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Electric Trim, lo nuevo de Lee Ranaldo

Lee is free.

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Lee is free.

Calificación: 8 puntos

Sí, Lee Ranaldo se siente más libre que nunca, y esa libertad lo ha llevado por caminos diversos e insospechados en los últimos seis años, a partir de la separación de Sonic Youth. Desde Between the Times and the Tides, pasando por los trabajos con su banda The Dust en los discos Last Night on Earth y Acoustic Dust, hasta llegar a Electric Trim, su más reciente álbum, Ranaldo ha ido acercándose paulatinamente a sonidos vinculados a su infancia y formación, esa que le permitió romper todas las reglas junto a la pareja Thurston MooreKim Gordon desde principios de los 80.

Pero esa regresión a una escuela musical más tradicional no ha sido, como era de esperarse, por vías estrictamente ortodoxas. Desde el comienzo del disco, con “Moroccan Mountains”, los sonidos orientales de cuerdas se combinan con el tan sabido spoken word de Ranaldo, para acelerar y desacelerar entre el fuzz y las arremetidas rítmicas. “Yep! Yep!”, exclama Lee, que afirma seguro “It’s time to tell you what to do/ It’s time to tell you what I’m looking for” (“Es hora de decirte qué hacer/ Es hora de decirte lo que estoy buscando”). Un tema extenso que abre Electric Trim y da cuenta de qué va el resto del álbum: pasajes sonoros y cambios de climas en cada track son la constante.

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Ranaldo hace uso de la batería electrónica para subir el tempo en el relato de escenas tétricas de “Uncle Skeleton”. Aquí el canto de Lee, aspecto en el que no suele destacarse, está perfectamente fusionado con las armonías y las voces fantasmales de fondo. Atravesando las líneas de teclados, los ajustados arreglos vocales se repiten en “Let’s Start Again” gracias a la dulce voz de Sharon Van Etten, quien colabora en seis canciones del disco, incluyendo el dúo que mantiene con Lee en la delicada “Last Looks”, uno de los grandes aciertos de este trabajo. La pieza se divide claramente en dos partes, primero con el par Ranaldo-Van Etten cantando íntimamente, y luego sólo Lee tomando impulso para gritar un desesperado “Hello! Hello!” repetidas veces. La guitarra acústica a lo Jimmy Page y el final con la aparición de una trompeta –algo que se repite y acentúa de manera épica en “Purloined”– son una grata sorpresa.

“Circular (Right as Rain)”, primer corte de Electric Trim, sirve también para ejemplificar en dónde se encuentra Ranaldo en este momento. Si bien el tema se diferencia del resto del tracklist, es el que más evidencia esta vuelta del neoyorquino a sus raíces. De notoria influencia beatle, la canción navega entre las baterías de “Tomorrow Never Knows” y los crescendos de “A Day in the Life” para llegar a las costas de una psicodelia que Lee jamás soñó. La diferencia la hace la mano del español Raül “Refree” Fernández en la producción, quien entabló amistad con el guitarrista en una de sus tantas visitas a Barcelona, ciudad donde se grabó parte del disco (la otra sede fue Nueva York).

El álbum también cuenta con la colaboración en guitarras de Nels Cline, quien en Wilco aporta los pasajes más sónicos, y la participación en baterías de Kid Millions y el otro compañero de ruta de Ranaldo y también ex Sonic Youth, Steve Shelley, que se ha mantenido ocupado entre los proyectos de Lee y los de Thurston Moore, además de girar –y visitar nuestro país– con Mark Kozelek y los brasileños de Riviera Gaz.

Para el tema que da título al disco, Lee profundiza en sus reflexiones como si fuera un poeta beat –junto al escritor Jonathan Lethem compuso las letras del álbum– y pregunta sin rodeos: “Are you scared of a woman’s love?/ Are you frightened of a man’s love?” (“¿Tenés miedo del amor de una mujer? ¿Te asusta el amor de un hombre?”).

