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Walter Lezcano: “A la literatura le faltan escritores que se interesen por el rock como experiencia”
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Walter Lezcano: “A la literatura le faltan escritores que se interesen por el rock como experiencia”

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El escritor y periodista de rock está lanzando la reedición de La Ruta del Sol, una compilación de textos sobre su relación con El Mató a un Policía Motorizado. En esta entrevista repasa la importancia de la banda de La Plata, explica a Calamaro y marca las falencias en la literatura de rock.

 

En La Ruta del Sol mencionás a las discográficas Mandioca, Radio Trípoli, Oíd Mortales Records como sellos que posibilitaron la existencia de nuevas bandas dentro del negocio de la música, ¿pensás que hay un paralelo en el universo de las editoriales independientes?

Sí, totalmente. Es una suerte vivir en esta época donde las posibilidades tecnológicas permiten que literalmente cualquiera pueda publicar desde una edición artesanal, hasta dos amigos con una cantidad de dinero que arman un sello, le ponen un nombre, van a una imprenta y salen los libros. Es una época hermosa en ese sentido.

¿Por qué pensás que el discurso de El Mató nos impacta hoy? ¿Qué condiciones lo hacen posible?

Hay artistas que son súper tenaces y, de algún modo, educan a su público para que los entiendan. Creo que con El Mató pasó eso, que la gente quería esa cosa que El Mató tenía para ofrecer. Fueron construyendo su camino baldosa a baldosa. Eso también es una lección de narrativa.

Entonces se dio ese encuentro romántico, de una generación que necesitaba ese tipo de sonido, ese bagaje cultural, esas referencias y también ese tipo de comportamiento, frente a la industria, al negocio, al mercado de shows y frente a la posibilidad de crecer en otros países. Ellos llenaron primero en España que en Niceto. Todo eso es posible en esta época.

Hablás de la dialéctica de El Mató como un lenguaje atravesado por las redes, la plástica, los dibujos. ¿En qué medida las experiencias externas a la música determina la lírica de El Mató?

Son vitales, creo que ahí tiene que ver con el hecho de crecer en La Plata, en una ciudad universitaria. Hay un universo joven donde el intercambio de realidades es constante. Ahí es donde se va gestando lo que escribe Santiago Motorizado, la posibilidad de incluir elementos externos a la tradición rockera para construir universos nuevos, el universo de la Navidad, el universo del dinero, el universo del apocalipsis. Eso es algo que estaba por afuera de la canción rock argentina y él lo trajo.

El Mató nos presenta un misterio que uno tiene que develar, los componentes de ese misterio están por afuera del universo del rock nacional.

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Y planteado al revés, ¿de qué modo las experiencias musicales o las que provienen del cosmos pop influyen en tu literatura?

Yo soy muy fanático de Bob Dylan, de Neil Young, de Lou Reed. Gente que trató de mostrar al mundo, a su época, algo propio y personal. Incluso insistir en eso, no adaptarse, para mí esas son lecciones de ética y de moral, de cómo un artista debe comportarse, no ceder ante la presión de la moda.

Por eso también son como géneros en sí mismo. Gente así, ya deja de ser artista de rock, son como universos, entonces uno los escucha y dice: “Eso es medio Dylan, eso es medio Neil Young, eso es medio Tom Waits”. Me parece inspirador para lo que quiero hacer de la escritura, tratar de ver cómo ser lo más personal posible en un universo tan contaminado.

Se viene tu ensayo sobre Andrés Calamaro, de nuevo una trilogía. Allí lo calificás como compositor de la playlist de la argentinidad, ¿pensás que está en un tiempo de reivindicación definitivo respecto a la crítica o todavía le restan varias muertes y resurrecciones?

Fue uno de los artistas a los que más les costó posicionarse frente a la crítica. Calamaro está en un momento ambiguo, por un lado está la cuestión instalada de que es un artista popular, pero por otro lado está en el período posterior a la salida de tres grandes obras. Para mí, Alta suciedadHonestidad brutal y El salmón, son tres obras maestras. Un momento particular de la Argentina, del negocio de la música, fin de siglo. Yo no creo que ningún artista deba vivir haciendo obras maestras, eso seguro, pero no sé cómo le caerá a él esa idea de futuro en el que, tal vez, no produzca obras maestras sino solo discos buenos.

Muchacha punk de Fogwill transcurre en Londres y el soldado fan de los Stones de Aprendiz de brujo de Fresán está en Malvinas. Pareciera que la literatura argentina del siglo XX es algo distópica para referirse al rock, ¿qué le falta a la literatura argentina para incorporar definitivamente al rock?

Le faltan más escritores que se interesen por el rock como experiencia. Esto implica ir a recitales, escuchar discos.

Siento que se ve al rock, desde la literatura como una zona desprovista de aventura, de la intensidad que requiere una historia. O se lo minimiza, o se lo ve como inocente como pasa también con el fútbol, o con otras zonas de la experiencia. Algunos escritores lo siguen viendo como tema menor. Creo que lo que falta es que los escritores muevan el culo.

 

 

Walter presentará la reedición de La Ruta del Sol a principios de mes. Además, en 2018, Tusquets editará su novela Luces Calientes, cuya clave es la tragedia de Cromañón y Gourmet Musical hará lo propio con Días Distintos, una trilogía de fin de siglo de Andrés Calamaro.

Foto: Martín Yapur

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