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Andrea Prodan: historias de un sobreviviente
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Andrea Prodan: historias de un sobreviviente

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Muchos lo conocen por ser el hermano menor de una leyenda del rock argentino pero este italiano es un compendio histriónico de las vivencias más nutritivas. Radiografía de una Inglaterra desalmada, el punk rock en tiempo real, cine italiano y el recuerdo de Luca.

“Nací en Roma en 1961, soy el menor de cuatro hermanos: Michela, Claudia, Luca y yo. Mi padre era italiano, aunque del imperio austro-húngaro y mi madre irlando-escocesa. Una linda mezcla”.

¿Cómo fue tu infancia y tu educación?

Mi primera educación bien italiana fue un garrón absoluto, en un colegio de  monjas. Algunas hasta bigotudas… Horrible. Pero mi próxima escuela en Roma, la Saint George’s, tenía algo muy bueno, era la imposibilidad de salir racista de allí porque todos tus amigos eran de todas partes del mundo: asiáticos, africanos, de todo. A los diez años estaba en un colegio pupilo en Inglaterra. Luca ya había estado en Escocia con algo parecido.

¿Qué tal el ambiente en el colegio?

Bastante espartano y duro. Pero una vez superada la violencia inicial a la que te someten en la educación inglesa, fue todo bien.

¿Cómo es eso?

Es que son jodidos los tipos, te hacen sentir que no sos de allí. Luca me lo había advertido: te tiran la bomba atómica en contra de tus raíces criticándote a los italianos de pies a cabeza. Los contraataqué muy duro y de a poco me empezaron a respetar. Luca me dijo: “Cuando te ofenden, vos respondés a fondo, bien bitchy. Te van a querer”. ¡Y dio resultado! Desde ese momento, te hacés amigo de los más inteligentes y a veces de los más forros, y la pasás mucho mejor. Aparte, hay algo que me encanta de los británicos, que lo ponen en práctica desde hace siglos y que tiene que ver con su receta del poder: violencia y humor, juntos. Te doy un ejemplo: uno de los mejores representantes del humor británico es John Cleese de los Monty Python (lo imita en inglés, con gestos fascistas). Él es un arquetipo y los representa genialmente: hace del inglés típico, reprimido sexualmente, violento, cubierto por esa capa de gentleman que lo pone a salvo de casi todas las situaciones… Tienen un apego a la infancia terrible, como una inseguridad medio patológica. Hablo del inglés clase media, no del proletariado que tiene que ser bestia y nada más. Cuando te hablan con todo ese garbo y ese estilo, ¡en realidad todo lo que quieren es molerte a palos! Son fascinantes y les perdono un montón de cosas por su sentido del humor.

LA IRRUPCIÓN DEL PUNK

Explota el punk rock y vos tenés 15 años en Londres. ¿Cómo lo viviste?

Cuando escuché los primeros acordes del disco debut de The Jam (In The City, 1977) me volví loco. Que en realidad tampoco era punk, pero sí su energía, ese sonido metálico. A mi amigo Steve le encantaba The Clash y luego intercambiamos la música. Considero que tuve mucha suerte, primero por haber tenido un hermano nueve años mayor que me pasó esa música terrible: King Crimson, Roxy Music, Emerson, Lake & Palmer, Genesis, David Bowie y sus transformaciones, el glam rock en su apogeo. Y luego por poder haber estado allí, en el momento justo. Con Luca vimos enormes cosas en vivo, ¡los inicios de Magazine, a los XTC!

¿Y cómo se palpaba la calle?

Pasaba de todo. Es que Inglaterra venía de una etapa muy decadente y ahí estaba la derecha de la Thatcher ansiosa, esperando el momento, con ganas de entrar y limpiar todo ese chiquero, como si fuese una fucking salvadora. Uno lo puede mirar desde lejos y pensar que UK siempre fue reluciente y ordenado, pero en 1976 era una porquería sucia, gris y depresiva. ¡Hacía falta un despertador! Entonces, cuando todas estas bandas comenzaron a expresarse con humor, vehemencia y necesidad creativa, nosotros dijimos: ¡esto está buenísimo! Y gracias a Dios estaba la prensa bien metida en el asunto, especialmente Sounds y NME. La Melody Maker no tanto, se había quedado con lo más corporativo y mainstream. El periodismo también comenzó a retratar todo eso con mucha pasión, con suma urgencia. Lo que ocurre en Inglaterra es que si no pasa en Londres, prácticamente ‘no pasa’. Y siempre fue así, cuando salieron Joy Division y Buzzcocks en Manchester, los londinenses te decían (habla en inglés): “Ah, si. Esas pequeñas bandas del interior, del Norte, si, no están nada mal…”.