Para “Thrown Over the Wall” las guitarras acústicas abren paso al crepitar de una sutil percusión, que Ranaldo nuevamente rompe con un “Hello! Hello!”, esta vez abatido, como recordando a Pink, aquel personaje creado por Roger Waters para The Wall, quien se preguntaba si había alguien del otro lado. “New Thing”, canción que cierra el álbum, hace referencia a los tiempos que corren en los que muchos necesitan estar conectados;  “todos están hablando de la cosa nueva”, menciona con irónica sorpresa.

Quizás lo nuevo de Lee no sea del todo nuevo, porque sus exploraciones en Electric Trim abrevan de ciertos clasicismos de la música anglosajona, pero siempre es atractivo escuchar cómo un tipo que gran parte de su carrera se dedicó a quebrar las estructuras y los formalismos, ahora se emprende en un viaje sonoro que dibuja un círculo prefecto.


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Isolation: El disco debut de Kali Uchis

Tras su colaboración con Gorillaz y su consolidación como estrella pop internacional, Kali Uchis estrena su primer disco con acompañamiento de Damon Albarn, Kevin Parker y Tyler the Creator.

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Desde los primeros segundos de la intro de Isolation, con una atmósfera de jazz brasileño, Kali Uchis viene a decir que no hay género que quede fuera del alcance en su disco debut, que llega cuatro años después de la salida de su EP “Por Vida”. R&B, neo-soul, influencias doo woop, sabores a jazz y funk, reggaeton y ecos psicodélicos, todos emparchados en una atmósfera general bedroom pop totalmente lo-fi. Su recorrida a través de diferentes estilos musicales en ningún momento se siente forzada y el disco fluye naturalmente por una colección de invitados y sonidos diversos, que en ningún momento opacan el implacable protagonismo de Kali. El constante tono vintage y un tanto retro en ningún momento hace que el álbum se sienta menos contemporáneo y renovador. Las comparaciones se pueden trazar desde Beck hasta Outkast, pasando por Amy Winehouse como parada obvia, pero ¿para qué hacer comparaciones? Si hay algo claro en Isolation es que Kali Uchis esta mas que cimentada como una fuerza en sí misma.

Karly-Marina Loaiza ha sido una presencia prometedora en la periferia del pop durante años, desde la salida de su mixtape “Drunken Babble” y su posterior EP “Por Vida”, que contenía los exitosos “Know What I Want”, “Lottery” y “Loner”. Con tan solo veinticuatro años, la colombiana ha logrado captar la atención de personajes tan variados como Snoop Dogg, Lana Del Rey y Damon Albarn. Su voz y el tono general de sus composiciones no ha dejado de ser comparado con Amy Winehouse. Algunas de estas reflexiones parecen escaparse de las infames declaraciones de Jack White sobre el legado de Winehouse. Pero Kali Uchis parece destinada a contradecir ese tipo de pensamientos y probar que sus intenciones son completamente originales.

No todo es perfecto en el disco, pero ciertamente la proporción de genialidad prevalece, por lo que señalar algunos imperfectos primero permite deshacerse en alabanzas después. “Dead To Me” no me pareció particularmente memorable, aunque parece destinada a ganar cierto éxito con su estribillo pegajoso y su sonido a versión actualizada del EP “Por Vida” (recuerda particularmente al single “Loner”). “Teeth In My Neck” cansa y de a momentos se convierte en un pastiche predecible de críticas a la industria musical (“What do you do it for? / Rich man keeps getting richer taking from the poor”). “Nuestro Planeta” no me convence como el pequeño hit que parece destinado a ser, aunque la letra completamente en español es refrescante en un disco predominantemente inglés, y se distingue de los remates y frases cortas en un español primitivo que le dan toques exóticos a algunas canciones del disco (“Esta rico, papi / Esta guapo”). Por último, “Flight 22” no parece capaz de estar a la altura del resto del disco.

“Miami” tiene similitudes con “Hollywood” (el tema que Gorillaz estrenó en vivo recientemente), quizás más en el nombre que por el sonido. El track, con tintes a Lana Del Rey, cuenta con la participación de la rapera Bia, y consiste en una pequeña crónica sobre el inmigrante latino enfrentado al cada vez más decepcionante sueño americano. “Why would I be Kim, I could be Kanye” es la primera de las declaraciones memorables que Kali susurrara a lo largo del disco. “Live and fast and never die” se escucha poco después. Un track perfecto para Ocean’s 8 o la secuela de Baby Driver.

