Consigue estar en mi vida: los Beatles de niño a padre | Ultrabrit
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Consigue estar en mi vida: los Beatles de niño a padre

Consigue estar en mi vida: los Beatles de niño a padre

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Desde mi estudio, puedo escuchar a mi hijo cantando “Yu gonalusa”, su última obsesión musical. Hace poco compré la película Help!, y la escena en la que graban You’re gonna lose that girl, tras lo cual Ringo y su batería caen por un agujero en el piso serruchado por sus perseguidores, está en altísima rotación en nuestro reproductor de DVD. A sus cuatro años, ya se vio atraído por la obra de los Fab Four, incluso a través de la nube de estímulos catódicos que pelean por su atención. Apenas hablaba cuando ya me pedía volver a escuchar Shuk, su versión del inicio de Come Together.

Cuando juego a imaginarme cómo percibirá él esas canciones e imágenes, salen a flote mis propios recuerdos de las primeras exposiciones al mundo Beatle, durante el año en que con mi familia vivimos en Estados Unidos y el inglés empezaba a ser un idioma amigable. Veo a mi hermano mayor grabando con mucha concentración en un cassette TDK un especial de radio en el que estaban pasando todos los temas de la banda, en orden alfabético. Una locura que me convirtió en un experto de ese segmento de su obra iniciado en la H: el cassette pasaba de Hello Goodbye a Help!, Hey bulldog, Hey Jude, y así. Señales de un iceberg imponente del que acababa de vislumbrar la punta.

Los Beatles psicodélicos los conocí también ese año, en una impactante salida al pequeño cine de la universidad: ver Yellow Submarine en pantalla grande a los diez años me provocó secuelas lisérgicas que, creo, aún duran. Para no ser menos, le presenté a mi hijo la misma película cuando aún no cumplía los cuatro; él se tomó con mucha naturalidad las escenas con autos bajando escaleras de mármol y Mares de Agujeros. Como docente de música en colegios primarios bilingües, me divertí introduciendo esos delirios de la contracultura hippy en las mentes de mis pequeños alumnos ABC1. Ellos simplemente lo disfrutaron. Su joven maestra, en cambio, me miró con suspicacia y me susurró: “¿Esa película, no es medio…?” llevándose la mano a una fosa nasal. Claramente, no era una experta en toxicología.

¿Qué tiene la música de los Beatles que atrapa la curiosidad del oído infantil? Las respuestas pueden ser muchas. Las melodías tan pegadizas y musicales deben tener mucho que ver. La interpretación clara, vehemente, afinada y expresiva de sus voces, también. Y seguro que ayuda la producción de George Martin, tan atinada que sus grabaciones de hace medio siglo siguen sonando bien al lado de producciones hechas con tecnología con la que Martin no podría ni haber soñado.

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Pero el hecho de que la música de los Beatles combine tan naturalmente con la infancia no debería conducir al error de percibirlos como pueriles, livianos, ni infantiles. Primero, porque si alguien cree que la niñez es una etapa liviana o sencilla, no recuerda bien lo que era ser niño. Segundo, porque por cada tonada alegre como Octopus’ garden o When I’m 64, hay un aullido libidinoso como Why don’t we do it in the road? y Oh! Darling, o un cinismo misántropo como Happiness is a warm gun.

Aquel mismo año en el extranjero, en medio del silencio nocturno de una carpa en un Parque Nacional californiano, mi hermano me pasó solemnemente los auriculares explicándome que yo iba a escuchar un disco en que ellos “habían unido un montón de canciones cortas, una después de la otra”. Y recuerdo todavía el impacto de escuchar en esas canciones tardías una violencia contenida, una oscuridad, una pesadez y densidad que nada tenían que ver con esos simpáticos personajes de la película animada. Estaba espiando algo que claramente provenía del mundo de los adultos, y que intentaba hacer arte con esa agresividad aleatoria que para los chicos encierra el mundo de los mayores, y que a fines de los sesenta flotaba en el aire como una nube de napalm.

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