Escuché un tema de Buzzcocks en el programa de John Peel, una locomotora infernal de su primer disco. Fui corriendo a la disquería y me lo llevé a casa, era Another Music In A Different Kitchen (1978). Cuando lo puse en el tocadiscos y escuché la voz de Pete Shelley, ¡pensé que el aparato estaba en 45 rpm, pero estaba bien, en 33rpm! Ese sonido atronador y esa voz finita que no esperabas. Los tipos inventaron otro tipo de punk, un punk apto para homosexuales y gente sensible. Raro y espectacular. Luego, Howard Devoto se abre de Buzzcocks y arma Magazine con otro vuelo, más elaborados y experimentales. Y cuando parecía que estaba todo inventado, cuando ya no me interesaban las bandas tipo Oi! y toda esa violencia sonora, aparecieron los Wire con su primer disco (Pink Flag, 1977). Un trabajo que con Luca hemos escuchado hasta el hartazgo.

¿Cómo conviviste con esa sociedad tan diferente a la tuya?

Mirá, te voy a decir algunas cosas que a ellos no les gusta escuchar. El hecho de que los ingleses tienen siglos de confortabilidad les permite cierto relajo. Pero en el cine, por ejemplo, nunca podrían explotar una obra como la de FelliniEl Topo de Jodorowsky. Ellos hacen fantásticas pequeñas radiografías de su país, y tienen la capacidad de hacerte la cabeza haciéndote creer que es el mejor lugar en el mundo. ¡Y a mi me la hicieron! Yo compré a los cinco minutos y me transformé en un Englishman al toque. Me fascinó esa onomatopeya que tienen en su lenguaje, que calza tan bien en el rock, ¡con esas terminaciones tan cortantes!

Cuando aparece David Bowie les vende a los ingleses que ‘pueden ser sensuales’, ¡cuando de sensuales no tienen fucking nada! Por eso lo consideraban un marciano, aparte de su personaje Ziggy Stardust, ¡porque les propuso ser cockneys y sensuales a la vez, una genialidad! Se les hizo el langa y los mató, porque ellos querían ser glamorous, precisamente (risas). Yo pude disfrutar ser un italiano glamoroso en su propia tierra, por supuesto luego de que me la hicieran parir: tenía el glamour que ellos no tenían, con un padre que hablaba siete idiomas, siempre volviendo de vacaciones a Roma, hablando yo también otros idiomas con facilidad… Tenía mucha información que ellos no tenían. Y aparte siempre pude mostrar mi costado esquizoide porque en Inglaterra me comía su comida mierdosa con mucho placer, y jugaba al rugby todos los fines de semana debajo de esa lluvia horrible, ¡y todo eso me encantaba! Pero en las vacaciones, yo me volvía a Roma a comer los fetuccinis. Y después volvía a la sórdida violencia británica y ¡clac!, otra vez en el sistema. Sin problemas. Aprendí mucho de todo eso.

Vamos a tocar el tópico del celuloide. ¿Cómo entraste en el mundo del cine italiano?

Es que Inglaterra es un gran mundo de castings, hacen muy bien el trabajo de reclutar individuos por sus cualidades desde chiquitos. En los public schools los profesores hablan entre ellos y dicen: “aquél que se hace el payaso, Prodan, ponelo en la próxima obra de teatro”. Es un concepto nacionalista que tienen los ingleses muy interesante, buscan talentos desde pequeños en el colegio. Pero luego de patear la calle inglesa, de beber mucho y ver una montaña de bandas, quise volver a la Italia tramposa y derroída, pero donde estaban todos mis fascinantes mitos: Pasolini, Fellini, ese cine alucinante que mamé de chico porque mi hermana mayor Michela estaba muy inmersa en ese mundo. Ella era muy amiga de Jack Nicholson, fue asistente personal de Jane Fonda en Malibú Beach… Y yo fui metiéndome en todo eso, porque durante cuatro años seguidos ella fue jurado del Festival Internacional de Venecia y yo estaba ahí. ¡Y ya era un cinéfilo endurecido! Conocí personalmente a Kurosawa, a Tarkovski. Todo eso me marcó a fuego y yo quería volver a tenerlo cerca.

Empecé como operador de cámara. Mi maestro fue Ennio Guarnieri, un director de fotografía genial que trabajó con Zeffirelli, Rosi, Pasolini. Yo quería ser eso, director de fotografía. Un trabajo en equilibrio entre lo artístico y lo muy técnico, y aprendí de los mejores. Y entro en el mundo de la actuación casi de casualidad, porque estaba trabajando detrás de cámaras en la serie Anno Domini (Italia-Gran Bretaña, 1985), y casi al final de la película, donde entraba un actor inglés que hacía de emperador se enferma. El productor Vincenzo Labella, quien sabía que yo había actuado en obras de teatro, dijo: “tiene que ser Prodan”. Me hicieron toda una ropa de Emperador impresionante, ¡y mi primera escena fue con Ava Gardner! Fue increíble. Luego de ver mi actuación, Susan Sarandon –de quien me hice muy amigo- me dijo: “dejate de joder, vos tenés que actuar”. Y así arranqué, empujado por Susan. Después me eligió Liliana Cavani para coprotagonizar Interno Berlinese (Italia, 1985). Todo eso fue inolvidable. Esa etapa me lanzó, trabajé con los hermanos Taviani, con Peter Greenaway, fui asistente de cámara de Fellini, trabajé con Bertolucci. Pero toda esa vida tampoco me hacía sentir muy cómodo, no me ‘cerraba’… y cuando no me siento cómodo en algún lado, me borro. Y así fue. La historia es bastante extensa, hay mucho ahí para contar.