En “Tyrant”, Kali pregunta: “What would you do with all that control?”, interpelando a un receptor desconocido, acompañada por la cantante Jorja Smith y producida por Sounwave (autor del sonido de “Don’t Kill My Vibe” de Kendrick Lamar). La colaboración con Damon Albarn, “In My Dreams”, es el momento más desanimado y lo-fi del disco, estando en el polo opuesto de “She’s My Collar” y “Ticker Tape” (las colaboraciones de Uchis con Gorillaz del año pasado) en un buen sentido. “The moments we are happiest / Are the moments that we don’t exist” dice Albarn cuando hace su entrada, manteniendo el clima de soundtrack de película indie en Sundance.

La constante referencia a los sueños es parte de la idea de alienación del disco, siendo el lugar último donde la cantante se separa del mundo físico y reflexiona, destilando las conversaciones introspectivas que relata a lo largo del disco. El aislamiento (isolation) de Kali no es un lamento auto despreciativo sino una declaración de principios. La mayor parte del tiempo, Kali juega a ser un personaje más cercano a una guerrera de una película de Luc Besson o Tarantino que a presentarse como un alma herida. El disco presenta la épica de la chica que se escapaba de sus clases en el colegio para ir al laboratorio de fotografías, que tocaba el saxofón y el piano desde una edad temprana, que vivió entre Colombia y Estados Unidos, que trabajó en Whole Foods y vendiendo ropa diseñada por ella para poder pagar las cuentas. Uchis canta sobre una chica sola, en los inicios de su vida independiente, entre aires de indiferencia, tristeza y fortaleza.

La nueva moda de las “Intro” y los interludios funcionan en Isolation mucho mejor que en otros discos pop de reciente aparición. Todos los intermedios parecen escapados de los mixtapes adolescentes de Kali. “Coming Home”, el último interludio, es particularmente hipnótico. En “Tomorrow” se retoman los temas sobre inmigración introducidos en “Miami” en colaboración de Kevin Parker, de Tame Impala, que con su composición agrega aún mas capas diferenciales al sonido del álbum. A estas alturas del disco (el track 11 de 15), Kali ya ha dejado demostrado su capacidad para secuenciar temas, haciendo que fluyan de forma entretenida, un arte que muchos contemporáneos parecen haber perdido en épocas de streaming.

Con “After the Storm” llega el momento más alto del disco que se mantiene a lo largo del acto final de tres temas. La presencia de Tyler the Creator y, especialmente, de la leyenda funk Bootsy Collins se hace sentir y Kali comienza a resumir mucho de lo que ha venido diciendo los últimos treinta y cinco minutos. La artista resume buena parte de la filosofía del disco en cuatro líneas: “So if you need a hero / Just look in the mirror / No one’s gonna save you now / So you better sabe yourself”. En la encantadora “Feel Like A Fool” se aprecian más que claramente las necesarias comparaciones a Amy Winehouse, aunque Uchis parece decidida a darnos menos auto-destrucción y mucho más femme fatale.

El difuso reggae “Killer” cierra el disco en una nota altísima y eleva el ethos de Kali Uchis a una suerte de épica urbana outsider. El tema fue compuesto por la cantante cuando tenía diecisiete años y había escapado de su casa, tras una pelea con su padre. En esas épocas, Kali decidió vivir en el Subaru de la familia, durmiendo en estacionamientos durante las noches, donde comenzó a pulirse como compositora, escribiendo poesías adolescentes y soñando con ser directora de cine. Cuando Kali exclama “If you loved me, you wouldn’t put me through it” es imposible no pensar que refiere más a sus conflictos familiares que al amorío púber que la canción parece evocar.

Forever is for dreamers” dice Kali Uchis y nos hace dar cuenta de que el mundo es de las hijas de Amy.

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¿Ya escuchaste el nuevo disco de Robert Plant?

El ex Led Zeppelin no se queda quieto y anunció el lanzamiento de un DVD grabado en vivo en 2016 en el Festival of Disruption de David Lynch. Pero todavía estamos degustando su último trabajo de estudio, Carry Fire, que Nicolás Álvarez critica en esta nota.

