “Por cuestiones aduaneras esta clase de vehículos ya no se pueden importar más a nuestro país. Todos los que existen en la Argentina ingresaron en la década del `90”, relata.

Finalmente con la ayuda de un amigo compraron uno y pusieron en marcha The Pop Up Bus para el mundo de los negocios, el marketing y la publicidad. El diferencial que ofrecen con respecto a los colectivos que transportan personas es la posibilidad personalizar las unidades, tanto por dentro como por fuera, y los recorridos que hacen. “Básicamente nos contratan marcas para hacer activaciones – detalla el dueño de la empresa – los colectivos se pueden vinilar parcial o completamente con la estética y logo de la marca, o se le pueden colocar carteles a los costados, atrás y adelante. Pueden quedar estacionados o circular por la ciudad”.

La flota esta conformada por cinco colectivos y un taxi inglés, cada uno con su nombre: el taxi se llama Phineas, y los colectivos son Agnes, Maxwell, Rocky, Nigel y Charly.  Desde la empresa tratan de restaurarlos y mantenerlos tal como eran originalmente con la asesoría profesional del Museo del Automóvil. Uno de los proyectos en marcha más originales es la conversión de uno de los colectivos en bar: “en el deck de abajo vamos a poner canillas para tirar cerveza, y en el upper deck mesitas. En Mayo planeamos lanzar The Pop-up Bar y estamos muy entusiasmados”.

Un día nos contrataron para un casamiento, y en el traslado de los invitados desde el civil a la fiesta, nos cruzamos con otro colectivo inglés que hasta ese momento no habíamos ubicado – narra Santiago – Nos preguntábamos cuáles eran las probabilidades de que, moviéndote en un colectivo inglés por Buenos Aires, te cruces con otro colectivo inglés de las mismas características, y nos parecía demasiada coincidencia” .

 

 

 

 

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La historia de las famosas cabinas rojas de Londres

Mucho más que un gran punto para sacarse fotos.

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En llaveros, imanes, prendas de vestir, calcomanías, postales y en muchas otras formas, vemos a las cabinas telefónicas rojas y se debe a que son uno de los iconos culturales más destacados de capital inglesa. Te contamos su historia:

En 1924 el London Metropolitan Boroughs convocó a un concurso para realizar el diseño de una nueva cabina de teléfono y se presentaron distintos arquitectos de la época. El ganador fue un modelo basado en la tumba de otro arquitecto neoclásico diseñado por Sir Giles Gilbert Scott (1880-1960). Con un estilo neoclásico y su detalle rectangular final inspirado en una bóveda fue el ganador del concurso y al que se le debe este emblemático icono cultural.

El modelo se fue actualizando durante años hasta 1980. En el transcurso han aparecido diez modelos distintos con pequeñas diferencias que fueron llamados K, de kiosco, y el número correspondiente a la actualización (K1, K2, K3, etc.). El primero fue blanco y rojo como la oficina de Correos y el techo se remataba como un tejado a 4 aguas.

Sobre el color rojo, la idea original de Scott era que sean plateadas y azuladas pero al estar relacionadas a la compañía de Correos aprovecharon para marcar un color vistoso decidieron realizar ese acertado cambio a colorado.

El modelo más popular fue el sexto, diseñado por Gilbert Scott, realizado para celebrar el 25 Aniversario del reinado de George V.

Actualmente las cabinas telefónicas ya no funcionan como tales, pero se encuentran por todas partes del Reino Unido (y en distintos países del mundo) a modo decorativo. Algunas son usadas como bibliotecas, otras como kiosco, algunas están vacías, en las que se acumula basura y apestan, pero por fuera nadie quiere volverse de Londres sin una foto con ella.

Los diseños más recientes son los más fáciles de ubicar en Londres, se encuentran en toda la ciudad, para ver los más antiguos hay que alejarse un poco del epicentro de la ciudad.

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