Teniendo en cuenta que siempre se vio a Argentina como uno de los países más influidos por Europa de todo el continente ¿Cómo nos ves en ese contexto?

Dejando de lado la política, hay una nueva oportunidad de intercambio entre Gran Bretaña y Argentina, desde el punto de vista cultural. Y eso hay que aprovecharlo. El argentino tiene una riqueza tan grande de por sí y tanta información británica dentro, entre música y cultura en general, que es una pena que hoy no esté pasando a gran escala. Porque la revolución no es más sacar el arma e ir a matar, pasa por otro lado: la revolución es transversal, la gente tiene que comunicar. Sin querer ser utópico: la gente está dándose cuenta de lo imperfecta que es la política, y se están dando expresiones genuinas de insatisfacción que nos va a llevar a algo bueno. Seguro.

¿Te considerás un utópico?  

No, para nada. Al contrario, fui formando mi manera de pensar a través del tiempo sin subirme nunca a ninguna idea política para poder tomar mis mejores decisiones. Y hoy puedo decir que, gracias a Argentina, jugar la carta de la buena onda (enfatiza) es la mejor opción. Esas dos palabras que parecen a priori medio boludas… Si vos planteás así todas tus relaciones, desde el tipo que te vende el diario a la mañana, con ese propósito, las cosas salen mejor. Yo me cruzo con gente que me saluda muy bien, pero otros que me dicen: “Tu hermano era un genio y vos sos un payaso”, y yo les sonrío, les deseo lo mejor. Excepto algunos taxistas fachos –eso existe en todo el planeta- la gente en Argentina es muy buena onda.

Hablemos un poco de tu banda Romapagana. Otra historia de un europeo al frente de una banda de argentinos. ¿Lo disfrutás, cómo se complementan?

¡Por supuesto! Cuando era chico tenía tanta energía adentro que todo ese power a veces se me volvía en contra y me hacía pelota como un tsunami. Hoy ya con otra experiencia, aprovecho esa energía en canalizarla para mi propia banda y tomo cosas de aquél punk que viví en Inglaterra. Ya no soy tanto el protagonista de mi vida porque tengo hijos, evolucioné. En Romapagana confluyen todo lo que me ha gustado de cada una de esas bandas que me marcaron. Y los chicos que tocan conmigo, todos argentinos, le ponen toda la creatividad y la fuerza típica del sudamericano. ¡Una mezcla perfecta! Así lo decía Luca en Sumo: yo les traigo una fórmula británica, ustedes me ponen toda la polenta de este continente.

¿Cómo recordás a tu hermano fuera del mito de Sumo?

Luca, detrás de esa coraza de ¡Fuck You, Fuck You! era un tipo muy sensible que en Escocia sufrió mucho esa falta física de sensualidad italiana. Me abrió las puertas de la percepción, y años después de su muerte me las sigue abriendo. Su vida fue de un vértigo terrible, imagináte que vivió a pleno el hippismo, su fantasía y su caída, las muertes cercanas por la heroína… Tenía muy marcado un costado rencoroso de ¿Qué mierda pasó con todo eso? ¿Qué pasó con el amor? Venimos de una familia complicada porque superficialmente éramos todos normales, hasta que se suicidó mi hermana Claudia. A mi hermano le afectó mucho su muerte. Los Prodan teníamos mucho intelecto, idiomas, viajes, pero a nuestros viejos se les complicaba darnos amor. No sabían como hacerlo. Mi mamá era una especie de Johnny Rotten o Keith Richards, irrompible. Era una mujer muy dura, a veces, y eso lo sufrimos mucho todos los hermanos. Por eso, con todo lo que nos enviciábamos era potencialmente peligroso porque no teníamos contención.

¿Por qué elegiste venir a vivir acá?

Primero, por amor. Tengo a mis hijos y a mi chica aquí, una mujer dulce, inteligente. Pero también porque este es un lugar muy especial. Luego de la muerte de Luca, estuve con pensamientos suicidas por mucho tiempo. Sobreviví durante siete años a una especie de tortura autoimpuesta, en un país que ya no me gustaba… Italia, sintiendo todas las alarmas de que el Titanic europeo se hundía y yo con treinta y cuatro años estaba todavía allí… Venir a Buenos Aires me salvó la vida. Y a pesar de que viví varios  años en la calle, en casas de personas que no me conocían y que me acompañaron en mis peores momentos. Gente que me dio todo y nunca me pidió nada a cambio. Ese tipo de personas en Europa no existe más: el europeo vendió su alma hace muchos años. El instinto me salvó la vida, todo lo hice por instinto. Como un designio del destino, de todos los Prodan quedé solamente yo. Gracias a Dios pude salir adelante.

(Texto publicado en la revista UltraBrit #2. Podés comprarla a través de MercadoLibre haciendo click acá)

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