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El ex Led Zeppelin no se queda quieto y anunció el lanzamiento de un DVD grabado en vivo en 2016 en el Festival of Disruption de David Lynch. Pero todavía estamos degustando su último trabajo de estudio, Carry Fire, que Nicolás Álvarez critica en esta nota.

 

El cantante dorado tiene su llama interna más viva que nunca.

Uno de los elementos que destacó a la música de Led Zeppelin fue su inclinación por lo retro, una acertada manera de visitar y retomar obras de viejos –y también contemporáneos– artistas, a veces hasta de forma polémica llegando a ser acusados de plagio mediante juicios. Esa vocación por el pasado que los llevó a definir los parámetros del rock más clásico, estableciendo todos los modismos y yeites que podrían aparecer en algún manual escolar –Jack Black lo explicitó en Escuela de Rock–, sería una tentación para cualquier músico, pero no para Robert Plant. A lo largo de su carrera solista, el cantante inglés siempre tuvo en claro el rumbo que debían tomar sus discos y nunca picó el anzuelo de revivir el espíritu de Led Zeppelin, más allá de reversiones de algunos temas en vivo o de aquel famoso concierto de 2007 en el O2 Arena. Plant se dedicó a seguir navegando hacia adelante, especialmente en sus últimos trabajos, Raising Sand (2007), junto a Alison Krauss, Band of Joy (2010), Lullaby and… The Ceaseless Roar (2014) y su flamante Carry Fire (2017).

En esta nueva entrega, otra vez con la compañía de su banda The Sensational Space Shifters, el cantante dorado enfatiza su exploración por sonidos del Medio Oriente y el norte africano, algo que había hecho en su álbum de 2014 y que significó su visita a la Argentina con un memorable show en el Lollapalooza. Aquí lo retro no tiene que ver con su prontuario rockanrolero, sino más bien con su educación y predilección por la música folk. Carry Fire no viene a traer vanguardia o novedad, obviamente Plant no inventa la rueda en este disco pero sí alcanza un nivel de profundización musical que no había experimentado antes. Los arreglos vocales, lejos del registro arrollador zeppeliano, son el gran hallazgo de Plant en la última década, centrándose en la delicadeza de las interpretaciones intimistas, a veces casi susurradas y etéreas. Aunque también hay espacio para la épica medieval en “Bluebirds over the Mountain”, un cover de un viejo tema rockabilly de Ersel Hickey que fue grabado por Ritchie Valens y The Beach Boys. Plant hace un dúo con Chrissie Hynde, de The Pretenders, y demuestra que la compañía de una voz femenina es una fórmula ganadora.

“The May Queen”, tema que abre el álbum, podría ser una referencia con su título a “Stairway to Heaven”, pero musicalmente se diferencia desde el comienzo con un ritmo marchante del Medio Oriente, una especie de adelanto de lo que ofrece el resto del trabajo. “Carving up the World Again… A Wall and Not a Fence” –en alusión a Donald Trump– va por el mismo camino pero, además del trance de penetrantes percusiones, cuenta con rasgueos de guitarra eléctrica que dibujan líneas efímeras de acordes hacia el final. Plant se mete en temas más complejos en este disco, con líricas políticas influidas por el contexto post Brexit, y se pone a discutir tópicos como el nacionalismo, la crisis de los refugiados y el colonialismo, como es el caso de “New World…”, que toca cierto nervio rockero al igual que “Bones of Saints”.

La canción que da nombre al álbum es la que mejor expresa su cruza cultural, con melodías de guitarra oriental y percusiones africanas. Instrumentos como el djembé, el bendir y la tabla se mezclan a lo largo del disco con el violín de Seth Lakeman y el violonchelo de Redi Hasa. El resto de los Sensational Space Shifters (John Baggott, Justin Adams, Liam Tyson, Dave Smith y Billy Fuller) recorren los senderos de la world music e interpretan a la perfección el exotismo que Plant se hizo cargo de llevar a Led Zeppelin en los 70.

“A Way with Words”, una exquisita canción con la voz de Plant en su máxima fragilidad –I’m back again, I know, canta su personaje cansado luego de una larga travesía– y guiada por un piano melancólico que se convierte en la perla del disco y lo parte justo a la mitad. El cierre corre por cuenta de “Heaven Sent”, una sombría canción que se asoma misteriosa como el humo que sale de una alcantarilla, con el cantante de las notas altas encontrando su tono más bajo, reptando en el empedrado de un callejón inglés. El héroe del poster deja ver sus vulnerabilidades y hace de las marcas del tiempo su principal materia prima para traer al escucha historias que podrían ser pasadas pero que siguen siendo actuales, porque ese héroe aventurero ahora es un guardián que se encarga de que el fuego siga más vivo que nunca.

9 puntos.

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Lecturas Obligadas: Especial 2017. Los que serán clásicos y los que pronto olvidaremos

Lo mejor y lo peor del año en la industria musical mainstream e independiente.

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Así de autoritarios: lo mejor y lo peor del año en la industria musical mainstream e independiente. A pesar de las predicciones de muerte al rock en función a que otros géneros satisfacen esa necesidad artística y brevedad existencial, aquí estamos. Impertérritos, celebrando nuevas fórmulas y desechando la falta de talento.

Ríos de tinta han corrido en ensayos sobre la cultura rock (lo de la tinta es una alegoría al tecleo furioso de la computadora). Como tal, esto es como elemento formativo dio lugar a otros aunque su función artística sigue delineando personalidades e identidades que no encuentran espejo en otras subculturas (la youtuber, la de la Play, etc.). Como sea, la industria habrá perdido ventas y como tal deja de apostar por nuevas bandas o por las viejas que se repitan, el mundo on line ha revolucionado todo de modo tal que la música no es ajena. Por un lado, en internet el artista ha logrado mostrarse como nunca antes, por otro,el disco físico pasó a ser objeto de culto para coleccionistas. O los valores en términos de discos de oro y/o platino: antes había que vender cientos de miles para ser dignatario, hoy la cifra ha perdido por lo menos dos ceros.

Entonces, en este vaivén que se mece entre la ganancia presupuestaria y la ofrenda artística, el mundo de la música necesita una nueva voz. Que pareciera no existir pero a modo de las brujas, que las hay, las hay. Como las Girl Ray, tres jóvenes, muy jóvenes, Londoners que debutaron con Earl Grey, un popito indie que remonta a lo primero de Pavement. Divinas, hasta vomitan en uno de los videos. O Great Grandpa, que por más naturales de Seattle que sean, se despegan de las telarañas dell viejo grunge y atacan con destacada originalidad en Plastic Cough. Grandes voces sobre armonías muy trabajadas. Los suecos Hater y su You Tried, baterías simples al frente, una voz encantadora y canciones que elevan. No como el escocés Lewis Capaldi que se inicia en estas lides con Bruises, un disco despojado, minimalista, con intenciones de cantautor folk pero queda en el camino. Tiene veintiún años, puede mejorar. Ginger Snaps, otro. Con las mejores intenciones, canta divertido pero sobre fórmulas ya trabajadas hasta el hartazgo. Nos volvemos a recuperar con Pale Waves, dos chicos y dos chicas de Manchester que con New Year’s Eve recrean un pop etéreo que si lo maduran, se despegarán de lo teen y conquistarán públicos más adultos.

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Veamos los consagrados: Depeche Mode y Spirit. Enorme, la banda que nunca se repitió a pesar de seguir las mismas pautas desde el día cero: tecno dark, synth pop y hasta una voz que murió y volvió para seguir. O The National que aún más armoniosos y hasta menos oscuros en Sleep Well Beast -no en vano les tomó cuatro años de proceso creativo, traducen un disco de amor y resulta la poesía hecha canción. OK, tienen mejores trabajos pero éste no decepciona, sigue siendo una belleza. El Concrete and Gold de Foo Fighters aburre desde el primer track. Mucho tema y/o intro muy lentas que no tienen que ver con la cara de FF y ni siquiera revientan en un gran estribillo. Solo para fans acérrimos. Quizá sea DAMN el disco sorpresa: Kendrick Lamar le agregó tanta melodía al rap, una sonoridad y una lírica tal que se lleva todos los premios, mucho más genial que Kanye. Sorry, Kim. Katy Perry la rompe con Witness: el pop es difícil de mantener (pregúntenle a Britney) y la inglesa pudo haber naufragado en aguas que le fueron muy turbulentas, hoy está más fuerte que nunca. Después de mil y un reinventos, nos quedamos con esta Katy.

Al revés que Lana del Rey, quien salió a comerse al mundo con su debut con esa boca pero no pudo mantener esa iniciación tan aguerrida. Para empezar, Lust for Life es una canción de Iggy Pop y cuánto mejor tiene que ser tu producto si se ofrece bajo el mismo nombre o cuán alejado de la primera propuesta debe estar. Pero no, Esa pauta suya tan propia (aunque con sello de productores) de casi susurrar los temas y arrastrar las palabras pudo ser un gran inicio, hoy es empalago. Discazo fue Born to Die. Y será Ed Sheeran el artista del año según muchos pero en Divide lo que se ve es que ya se agarra de cualquier ritmo para trascender. Lo que no está mal si se hace bien, pero Ed, ¿rapear? Come on. Después , sí, todo muy producido, muy arreglado, pero remonta a cualquier boys band de los 90 (y que no sea esto un desprecio ya que quien suscribe es fan de Take That que también sacó disco pero mmm).

bjork

Björk. Eterna. Siempre con el factor sorpresa, en Utopia nos muestra su mundo ideal entre la naturaleza y la tecnología, apela a una conciencia más femenina y sus claroscuros son más brillantes que nunca. Lorde creció: Melodrama nos devuelve una joven que ha construido una identidad más allá de la melancolía teen. Un disco reflexivo.

Más memorables de este año: The Fall como siempre, esbeltos, oscuros y armónicos en su New Act Emerge, Mogwai y el primer gran post rock ya más que desarrollado en Every Country’s Sun, The Horrors y la neo psicodelia más el flirteo con el industrial que tan bien le sienta de V, St Vincent y el arty pop difícil, provocador de MASSEDUCTION, un disco que conmueve. Arcade Fire (¿la gran banda de los últimos tiempos?) lanzó Everything Now en el 2017 y con tanto bagaje musical que los avala, pueden permitirse algo quizá no tan elaborado pero manteniendo su temperamento. Otro muy (mal) criticado fue el I See You de The XX y como no hay subjetividad que avale ninguna cuestión estética, pues desde acá lo celebramos: la electrónica como la armonía tienen mil y una posibilidad de enlace y es el recurso que mejor interpreta el dúo inglés y con aires novedosos, futuristas. Slowdive sacó disco homónimo por primera vez en veinticinco años y a su indie shoegaze tan delicado con esa impronta de los 90, le agregó nuevos aires frescos. Pulgares arriba para (no-matter-what) Morrissey y Low in High School y Damage and Joy de Jesus & Mary Chain.

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Vueltas que no celebramos: Maroon 5 (basta, chicos) cree que Red Pill Blues es distinto porque apelan a más electro que a pop pero no. Eminem (¿vivo?) vuelve para hacer lo mismo de siempre: rapear *cof cof* sus problemas con las drogas, su pareja más un tufillo nacionalista con la tapa de la bandera americana. Para peor, le puso Revival al disco. Un no enorme al Evolve de Imagine Dragons y un meh a Songs of Experience de U2. Linkin Park insiste con más pop en One More Light pero da igual, no llegan. Bush, ¿qué te pasó con Black and White Rainbows? Eras cool. Y el Heaven Upside Down de Marilyn Manson decepciona, no como el The After Love de James Blunt que ya presuponíamos sería malo con ganas.

Como nuestra bendita música nacional merece un reporte solo para sí mismo, la seguimos la próxima. Esperamos un 2018 con material de Franz Ferdinand, Black Rebel Motorcycle Club, Manic Street Preachers, Interpol, The 1975, John Cale y Muse entre otros que prometieron nuevas canciones (Keane y Coldplay pueden seguir descansando). Y seguir apostando por una industria que se ve cada vez más amenazada pero quién más que la música nos envuelve en una elegía insurgente para enfrentar un mundo intenso y virulento.

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